sábado, 21 de septiembre de 2024

Móviles homicidas.

 

La guerra es innovadora. Aguza la capacidad para ser más efectivos masacrando al enemigo. Sin embargo, en paralelo, se buscan sistemas de defensa más seguros para contrarrestar los avances del adversario. Hay adelantos -si se les puede llamar así- que tienen su origen y han trascendido desde la investigación bélica. La red de alcance mundial -la web- se desarrolló por la necesidad de descentralizar la información para que no sea vulnerable a una acometida puntual. Deteriorando un terminal informático no se destruye la información ni la capacidad de comunicación a la que tienen acceso el resto de puntos en la telaraña. Algo tan inusualmente innovador como aquel que calzó con crampones a unos elefantes para atravesar los Alpes e intentar conquistar Roma. El arte de la guerra es creativo aunque con mucha frecuencia de natural perverso. 

El impacto de las explosiones de unos aparatos que habían nacido para la comunicación siendo masivamente letales nos ha dejado con un palmo de narices. De película -inverosímil- de acción hollywoodiense o directamente de ciencia ficción. Hacer estallar un aparato destinado a otra función es posible y se ha realizado a lo largo de la historia. La imagen cinematográficamente decana de un despertador de aquellos que iban con cuerda asociado a un fajo de explosivos es mítica y ha sido recurrente. Estos días un ataque inédito a las comunicaciones de Hezbollah marca un nuevo hito, un punto de inflexión escalofriante, desde el juego inocente de los espías tradicionales confundiendo al enemigo o creando opinión a convertir el canal, el punto por donde transcurre físicamente la información, en arma mortal existe un paso de gigante con botas militares.

Ha sido posible hacer estallar al mismo tiempo unos aparatos obsoletos causando muertes y muchos heridos. Justo al día siguiente volvieron a estallar otros aparatos, también de tecnología rancia, algunos cerca de los lugares en los que se celebraba el funeral de las víctimas del día anterior. Transformar buscapersonas en armas de destrucción individual, introducirlos entre la milicia y detonarlos coordinadamente tiene mérito desde la perspectiva de la estrategia. Han atacado y significado a los miembros de Hezbollah - daños colaterales al margen- causando miedo y desconcierto. Qué más les puede explotar.

Esta es la pregunta que se hace el mundo entero desde este ataque con buscas y con walkie-talkies. Se suele decir que la información es poder, una fuerza que se puede utilizar para asistir a otros, como una herramienta poderosa de negociación o para hacer daño destruyendo la credibilidad de alguien. Ya podemos añadir otra virtud, la información también mata -asesina-. Si pueden hacer detonar a un buscapersonas descatalogado, de lo que no serán capaces. ¿Y el móvil? Un aparato definido como inteligente con prácticamente infinitas aplicaciones se ha convertido en el blanco de las sospechas. Que nos vulneren la intimidad, nos graben o nos escuchen todavía estaba lejos de esta nueva alternativa. Hasta ahora sólo hemos desconfiado, condenándolos en el transporte público, de los patinetes eléctricos. ¿Quién seguirá durmiendo con el móvil en la mesilla de noche? Los intrépidos.

Por prevención auguro un distanciamiento -más físico que de dependencia- de este ingenio. Responder a un número desconocido será un alivio cuando el interlocutor nos quiera endosar un cambio de compañía de la luz, del gas o de proveedor de internet ya que una llamada o una vibración silenciosa en el bolsillo -como el tic-tac sospechoso en un estuche para violín- comportará la emoción perturbadora de justo antes de colocarse un arma en la sien y de apretar el gatillo.

-¡Diga!

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