La
ciudad es una algarabía constante de peatones, también con patinete alquilado y
también empinados en los descapotables autobuses reciclados que dan vueltas
recurrentes como el veintinueve con parada obligada en el templo de la Sagrada
Familia y en los inmuebles modernistas del Paseo de Gracia. Uniformados,
clónicos, son fáciles de detectar. En manadas deambulan tribalmente
persiguiendo los penachos mustios de los guías que han perdido el resplandor
mítico para pasarse al minimalismo. Esto es, un paraguas plegado desmañado o un
pañuelo llamativo izado como un faro con patas extensibles de extraordinario
poder para ser seguido.
Barcelona
vive sitiada con las costuras del corsé al borde del desbordamiento carnal. La
atracción turística que ejerce la ciudad sobrepasa la paciencia y las
posibilidades razonables de convivencia con los sufridos barcelonautas mientras
intentan navegar entre los arrecifes de acera, auténticas barricadas humanas,
las colas inciertas para acceder a lugares inverosímiles cargados de misterio o
a los restaurantes de las guías de esta torre de Babel impracticable. El ritual
ecuménico confluye en las Ramblas donde tiene un asentamiento de paso
permanente con la catedral de la sangría y la sede santificada de la paella
precocinada.
Grupos
escolares de adolescentes atolondrados, con un punto temerario de peligro
incierto brincan jugando a la rayuela en los pasos de cebra como salvajes
peatones sin contemplaciones abrumando a los abuelos de bastón pacíficamente
cívico. Un segundo grupo bastante numeroso -o cohorte- que nos visita se puede
identificar por la falta de paridad de género, del mismo sexo, que vienen a
poner una chispa mediterráneamente gamberra a las despedidas de soltero.
Deberíamos realizar un estudio riguroso de si pasan por el altar como es debido
o es la puerta de entrada a una vida conyugal en pecado.
Si
los escolares deambulan triscando por el asfalto vigilados por los maestros
acompañantes hastiados, con cara de pizarra cansada, la voz rota y los pies
cargados de apósitos llenos de publicidad estática o de raíces cuadradas
sudadas; algunas lideresas anglosajonas de las despedidas presiden e inauguran
puntualmente la zambullida etílica los jueves de cada semana coronadas con una especie
de diadema totémica, un cipote de plástico tieso, como un monolito intermitente
que les hace de brújula.
Desplegad
las orejas, que no os confundan, fijaos en aquellos que se mimetizan con la
naturalidad urbana de siempre: parejas, familias prolíficas con cochecito,
abuelos de caminar reposado e, incluso, tiburones solitarios junto a la playa
dispuestos a dentellar las oportunidades financieras o inmobiliarias con traje
a medida, corbata llamativa y zapato caro. Todos estos invasores pueden haceros
dudar, pero no, son de otros sistemas planetarios que han aterrizado para
observarnos y, progresivamente, invadirnos. Primero se mezclan con ademán
inocente -¡cuidado!-, parecen civilizados pero usurpan los asientos reservados
del transporte público cuando no los defienden ferozmente a golpes de cámara digital.
No os ablandéis, atacan con firmeza para conquistar el primer reto de este asalto
-bien mañanero- de llegar al Parque Güell sentados.
Veremos
dónde llega y cómo nos afecta esta invasión nada sutil y otros cuentos
relacionados con esta ofensiva que sacude a la Barcelona de toda la vida. Los
alarmistas anuncian desastres naturales asociados con las hordas invasoras de
turistas que exigen las piscinas llenas de agua fresca renovada -y con gas-.
Los más derrotistas advierten de convulsiones más hirientes aún como unas
plagas bíblicas urbanas. Estos iluminados avezados a llevar la contaría nos
quieren asustar dibujando un Eixample colonizado por viviendas turísticas con unos
precios de alquiler inalcanzables. ¡Qué tonterías! Un despropósito como el de
mi peluquero de toda la vida que ahora se ha empeñado en hacerme la permanente
en inglés -¡Sorry, man!
PD. Los
últimos datos del Ayuntamiento corroboran que durante el primer trimestre del
año, hasta 2.767.220 visitantes habían pernoctado en Barcelona, un 9,3% más
que el año anterior y un 2,1% por encima del 2019. Es el período con más
turistas hasta ahora. Barcelona, según la prensa de estos días, figura en el
ranking de las ciudades mejor valoradas por la capacidad de atraer a turistas,
talento e inversiones.
Un empacho de éxito nos puede asfixiar -lo escribiré con
letra menuda-.
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