Hay
asuntos que pese a ser los causantes -ya podemos dejar de lado el adjetivo
"presuntos"- nos sobrepasan. No somos todavía capaces de hacer que
llueva y pasar página. La extraordinaria sequía que padecemos ha dejado los
embalses en unos mínimos históricos. El área metropolitana de Barcelona y parte
de Girona se verán afectadas por el plan de medidas especiales contra la sequía
que restringirá el agua potable en el sistema Ter-Llobregat. Si no hay, no
puede manar agua al grifo. Veremos cómo se concreta y cómo nos afecta en la
vida doméstica. Hago a los hostiles de la higiene personal apelando a la sequía
para lograr uno de los retos con argumentos que les apoyan. Me imagino a las
autoridades volviendo a decretar el uso de la mascarilla para combatir la
atmósfera espesa en los espacios cerrados y de concurrencia comprimida. Una
vida dura para las personas con agudeza olfativa; a las embarazadas las veo
recluidas en una burbuja de protección.
Volverán
los días del intenso pachulí, de reciclar calcetines sin pasar por agua como
solíamos en las extasiadas épocas del piso de estudiantes. El tufo de la sequía
empapando nuestras vidas sin mencionar los sedientos problemas graves que puede
acarrear. Corren malos tiempos en un ecosistema nocivo que nos envuelve y nos atufa.
Por todas partes, si aspiráis profundamente, estos efluvios nos arremeten
haciéndonos fruncir la nariz en un gesto de desagrado que nos incomoda. ¡Uf!
Cosas
mías, pero en la dimisión en diferido del entrenador del Barça, Xavi Hernández,
detecto también el futuro irrespirable en el vestuario sin ventilar y con las
duchas vedadas que puede afectar a su salud como ha argumentado en una rueda de
prensa. Imaginad una asamblea de jugadores sudados en el descanso de un partido
soportando los reproches del entrenador cabreado con un bozal protector. Si no
cambia el tiempo y llueve, el césped del Camp Nou las pasará canutas, de campo
verde de fútbol a terruño donde pacer cabras que, por sus pecados -como los
jugadores-, llevan las rodillas peladas.
Algún
día tendrá que llover, un consuelo que por ahora no acaba de llegar. Tampoco es
que hayamos desfilado suficientemente en procesión rogando a las divinidades,
seres cercanos al cielo, que pongan remedio. Sin embargo muchos tememos que,
cuando lleguen los chubascos, descarguen con furia causando estragos que
deberemos lamentar. Por ahora, en esta contumaz sequía, tan sólo nos ha
afectado un tsunami que ha traído más cola que agua. Los
efluvios de algunos jueces a Varon Dandy, perfume legendario y
centenario como el coñac para hombres con criterio legal, invaden algunos
tribunales que permanecen con las ventanas cerradas demasiado tiempo. Vuelven
-o nunca se han ido, como el pachulí- los entornos con hedor a rancio, a taciturno.
A
la aspereza ambiental que se respira agravada por el polvo sahariano que
también nos ataca no es extraño, pues, que algunos tengan que habitar en
microclimas allá arriba al norte protegiéndose el flequillo del pedrisco seco y
de las amistades peligrosas. Parecería una inocentada inverosímil que quieren
colgarles si no fuera porque determinados jueces se han empeñado en alejarles aún
más de la ley de amnistía que ha sido tumbada en el Congreso por una parte del
independentismo catalán. Una galerna o la tormenta perfecta para el presidente
español al que se ha visto con cara de consternado, todo ello un poema político
con rimas torpes que nos descoloca.
Quiero
pensar y deseo que volverá el perfume de la hierba recién cortada, amorosa,
limpia con el olor de una criatura recién lavada.
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