Barcelona
convertida en una ciudad sostenible, verde, pacífica, de buen vivir, armoniosa
y cargada de todas las virtudes que queráis atribuirle ya que la encantadora
Barcelona es muy poderosa -se desgañitaba el rey de la rumba olímpica Peret-vendiéndola urbi
et orbi con un éxito abrumador que la ha posicionado en todos los
escaparates cargados de sombreros mexicanos y de pongos de esta gitana hechicera que no sabes dónde arrinconar,
tantos que ya hastían. Una proyección que recientemente se ha robustecido con
el homenaje de una tropa futurista que venera la máquina y que Joan
Salvat-Papasseit podría volver a capitanear.
Las
casas Batlló, Milà y Amatller, las tres carabelas modernistas ancladas en el
Passeig de Gràcia, han despertado del amodorramiento habitual a base de
sacudidas impetuosas. Cuentan los testigos presentes que las ventanas abiertas
de par en par como platos no podían dar crédito. El tembleque de las vidrieras
temerosas de una impertinencia sísmica ha hecho que la sólida casa Milà,
lideresa experimentada, la soportara con dignidad remolona y mucha firmeza.
Para los puntillosos de la arquitectura ha sido un agravio por cómo bramaban
los vehículos a la vez que escupían fuego por la boca, dragones enfurecidos con
ruedas sueltos y sin correa compitiendo como suelen entre las naves de anónimos
polígonos industriales en el extrarradio precario con música ensordecedora de
viernes cuando oscurece.
El
corazón de la ciudad parado, colapsado, mientras los bólidos de competición se
exhiben quemando neumático por las arterias urbanas obstruidas al paso de la
ciudadanía que no lo acaba de entender ni es favorable a este tipo de eventos
que aportan más dudas e inconvenientes que beneficios a la mayoría de los
sufridos ciudadanos que las resisten. ¿Ha sido un ajuste de cuentas al Madrid
del Ayuso que recientemente quiso rivalizar con la Cibeles encaramada en un
carro de tracción felina? Miles de caballos contra el pasmo de dos leones
petrificados en una carrera amañada.
Puestos
a buscar precedentes no tan recientes debemos reflejarnos en la alcaldesa de
Valencia, Rita Barberá, custodiada por el presidente de la comunidad, Francisco
Camps, mientras rodaban aplomados temerariamente en un deportivo descapotado
por el circuito urbano a la orilla del Turia saludando presuntuosos a la concurrencia.
Puestos a evaluar estos modelos me atrevo a afirmar que en relación a Madrid el
resultado del embate ha sido un empate que se decidirá a los penaltis entre el
modernismo y el neoclasicismo castizo. No así en la pugna de actitud más
fallera y de traca que exhibieron Rita y Camps en Valencia.
Ciudad que, in illo tempore, también se
convirtió en la sede de las regatas de la Copa de América.
El
gobierno de Jaume Collboni ha presentado un balance positivo fundamentado en el
éxito del número de espectadores fieles a los cócteles de gasolina con mucho
octanaje y tufo de goma chamuscada mezclados en la misma proporción.
¡Espectacular! En el fragor de la demostración el ruido de las cuatrocientas
personas de unas doscientas entidades contrarias a la concentración de los
modernos carros de trabuco se convirtieron en víctimas de un ataque de afonía.
Barcelona es muy poderosa -¡cierto, Peret!-. Tanto que estos días se pasea
Bruce Springsteen empeñado en que hemos nacido para correr -Born
to run- mientras la próxima pedalada del Tour, la más chovinista
de las carreras que lleva la batuta, saldrá de la ciudad de Barcelona.
Podemos
contrastar cómo la “pacificación” del parque móvil de la ciudad ha comportado
un descenso importante en la densidad de los vehículos a motor tradicional que
ven restringida permanentemente la circulación dentro de la zona de bajas
emisiones (ZBE) de todos aquellos a los que no les corresponde ningún
distintivo ambiental de la DGT. Estos vehículos habitualmente matriculados
antes de 2005 o 2006 tienen prohibidos los desplazamientos los días laborales,
de lunes a viernes de 07:00 a 20:00 h. No dispongo del número aproximado de
afectados por esta medida, tampoco del número de personas que han tenido que
renovar el vehículo para sortear la normativa. Tampoco de los desertores del
utilitario que se han abonado al transporte público alternativo, al patinete o a
la bicicleta. Ni tengo constancia de quienes han sustituido el neumático por la
abarca. En la maraña contrastada de porcentajes habría que considerar si
inscribir a los usuarios arrepentidos -damnificados- de los trenes de Cercanías.
Lo
que no debería quemarse es la credibilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario