La
guerra es innovadora. Aguza la capacidad para ser más efectivos masacrando al
enemigo. Sin embargo, en paralelo, se buscan sistemas de defensa más seguros
para contrarrestar los avances del adversario. Hay adelantos -si se les puede
llamar así- que tienen su origen y han trascendido desde la investigación
bélica. La red de alcance mundial -la web- se desarrolló por la necesidad de
descentralizar la información para que no sea vulnerable a una acometida
puntual. Deteriorando un terminal informático no se destruye la información ni
la capacidad de comunicación a la que tienen acceso el resto de puntos en la
telaraña. Algo tan inusualmente innovador como aquel que calzó con crampones a
unos elefantes para atravesar los Alpes e intentar conquistar Roma. El arte de
la guerra es creativo aunque con mucha frecuencia de natural perverso.
El
impacto de las explosiones de unos aparatos que habían nacido para la
comunicación siendo masivamente letales nos ha dejado con un palmo de narices.
De película -inverosímil- de acción hollywoodiense o directamente de ciencia
ficción. Hacer estallar un aparato destinado a otra función es posible y se ha
realizado a lo largo de la historia. La imagen cinematográficamente decana de
un despertador de aquellos que iban con cuerda asociado a un fajo de explosivos
es mítica y ha sido recurrente. Estos días un ataque inédito a las
comunicaciones de Hezbollah marca un nuevo hito, un punto de inflexión
escalofriante, desde el juego inocente de los espías tradicionales confundiendo
al enemigo o creando opinión a convertir el canal, el punto por donde
transcurre físicamente la información, en arma mortal existe un paso de gigante
con botas militares.
Ha
sido posible hacer estallar al mismo tiempo unos aparatos obsoletos causando
muertes y muchos heridos. Justo al día siguiente volvieron a estallar otros
aparatos, también de tecnología rancia, algunos cerca de los lugares en los que
se celebraba el funeral de las víctimas del día anterior. Transformar buscapersonas
en armas de destrucción individual, introducirlos entre la milicia y detonarlos
coordinadamente tiene mérito desde la perspectiva de la estrategia. Han atacado
y significado a los miembros de Hezbollah - daños colaterales al
margen- causando miedo y desconcierto. Qué más les puede explotar.
Esta
es la pregunta que se hace el mundo entero desde este ataque con buscas y
con walkie-talkies. Se suele decir que la información es poder, una fuerza
que se puede utilizar para asistir a otros, como una herramienta poderosa de
negociación o para hacer daño destruyendo la credibilidad de alguien. Ya
podemos añadir otra virtud, la información también mata -asesina-. Si pueden
hacer detonar a un buscapersonas descatalogado, de lo que no serán capaces. ¿Y
el móvil? Un aparato definido como inteligente con prácticamente infinitas
aplicaciones se ha convertido en el blanco de las sospechas. Que nos vulneren
la intimidad, nos graben o nos escuchen todavía estaba lejos de esta nueva
alternativa. Hasta ahora sólo hemos desconfiado, condenándolos en el transporte
público, de los patinetes eléctricos. ¿Quién seguirá durmiendo con el móvil en
la mesilla de noche? Los intrépidos.
Por
prevención auguro un distanciamiento -más físico que de dependencia- de este ingenio.
Responder a un número desconocido será un alivio cuando el interlocutor nos
quiera endosar un cambio de compañía de la luz, del gas o de proveedor de
internet ya que una llamada o una vibración silenciosa en el bolsillo -como el
tic-tac sospechoso en un estuche para violín- comportará la emoción perturbadora
de justo antes de colocarse un arma en la sien y de apretar el gatillo.
-¡Diga!
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