domingo, 30 de junio de 2024

Gerontocracia estrambótica.

 

El más viejo es el que más manda. Para alcanzar un cargo elegido democráticamente o hereditario se recurre a este criterio fundamentado en la experiencia y en el enfriamiento o aminoramiento pasionales, a los jóvenes hay que refrigerarlos de continuo ya que suelen vivir en un estado de ebullición permanente que puede trastocar el sentido de la justicia o las decisiones que afectan al conjunto de los ciudadanos que deben administrar. Comunidades sedentarias prehistóricas o en la antigua Grecia dicen que se decantaban por esa preferencia. Es de suponer que la esperanza de vida no era la del siglo XXI. Los griegos no sobrepasaban la cuarentena mientras que los neandertales y los homo sapiens oscilaban entre los veinte y excepcionalmente los cuarenta años.

Hace pocas décadas se tildaban de viejas a las personas que llegaban a los sesenta. Ahora mismo calificar de anciano a alguien que ha cruzado esta barrera es un anatema que la realidad se encarga de desmentir. Veréis mayoritariamente a los de esta generación presumidos, activos, en plena forma ostentando con dignidad -o no- ciertas maneras de una preadolescencia tardía pero con una mochila vital bien abarrotada. La esperanza de vida en Cataluña es de 83,6. En las mujeres es de 86 años mientras que en los hombres se sitúa en los 80. Basta con alistarse en los viajes organizados de personas mayores o tomar un cortado descafeinado en un cobijo de la tercera edad para verificar estos datos.

Desconozco si algún país que nunca aparece en los titulares de las noticias internacionales practica y regula el acceso al poder en base a la gerontocracia. No tengo constancia. La tendencia indiscreta a exponer la edad de los mandatarios es algo obligado. Presidentes, consejeros, ministros, alcaldes y cualquier persona que cruza el umbral de la responsabilidad política con resonancia mediática debe declarar a qué quinta pertenece. Superar los setenta de largo o los ochenta, el caso de Trump y Biden, es algo no muy habitual. De ahí la expectativa creada en el último debate que han mantenido en el plató de la CNN en Atlanta. Un cara a cara como una partida estrambótica de petanca retransmitida en directo que ha sido una morrada contundente para Biden y los demócratas.

 El presidente es una cara visible con patas junto a los tótems permanentes que no se arrugan: la bandera es susceptible de ser planchada, el escudo se puede repintar o el himno se puede apañar con un arreglo musical. Biden necesitaría un buen repaso de carrocería integral para disimular las abolladuras y los arañazos que resplandecen demasiado. Algo que el electorado que no está por frivolidades podría pasar por alto. La cuestión es si la imagen de anciano físicamente débil -muy viejo- se corresponde y va a juego con la capacidad mental de reacción para ostentar el cargo de emperador de occidente al que aspira. El estado de vulnerabilidad de Biden, sólo por contraste, ha hecho que el pollastre de Trump pareciera más aprovechable en condiciones de desafiarle no sólo a la petanca sino al golf.

El partido demócrata tiene un grave problema de cara a las próximas elecciones. ¿Logrará encontrar un sustituto con más empuje? No hay una cara política con suficiente ímpetu como para ponerse al frente. Durante estos años de mandato la vicepresidenta no se ha prodigado en los escenarios que podían reforzarla convirtiéndose en un recambio real, una protagonista con opciones para disputar la carrera a Trump que ha sido el vencedor del debate no por virtudes propias sino por los deméritos del contrincante. Podríamos decir que Trump ha sido inusualmente objetivo cuando ha soltado: "No sé qué ha dicho al final de la frase, pero creo que ni él mismo sabe lo que está diciendo". Verle bajar los escalones del plató causaba desasosiego.

Cuesta comprender cómo una potencia mundial tiene un horizonte electoral como el actual. Un desastre estrepitoso que debería permitir sustituir al candidato de forma fulminante. Las reglas del juego en las gerontocracias de circunstancia como la americana deberían ponerle un tope. ¿El del chocheo? Efectivamente, Biden apareció en exceso caduco y añejo justo cuando el verosímil regreso de Trump pone los pelos de punta a la diplomacia internacional. La imprevisibilidad, a menudo impetuosa, hace que sea el candidato azaroso de la polarización global. Un estímulo ejemplar para la extrema derecha que ronda la democracia en Europa y un apóstata del cambio climático que no tuvo que esforzarse mucho en hacer creíbles sus exageraciones y falsedades. En este embate gerontócrata el desdibujado Biden propició que Trump se exhibiera como un jovencito de pies descalzos en las ascuas de la polémica sin ningún tipo de apaciguamiento ni arrepentimiento pasionales.

 

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