(Dedicado
a Lluís-Melchor)
Cuesta
no recuperar el hechizo y la magia de cuando éramos niños contemplando la cabalgata
de los Reyes Magos desfilando por las calles del pueblo. Quién no ha
entregado, aunque sea de pensamiento, una carta al paje real con una lista de demandas
que van perdiendo la concreción a medida que se adelgaza la fe
monárquica. La puesta en escena con carrozas cargadas de regalos y
solemnidad nos transporta a la infancia con la firme convicción de haber sido
buenos mozos. La omnipresencia de Sus Majestades de Oriente ha llegado a
este lugar con una nevada testimonial en la montaña y con una llovizna que no
resolverá la falta grave de agua, una muestra de buenas intenciones que ha sido
también testimonial y no ha entorpecido en exceso el desfile real.
De
la magnificencia fastuosa de las grandes ciudades a la accesibilidad de los
reyes de pueblo donde uno te dedica besos personalizados, otro te ofrece un
puñado de caramelos y el tercero se acerca a conversar. Reyes cercanos que
conocen el territorio y la república laica de la santa inocencia, allí donde convocan
a las criaturas por su nombre y conocen de ellos algunas travesuras. Monarcas
cercanos que se pueden presentar a casa para cenar. Así fue como Melchor,
sin corona y despojado del traje de gala, llamó a la puerta y se incorporó a la
mesa para reponerse de la extrema palidez que acarreó a lo largo de la
jornada. Bienvenido, ¡excelencia!
Protagonista
consciente de la magia del día, cansado de sentar la ingravidez inocente en las
rodillas si no fuera porque los Reyes Magos no se agotan, todavía se entusiasma,
enternecido por la experiencia vivida, con emprender el reto de una noche
larga, la que corresponde llevar los juguetes a los niños. Pero sus
majestades también cenan y gozan de una breve tregua.
Como
niños nacemos y, con los años, criaturas nos volvemos, la intensa víspera de
reyes comienza tradicionalmente con la visita al geriátrico a media
mañana. Abuelos de ojos aturdidos, sorprendidos, agradecen los regalos
mientras algunos luchan por desenvolver un caramelo comprobando cómo los reyes
son escrupulosamente exactos en la aritmética del reparto equitativo entre los
residentes.
Pero
el plato fuerte, comida al margen -los reyes también almuerzan-, arranca justo
con la concentración de todo el que forma parte de la cabalgata para organizar
el lucimiento del desfile nocturno. Un ejercicio disciplinado, de mucho trabajo
discreto y voluntario que habla de generosidad. Son reyes de verdad
encaramados en las carrozas doradas rodeados de pajes sumisos. Saludan
ceremoniosamente, con solemnidad, a las criaturas. Sonríen mientras en las
aceras se congrega un gentío con farolillos para recibirlos. Padres
perdiendo la moderación con tiernas criaturas a las que apedrear con
caramelos.
Un
séquito que este año, por prevención meteorológica, no ha terminado en la plaza
mayor, en los balcones del ayuntamiento donde son recibidos por las autoridades
cuando el alcalde entrega a Melchor la llave mágica que abre todas las puertas
de la villa. En esta edición los parlamentos han tenido lugar en el
polideportivo y se han formado las largas colas para acercarse al rey
predilecto. La guerra cercana a Belén, el epicentro que irradia esta
franquicia mágica al mundo, ha sido una referencia y una reflexión obligada.
-¡Tengo
terrores nocturnos y me meo en la cama! -se ha presentado así de entrada
al rey blanco un chiquillo de cuatro o cinco años bien consciente de la
importancia de la entrevista que ha dejado fuera de combate a Melchor, una
noqueada con un punto de consulta psicológica que el niño, convencido que no
puede perder el tiempo, la oportunidad y la paciencia del rey ha pasado a
enumerar apresuradamente los regalos que quiere que le traigan. Eso sí que
es primordial, más que las inoportunas humedades nocturnas infantiles a las que
el monarca pretendía restar importancia y poner en contexto sin entrar en
detalles. La criatura no está por recomendaciones sino para recitar y
especificar qué quiere con mucha precisión.
Mientras
cenábamos, Melchor -que lo sabe todo-, me ha confesado que también ha
intercedido, abusando de los favores reales, para que el carpintero nos instale
unos cristales pendientes de una reforma. ¡Qué privilegio! Esto será
caso hecho a no tardar. Mientras brindábamos nos hemos mirado, un silencio
cargado de mensajes que no requería enumerar ni precisar las
prestaciones. Yo le he pedido esperanza, salud e ilusión entre otros
artículos.
De
las cosas que se tocan, abusando de la gracia real, a mí me ha llegado un libro
y, coincidiendo con Melchor, procedentes directamente de los almacenes donde
los pajes se las tienen frenéticamente para casar las cartas con los regalos,
un par de calcetines. Nos hemos despedido con cierta complicidad humana,
como si los calcetines nos hicieran pisar la cotidianidad desprovista de la
magia hasta el próximo año.
¡Gracias,
Melchor! ¡Gracias Reyes Magos!
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