Pasada
la Virgen de agosto, comienza la temporada por excelencia de las fiestas
mayores en muchos lugares. Noches de pirotecnia anunciando la buena nueva
aureolando insignes patronas con el estallido que preludia el desenfreno alegre
con diversidad de actos lúdicos y de pretendida hermandad. Días de encuentro y
de excesos como el partido de fútbol entre casados y solteros que ha perdido
mucho del predicamento del que gozaba. Una lástima y algo que no se ha enmendado
ni remediado con algunos cambios de fecha drásticos para no favorecer el éxodo
de los lugareños a la costa en plena fiesta mayor de verano. Pero una manera
eficaz de reprimir a la caterva de invitados gorrones que se aprovechan de la
generosidad ajena con más hambre y exigencias que letra y másteres.
De
las más madrugadoras es la fiesta mayor de Gràcia que tradicionalmente engalana
las calles con fantasía y mucho color. Este gran acontecimiento ha alcanzado un
éxito tan abrumador que es una especie a proteger debido a las aglomeraciones
que se acercan para disfrutar del esplendor decorativo en detrimento de la vida
social callejera tal y como se vivía desde que surgió esta iniciativa. Una
tendencia que no afecta sólo al barrio de Gràcia, las multitudes estivales
arrasan por todas partes como plagas de langosta en sandalias y calcetines, un
ejército sumiso disciplinado tras los guías turísticos que entorpece las
tradiciones -y las aceras- cuando no las ejecuta.
El
caos en los aeropuertos y en las estaciones de tren debido al volumen de
personas que nos desplazamos acá y allá es un buen indicador, el síntoma más
determinante de esta plaga producida por una movilidad difícil de gestionar y de
asumir. El barrio de Gràcia y otros lugares se convierten durante la fiesta
mayor en un destino pretexto más para llenar los ociosos momentos que deben completar
la agenda de un viaje de crucero organizado. Las protestas nada sutiles de
“turistas fuera” tienen el punto de arma de doble filo que nosotros no nos
aplicamos así que nos proponemos lo mismo que la tropa de guiris que nos va
conquistando. Se necesitan pistolas de agua más eficientes para ametrallarlos
mientras comen a horas intempestivas sitiando las terrazas urbanas.
Firmemente
decantado por una opción menos armamentista, creo que el arsenal de paellas
acartonadas vigentes que se sirven mayoritariamente precocinadas en Barcelona
debería bastar para disuadirlos pacificando la extraordinaria masificación que
sufre la ciudad. Añadid, de ser necesario, otro elemento bélico de contrastado
efecto letal, la innoble sangría a granel.
Habrá
que observar y estar dispuestos a la inmediata avalancha acuática de caminar
marinero que comportará la Copa América de vela. Un lingüista argumentó que la
palabra dandi, actualmente se aplica a las personas muy refinadas en el
vestir, derivaría de la onomatopeya "ding-dong" imitando los sonidos
naturales-. Según el maestro sabio esta expresión sugiere el tintineo de una
campana que se habría asociado a cómo se mueven los hombres de la mar en tierra
firme, con un ligero balanceo para amortiguar y compensar el fuerte oleaje que
nos recordaría el navegar sonoro de las campanadas. Ding, ahora un pie; dong,
ahora el otro. Observaré si la manera hace fortuna y predomina entre la afición
salada que está previsto que nos frecuente próximamente.
No
quisiera pasarme de osado mientras me dedico por distraerme a clasificar a
estos visitantes ocasionales que podríamos llamar hablando con propiedad de
barcelonautas. Los de la vela que tintinean, los que también oscilan por exceso
de infusiones etílicas y aquellos que caminan tiesos como un ajo. Podría decir
sin temor a errarla que quienes ramblean estirados como un cirio no saben
nadar.
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