sábado, 11 de mayo de 2024

Los visitantes del más allá.

 

La ciudad es una algarabía constante de peatones, también con patinete alquilado y también empinados en los descapotables autobuses reciclados que dan vueltas recurrentes como el veintinueve con parada obligada en el templo de la Sagrada Familia y en los inmuebles modernistas del Paseo de Gracia. Uniformados, clónicos, son fáciles de detectar. En manadas deambulan tribalmente persiguiendo los penachos mustios de los guías que han perdido el resplandor mítico para pasarse al minimalismo. Esto es, un paraguas plegado desmañado o un pañuelo llamativo izado como un faro con patas extensibles de extraordinario poder para ser seguido.

Barcelona vive sitiada con las costuras del corsé al borde del desbordamiento carnal. La atracción turística que ejerce la ciudad sobrepasa la paciencia y las posibilidades razonables de convivencia con los sufridos barcelonautas mientras intentan navegar entre los arrecifes de acera, auténticas barricadas humanas, las colas inciertas para acceder a lugares inverosímiles cargados de misterio o a los restaurantes de las guías de esta torre de Babel impracticable. El ritual ecuménico confluye en las Ramblas donde tiene un asentamiento de paso permanente con la catedral de la sangría y la sede santificada de la paella precocinada.

Grupos escolares de adolescentes atolondrados, con un punto temerario de peligro incierto brincan jugando a la rayuela en los pasos de cebra como salvajes peatones sin contemplaciones abrumando a los abuelos de bastón pacíficamente cívico. Un segundo grupo bastante numeroso -o cohorte- que nos visita se puede identificar por la falta de paridad de género, del mismo sexo, que vienen a poner una chispa mediterráneamente gamberra a las despedidas de soltero. Deberíamos realizar un estudio riguroso de si pasan por el altar como es debido o es la puerta de entrada a una vida conyugal en pecado.

Si los escolares deambulan triscando por el asfalto vigilados por los maestros acompañantes hastiados, con cara de pizarra cansada, la voz rota y los pies cargados de apósitos llenos de publicidad estática o de raíces cuadradas sudadas; algunas lideresas anglosajonas de las despedidas presiden e inauguran puntualmente la zambullida etílica los jueves de cada semana coronadas con una especie de diadema totémica, un cipote de plástico tieso, como un monolito intermitente que les hace de brújula.

Desplegad las orejas, que no os confundan, fijaos en aquellos que se mimetizan con la naturalidad urbana de siempre: parejas, familias prolíficas con cochecito, abuelos de caminar reposado e, incluso, tiburones solitarios junto a la playa dispuestos a dentellar las oportunidades financieras o inmobiliarias con traje a medida, corbata llamativa y zapato caro. Todos estos invasores pueden haceros dudar, pero no, son de otros sistemas planetarios que han aterrizado para observarnos y, progresivamente, invadirnos. Primero se mezclan con ademán inocente -¡cuidado!-, parecen civilizados pero usurpan los asientos reservados del transporte público cuando no los defienden ferozmente a golpes de cámara digital. No os ablandéis, atacan con firmeza para conquistar el primer reto de este asalto -bien mañanero- de llegar al Parque Güell sentados.

Veremos dónde llega y cómo nos afecta esta invasión nada sutil y otros cuentos relacionados con esta ofensiva que sacude a la Barcelona de toda la vida. Los alarmistas anuncian desastres naturales asociados con las hordas invasoras de turistas que exigen las piscinas llenas de agua fresca renovada -y con gas-. Los más derrotistas advierten de convulsiones más hirientes aún como unas plagas bíblicas urbanas. Estos iluminados avezados a llevar la contaría nos quieren asustar dibujando un Eixample colonizado por viviendas turísticas con unos precios de alquiler inalcanzables. ¡Qué tonterías! Un despropósito como el de mi peluquero de toda la vida que ahora se ha empeñado en hacerme la permanente en inglés -¡Sorry, man!   

PD. Los últimos datos del Ayuntamiento corroboran que durante el primer trimestre del año, hasta 2.767.220 visitantes habían pernoctado en Barcelona, ​​un 9,3% más que el año anterior y un 2,1% por encima del 2019. Es el período con más turistas hasta ahora. Barcelona, ​​según la prensa de estos días, figura en el ranking de las ciudades mejor valoradas por la capacidad de atraer a turistas, talento e inversiones.

Un empacho de éxito nos puede asfixiar -lo escribiré con letra menuda-.

 

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