Un
amigo muy cercano -como suele decirse para encubrir el pecado- ha estado de
mudanzas en agosto. Me ahorro preguntarle por dónde ha andado de viaje audaz
tal y como acostumbraba algunos veranos antes de esta aventura insólita. Un
trajín de maletas, muchas, de allí a aquí y algunas han llegado con retraso
cuando no se han perdido en alguna escala técnica de enlace sin ascensor. Valijas,
cajas y fardos de lo más diverso. Siendo sincero me explica que en este cambio
de caparazón, como los caracoles, ha hecho balance de lo que ha ido acumulando
con el paso de los años. Trastos que nos hacen un guiño indultados por razones
diversas, algunas vinculadas sólo con el recuerdo. Rompiendo tendencias las ha
depurado y se ha deshecho de un número considerable de pertenencias que
colonizaban, inútiles, los espacios vitales de una vivienda.
Comparte
complicidades de lo apurado económicamente que ha quedado, está a dos velas. Es
muy gráfico, "si me giras boca abajo no se me caerá ni un euro"
-tampoco caspa porque es calvo-. Como un gran entendido en macroeconomías
domésticas cavila que los ahorros no rinden, considera que lo mejor es
invertirlos. Aprovechando la ocasión me propone que aporte una pequeña cantidad
a cambio de figurar en la lista de las personas que han hecho el gesto
generoso, como los créditos de una película en la que figuran los
agradecimientos. Se compromete a poner una pequeña placa con mi identidad especificando
que, si quiero que consten otros milagros biográficos, la aportación será más elevada
pero razonable. Siempre se puede negociar. Lo observo y, efectivamente, pone
cara de vinagre tras la pose de satisfacción simulada.
Se
compromete, en cuanto lo tenga presentable sin el caos con el que convive estos
días de trasiego, a mostrarme los prodigios que mejoran una vivienda de toda la
vida que había que reformar. Se podría hacer un programa o un serial televisivo
como el de unos gemelos americanos que se dedican a renovar con mucho
predicamento ostentosas casas de ensueño cargadas de caprichos y detalles de estética
arriesgada. No ahorra particularidades, necesita justificarse. Empieza por el
principio de la detallada cronología del proceso ya que él sólo quería instalar
un grifo con una manguera en el garaje para limpiar la bicicleta del sudor y
del barro. Pero como en el rascar y en el comer que todo se empezar, así se
embarcó en ese periplo que ha durado un año y medio largo. Una maratón de
ladrillos y de profesionales que han desfilado -en alguna ocasión
insubordinados y con el paso cambiado- por el yacimiento arqueológico con una
concentración de restos de actividad humana que ha sido necesario desenterrar y
seleccionar. Algunas, con el alma encogida, directamente al vertedero.
Del
grifo para regar ortigas en el huerto se ha ido animando. Se ha vuelto adicto a
las obras como aquellas personas que peregrinan constantemente al cirujano
plástico o al albañil para combatir las arrugas y los estragos que causa la
implacable gravedad en el cuerpo humano y en las casas viejas. Puesto en ello,
siempre eran precisos unos retoques más. Siempre aparecía otro detalle que se
fueron magnificando con un ojo poco temerario puesto en el remanente de los
ahorros. De ahí la penuria actual que tiene sus raíces en la burbuja
inmobiliaria y en el encarecimiento astronómico posterior de los materiales y
de las horas de trabajo empleadas por los operarios.
Este
vicio le ha ido seduciendo hasta el punto de tener que necesitar el apoyo de
los especialistas en desórdenes mentales afortunadamente leves. Los primeros
síntomas se presentaron en la elección de las baldosas, de los muebles de la
cocina o de las neutrales e imprescindibles tejas, unas sólidas que se asientan
perfectamente -eso sí, empeñando un riñón-, ya que se ha empezado la casa por
el tejado, que sea bien firme. Me dibuja un panorama mental aterrador, el
paisaje de después de una elección dudando por si la has errado o porque otra
alternativa podría ser mejor. No desea esa incertidumbre -adopta una pose de
angustia- a sus enemigos entrañables que, por unos días, identificó con la
guerrilla de industriales que trabajan en la obra.
Del
grifo, como me decía, al ascensor. Albergar un elevador doméstico en una
estructura ajena y hostil es un prodigio de cálculos y posibilidades que acaba
diezmando indefectiblemente algún espacio existente. Las puertas del ascensor
no pueden desaguar en la despensa o en la cocina confundidas con la de la
nevera. La solución pasa por mordisquear algún cuarto que pierde la condición
matrimonial deviniendo individual aunque precariamente espaciosa. En ese punto
me confiesa que prestó oídos a muchos pareceres para resolver según criterio
propio a menudo enfrentado al núcleo familiar. Reconoce que se convirtió en un
déspota del diseño. Está convencido de que los dictadores desarrollan la manía
opresora reformando el cuarto de baño.
El
punto culminante, la decisión estelar, llegados a ese momento llevado por la enajenación
constructora o por la tendencia vertical de la arquitectura fálica imperante de
quien quiere dejar huella en la silueta urbana, decidieron -aquí emplea el
plural para indultarse- alzar cielo arriba medio piso. Expandir verticalmente
los espacios habitables y disponer de una especie de estudio donde recluir los
pensamientos y las aficiones diversas que tiene pensado desarrollar, -¡Ya te lo
enseñaré! -dice satisfecho. La paz y la tranquilidad que se alcanzarán son
remarcables aunque le lleguen -inspirado en las quejas del premio Nobel de
literatura, Juan Ramón Jiménez, atormentado por los ruidos- y a pesar de la
insonorización de los cristales dobles, las escarpadas rimas consonantes del
poeta local.
Nos
despedimos deseándole que lo pueda disfrutar con salud y armonía consigo mismo.
Que se mejore de esta pérdida de control y se aleje del vicio nocivo por las
obras -y el bolsillo-, aunque menores.
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