La
actualidad catalana vive agitada por dos eventos que han coincidido en el
tiempo y casi en el espacio. El epicentro de ambos hechos se halla a cuatro
pasos, como quien dice a tiro de piedra. Uno bajo del Arc del Triomf en el
paseo Lluís Companys, el otro en el Parlament de Catalunya, en la vecina y
próxima Ciutadella. Con puntualidad anglosajona, el presidente Carles
Puigdemont se dirigía a los congregados mientras el futuro presidente Salvador
Illa repasaba las cuartillas del discurso a candidato para la investidura que
debería pronunciar con puntualidad institucional una hora más tarde.
Casi
se han solapado las comparecencias que marcarán la fecha del jueves ocho de
agosto de este año de no demasiada gloria ni victoria para el independentismo
pese a la jugada maestra de escapismo protagonizada una vez más por el
inquilino de Waterloo. Con una audiencia considerable amorrada a las pantallas
de la televisión catalana asistimos en directo a cómo el señor Puigdemont se
fundió literalmente ante el desconcierto y la incredulidad posterior de los
televidentes con un truco afortunado de magia de cerca, de distancia muy corta
con el público asistente junto a una mesa -en este caso la tarima del
escenario- donde el mago nos confunde, nos seduce o nos toma el pelo con un
efectista juego de sombreros o de gorras -¡elegid!-.
La
promesa era de veras, Puigdemont había regresado del exilio para asistir al
debate de investidura de Salvador Illa. Las imágenes llegando a Arc de Triomf
sin entretenerse, trotando discretamente para no levantar aún más la liebre
entre la muchedumbre de policías desplegados es de gran efecto. Avezados a la
parsimonia ceremonial de los mandatarios, ver a Puigdemont subir apresurado la
rampa, sudado, y con urgencia dirigiéndose al escenario es una estampa muy
potente.
Un
juego estratégico de paneles en el escenario, otro de gorras y/o de sombreros
tras las bambalinas y un vehículo para huir quemando más la credibilidad de los
Mossos d'Esquadra que gasolina y neumático. ¿Dónde está el president Puigdemont?
Los avezados lectores de novela negra ya sospechaban que el doble panel era el
punto donde se verificaría la discreta detención del díscolo Carles Puigdemont.
Vencido y cautivo el escurridizo personaje debía ser entregado por los Mossos
al juez Llarena quien, en persona, abriría las esposas para iniciar la
comparecencia.
El
guion previsto se torció ya que él llegó, se dirigió a los asistentes y se las
piró dejando a las fuerzas varias, diversas y muy numerosas encargadas de la
detención con un palmo de narices. Ante el ridículo colosal, Barcelona y las
salidas hacia el norte allí donde dicen que la gente es más libre y acaudalada,
se sometieron a una severa operación de control por los Mossos escudriñando
maleteros y vehículos susceptibles de trajinar tan preciada carga para la
judicatura española. Donde está Carles Puigdemont fue el centro de interés
informativo de toda la jornada más que la previsible investidura de Salvador
Illa de la Roca. La elección del 133 Presidente de la Generalitat figurará en
el calendario popular como el día que Puigdemont se esfumó. La épica anécdota
se habrá sobrepuesto en el imaginario al acto político e institucional central,
proclamarlo presidente de la Generalitat.
El
jefe de los Mossos d'Esquadra, visiblemente cabreado, ha declarado que
Puigdemont se parece más a Jimmy Jump, el insigne espontáneo inoportuno, que a
un expresidente de la Generalitat.
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