El
más viejo es el que más manda. Para alcanzar un cargo elegido democráticamente
o hereditario se recurre a este criterio fundamentado en la experiencia y en el
enfriamiento o aminoramiento pasionales, a los jóvenes hay que refrigerarlos de
continuo ya que suelen vivir en un estado de ebullición permanente que puede
trastocar el sentido de la justicia o las decisiones que afectan al conjunto de
los ciudadanos que deben administrar. Comunidades sedentarias prehistóricas o
en la antigua Grecia dicen que se decantaban por esa preferencia. Es de suponer
que la esperanza de vida no era la del siglo XXI. Los griegos no sobrepasaban
la cuarentena mientras que los neandertales y los homo sapiens oscilaban entre
los veinte y excepcionalmente los cuarenta años.
Hace
pocas décadas se tildaban de viejas a las personas que llegaban a los sesenta.
Ahora mismo calificar de anciano a alguien que ha cruzado esta barrera es un
anatema que la realidad se encarga de desmentir. Veréis mayoritariamente a los
de esta generación presumidos, activos, en plena forma ostentando con dignidad
-o no- ciertas maneras de una preadolescencia tardía pero con una mochila vital
bien abarrotada. La esperanza de vida en Cataluña es de 83,6. En las mujeres es
de 86 años mientras que en los hombres se sitúa en los 80. Basta con alistarse
en los viajes organizados de personas mayores o tomar un cortado descafeinado
en un cobijo de la tercera edad para verificar estos datos.
Desconozco
si algún país que nunca aparece en los titulares de las noticias
internacionales practica y regula el acceso al poder en base a la
gerontocracia. No tengo constancia. La tendencia indiscreta a exponer la edad
de los mandatarios es algo obligado. Presidentes, consejeros, ministros,
alcaldes y cualquier persona que cruza el umbral de la responsabilidad política
con resonancia mediática debe declarar a qué quinta pertenece. Superar los
setenta de largo o los ochenta, el caso de Trump y Biden, es algo no muy habitual.
De ahí la expectativa creada en el último debate que han mantenido en el plató
de la CNN en Atlanta. Un cara a cara como una partida estrambótica de petanca
retransmitida en directo que ha sido una morrada contundente para Biden y los
demócratas.
El
presidente es una cara visible con patas junto a los tótems permanentes que no
se arrugan: la bandera es susceptible de ser planchada, el escudo se puede
repintar o el himno se puede apañar con un arreglo musical. Biden necesitaría
un buen repaso de carrocería integral para disimular las abolladuras y los
arañazos que resplandecen demasiado. Algo que el electorado que no está por
frivolidades podría pasar por alto. La cuestión es si la imagen de anciano
físicamente débil -muy viejo- se corresponde y va a juego con la capacidad
mental de reacción para ostentar el cargo de emperador de occidente al que
aspira. El estado de vulnerabilidad de Biden, sólo por contraste, ha hecho que
el pollastre de Trump pareciera más aprovechable en condiciones de desafiarle
no sólo a la petanca sino al golf.
El
partido demócrata tiene un grave problema de cara a las próximas elecciones.
¿Logrará encontrar un sustituto con más empuje? No hay una cara política con
suficiente ímpetu como para ponerse al frente. Durante estos años de mandato la
vicepresidenta no se ha prodigado en los escenarios que podían reforzarla
convirtiéndose en un recambio real, una protagonista con opciones para disputar
la carrera a Trump que ha sido el vencedor del debate no por virtudes propias
sino por los deméritos del contrincante. Podríamos decir que Trump ha sido
inusualmente objetivo cuando ha soltado: "No sé qué ha dicho al final de
la frase, pero creo que ni él mismo sabe lo que está diciendo". Verle
bajar los escalones del plató causaba desasosiego.
Cuesta
comprender cómo una potencia mundial tiene un horizonte electoral como el
actual. Un desastre estrepitoso que debería permitir sustituir al candidato de
forma fulminante. Las reglas del juego en las gerontocracias de circunstancia
como la americana deberían ponerle un tope. ¿El del chocheo? Efectivamente,
Biden apareció en exceso caduco y añejo justo cuando el verosímil regreso de
Trump pone los pelos de punta a la diplomacia internacional. La
imprevisibilidad, a menudo impetuosa, hace que sea el candidato azaroso de la
polarización global. Un estímulo ejemplar para la extrema derecha que ronda la
democracia en Europa y un apóstata del cambio climático que no tuvo que
esforzarse mucho en hacer creíbles sus exageraciones y falsedades. En este
embate gerontócrata el desdibujado Biden propició que Trump se exhibiera como
un jovencito de pies descalzos en las ascuas de la polémica sin ningún tipo de apaciguamiento
ni arrepentimiento pasionales.
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