Lejos
de aquellas multitudes de otras ediciones se ha celebrado la Diada con un
Presidente de la Generalidad no independentista. La gráfica de la asistencia a
las manifestaciones del Onze de Setembre desde el 2012 produce cierta desazón
por el descenso y por la desmovilización presencial que han sufrido. Ha sido
una manifestación descentralizada que según los recuentos de las policías
locales habría congregado a unas 70.000 personas, lejos del millón largo de
aquellos encuentros coreográficamente bien alineados o de los de las cadenas
humanas capaces de abrazar el territorio.
Este
año he vivido el acto de la Diada en Sant Joan de les Abadesses, que ha
coincidido justo el día después de que se haya terminado la fiesta mayor de
este año, el calendario ha provocado que este 11 de septiembre, miércoles,
comporte un día de fiesta más para digerir canelones y reanudar al día
siguiente el curso sin el ajetreo que los actos de la fiesta mayor han
ocasionado. Volverán a salir a la mesa puesta el remanente de las comidas y el
cava desbravado en un ejercicio de sostenibilidad gastronómica para reciclar
los excesos. Todo debe aprovecharse.
Lejos
de las grandes manifestaciones, en el pueblo la Diada se celebra con discreción
en el claustro del monasterio, sin grandilocuencias gestuales ni promesas. Un
acto de afirmación nacional breve con un parlamento del alcalde y la posterior
ofrenda floral de las diversas entidades que se organizan y perviven en la
Baronal Vila de Sant Joan de les Abadesses. No tengo la referencia de la gente
que reunía en ediciones anteriores ya que es la primera vez que asisto. No
dispongo de los datos de participación que la Policía Local suministra en las
poblaciones que pueden permitirse el lujo de poder liberar a un agente para
realizar estos recuentos aritméticos. Éste tampoco ha sido un acto lugareño
multitudinario, las costuras del claustro podían contener a mucha más gente. Sí
que a la sombra del románico milenario del monasterio el himno con el que se ha
cerrado el acto favorecía cierta solemnidad gregoriana soberbia con un punto de
misticismo ufano.
La
desmovilización ciudadana es algo que cada año aparca más gente en el sofá de
casa. Los partidos que han sido incapaces de reeditar un gobierno
independentista en las últimas elecciones viven empeñados en descalificarse -y
destruirse- mutuamente en una lucha cainita cargada de disputas electoralistas
mientras las entidades independentistas -ANC y Òmnium- señalan esta
desavenencia como el motivo principal de la pérdida de músculo del movimiento.
Todas las entidades convocantes han apelado conjuntamente una vez más a favor
de una unidad que, por ahora, no florece por ninguna parte.
A
las comparativas habría que añadir un dato significativo difícil de calibrar.
¿Se trata sólo de un desencanto circunstancial por el actual panorama político?
¿O bien el independentismo flaquea? Podríamos relacionarlo con el vigoroso
abstencionismo independentista de las últimas elecciones catalanas. Las
respuestas a la causa-efecto deben ser gemelas sino son la misma.
En
esta orilla se interpreta el bajo tono como una rabieta absentista que debe
volver a ser rico y pleno porque el independentismo sigue estando de siesta con
un ojo abierto pendiente de levantarse del sofá como un torbellino con un buen
golpe de hoz cuando la hora lo requiera. Río abajo la catalanofobia política
endémica es muy rentable con una polivalencia versátil propia de una llave
inglesa ajustable a todos los calibres, como una navaja suiza con múltiples e
inverosímiles prestaciones; habrá que ver qué lectura harán aquellos que,
cuando las manifestaciones eran extraordinariamente numerosas, no hacían
mención ignorándolas o maniobraban torpemente las imágenes. Cada uno lleva el
agua en su molino.
Ante
la duda existencial, la manera de averiguar el peso y la voluntad de unos y de otros
pasaría por poner a un guardia urbano de ciencias a contarnos. Hagámoslo con
garantías y juego limpio convocando una consulta -que no deja de tener un punto
de ruleta rusa- para desenredar la incertidumbre confirmando que muchos sólo estaban
adormilados o bien que el independentismo tiene un pie en el agujero negro del
desencanto.
Esta
Diada -cavilo mientras me zampo los canelones recalentados de la fiesta mayor-
que ha tenido pocas burbujas, como un culín de cava sin demasiado ímpetu de la
botella abierta en ediciones anteriores.
¡Buen
curso!
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