La
concentración y las movilizaciones de los campesinos de estos días han
coincidido con el juicio mediático del futbolista, un presunto violador de
discoteca. Me fijo en la difusión que lo acompaña -cercana al morbo- con mucho
poder para atrapar audiencias, con un seguimiento minuto a minuto de lo que
trasciende. De hecho, el Palacio de Justicia ha vuelto a circundar el perímetro
exterior con la gran valla de las fiestas mayores judiciales, la de los
momentos estelares de los últimos años convulsos. Unas vallas que seguro
tentarán a más de un ganadero porque serían de mucha más utilidad como cercas
de un corral para ovejas. Animo a los tractoristas a aprovechar el viaje de
regreso a la masía para cargar el remolque.
La
coincidencia de estos dos acontecimientos, el juicio y la tractorada, podría
deslucir el papel y el clamor reivindicativo de los campesinos. El tempo o la
agenda apretada se han solapado. El trabajo de los medios de comunicación para
informar de uno y otro asunto supera a los periodistas que no quieren perder el
punto de conexión de los sucesos. Personalmente encuentro mucho más heroico -no
soltaré ningún otro adjetivo- el papel de estos payeses que están profundamente
irritados y han decidido hacerse oír levantando la voz y el arado.
Unir
a dos campesinos era un hecho tradicionalmente insólito. Reunirlos a todos o a una
gran mayoría es un milagro. Quién, en el mundo rural en sus diversas
vertientes, ha vivido en completa armonía sin litigios por un palmo de tierra o
porque una recua de vacas había invadido los pastos de la masía vecina. El
pequeño país que conforma la minúscula patria con fronteras de andar por casa
dibuja el mapa de unas propiedades agrícolas y forestales mayoritariamente en
manos privadas. Preguntad a quien no ha sufrido la presunta mirada
intimidatoria del campesino que nos sorprende recogiendo furtivamente setas en
sus tierras. La pertenencia, el sentimiento de propiedad; la tierra.
¡Payeses!
Personajes que en el auca de los tópicos siempre les había tocado representar
el papel de destripaterrones fáciles de engatusar por los embaucadores
espabilados de ciudad. En una ocasión un abuelo me soltó como quien no quiere
la cosa que él era payés, ¡pero con vacas! Efectivamente, muchas vacas con
esquila y, a juzgar por las máquinas que exhiben, con vehículos más caros que
un coche de alta gama. El abuelo diferenciaba bien gráficamente la connotación
de payés con ser de payés con vacas. Agricultores sabios que trabajan la tierra
o que pastan rebaños sobreviven a los tiempos desquiciados que habitamos. Vivir
en el campo hoy no tiene demasiadas cosas en común con los cuentos junto a la lumbre
que cuentan los abuelos, la memoria longeva de unos años absolutamente
prescritos. Son las brasas que se extinguen de una vocación habitualmente
heredada que costará mucho reanimar mientras se lamentan dado que es un oficio
sin futuro, amenazado de muerte.
Muy
mal deben percibir las condiciones de supervivencia con las que debe batallar
el sector para que hayan salido tantos a quemar neumático en las carreteras y
hayan sitiado las capitales con procesiones de tractores con más humo de gasoil
que de incienso. Europa es testigo de ese malestar que ahora también ha llegado
a Barcelona. Una imagen insólita con la Diagonal y la Meridiana atestadas de
tractores, “Hasta los cojones” -proclaman algunas pancartas-. En resumen, sin
discursos largos, explicitando la desazón y las exigencias que les machacan.
También es cierto que no encontrareis a ningún campesino que no se queje, siempre
tienen argumentos para hacerlo, como si exhibiendo su bonanza las cosas se
pudieran torcer temiendo a la vez que los dioses de la fortuna los hubieran de
castigar por soberbios con pedrisco o con pestes que diezman al ganado.
Me
olvidaba de la última plaga que les -nos- castiga, la sequía. El agua que
necesitan los cultivos, el agua que beben los animales. Sin pastos hay que
sacrificar reses porque sin cereales no hay paja -ni pan-. El panorama actual
es casi apocalíptico con la trashumancia suspendida por falta de hierba donde
solían pastar en invierno. Mientras, los piensos, abonos o productos
fitosanitarios cotizan a precio de caviar ruso. Que no haya pastos en los lugares
donde invernar no significa que no tengan que pagar su alquiler. ¿A qué precios
deberían vender lo que producen para poder hacer las paces? Se quejan de que en
muchos procesos no llegan a cubrir lo que cuesta producirlos. Entretanto, en
los mercados nos invaden productos de otros lugares que compiten con los
nuestros y que no deben cumplir los requisitos que las administraciones
requieren a nuestros campesinos. Economía global, competencia desleal, al
menos, en desigualdad de condiciones.
Me
contemplo al abuelo de los cencerros mientras tostamos una rebanada de pan en los rescoldos de la
chimenea. Él que tiene tiempo me lo imagino poniendo en marcha el ordenador y
rellenando los formularios con las gafas progresivas despeñándose por la nariz.
Es el papeleo que regula el engranaje administrativo de la gente de payés. Un
diario pesado de requisitos y normas que condiciona, con la pachorra
extraordinaria en la interacción con la Conselleria y otras instituciones, la
vida del campesino actual en un permanente diálogo virtual con plazos rigurosos
y semáforos rojos que cierran el paso a las subvenciones amenazando como
tarjetas arbitrales. Madrugones y parrandas nocturnas registrando bautizos y
comuniones de terneros o trasplantes capilares de cepas descabelladas. La
burocracia y el ordenador son la cría huérfana de la masía que debe amamantarse
pacientemente mañana y noche con un biberón.
Por
todo ello conjuro a los dioses de la lluvia y del sentido común. ¡Que llueva!
Que los campesinos logren sus reclamaciones para que puedan continuar con su
actividad dignamente. Que el camino de vuelta les sea favorable marchando
cargados no sólo de promesas sino de realidades que deberían cumplirse. Mañana
me fijaré si las poco afortunadas vallas del Palacio de Justicia siguen importunando
en la calle.
Dedicado
a un joven campesino de cabecera, Joan Fontdevila.
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