lunes, 8 de enero de 2024

Cenando con el Rey Melchor.

 

(Dedicado a Lluís-Melchor)

Cuesta no recuperar el hechizo y la magia de cuando éramos niños contemplando la cabalgata de los Reyes Magos desfilando por las calles del pueblo. Quién no ha entregado, aunque sea de pensamiento, una carta al paje real con una lista de demandas que van perdiendo la concreción a medida que se adelgaza la fe monárquica. La puesta en escena con carrozas cargadas de regalos y solemnidad nos transporta a la infancia con la firme convicción de haber sido buenos mozos. La omnipresencia de Sus Majestades de Oriente ha llegado a este lugar con una nevada testimonial en la montaña y con una llovizna que no resolverá la falta grave de agua, una muestra de buenas intenciones que ha sido también testimonial y no ha entorpecido en exceso el desfile real.

De la magnificencia fastuosa de las grandes ciudades a la accesibilidad de los reyes de pueblo donde uno te dedica besos personalizados, otro te ofrece un puñado de caramelos y el tercero se acerca a conversar. Reyes cercanos que conocen el territorio y la república laica de la santa inocencia, allí donde convocan a las criaturas por su nombre y conocen de ellos algunas travesuras. Monarcas cercanos que se pueden presentar a casa para cenar. Así fue como Melchor, sin corona y despojado del traje de gala, llamó a la puerta y se incorporó a la mesa para reponerse de la extrema palidez que acarreó a lo largo de la jornada. Bienvenido, ¡excelencia!

Protagonista consciente de la magia del día, cansado de sentar la ingravidez inocente en las rodillas si no fuera porque los Reyes Magos no se agotan, todavía se entusiasma, enternecido por la experiencia vivida, con emprender el reto de una noche larga, la que corresponde llevar los juguetes a los niños. Pero sus majestades también cenan y gozan de una breve tregua.

Como niños nacemos y, con los años, criaturas nos volvemos, la intensa víspera de reyes comienza tradicionalmente con la visita al geriátrico a media mañana. Abuelos de ojos aturdidos, sorprendidos, agradecen los regalos mientras algunos luchan por desenvolver un caramelo comprobando cómo los reyes son escrupulosamente exactos en la aritmética del reparto equitativo entre los residentes.

Pero el plato fuerte, comida al margen -los reyes también almuerzan-, arranca justo con la concentración de todo el que forma parte de la cabalgata para organizar el lucimiento del desfile nocturno. Un ejercicio disciplinado, de mucho trabajo discreto y voluntario que habla de generosidad. Son reyes de verdad encaramados en las carrozas doradas rodeados de pajes sumisos. Saludan ceremoniosamente, con solemnidad, a las criaturas. Sonríen mientras en las aceras se congrega un gentío con farolillos para recibirlos. Padres perdiendo la moderación con tiernas criaturas a las que apedrear con caramelos. 

Un séquito que este año, por prevención meteorológica, no ha terminado en la plaza mayor, en los balcones del ayuntamiento donde son recibidos por las autoridades cuando el alcalde entrega a Melchor la llave mágica que abre todas las puertas de la villa. En esta edición los parlamentos han tenido lugar en el polideportivo y se han formado las largas colas para acercarse al rey predilecto. La guerra cercana a Belén, el epicentro que irradia esta franquicia mágica al mundo, ha sido una referencia y una reflexión obligada.

-¡Tengo terrores nocturnos y me meo en la cama! -se ha presentado así de entrada al rey blanco un chiquillo de cuatro o cinco años bien consciente de la importancia de la entrevista que ha dejado fuera de combate a Melchor, una noqueada con un punto de consulta psicológica que el niño, convencido que no puede perder el tiempo, la oportunidad y la paciencia del rey ha pasado a enumerar apresuradamente los regalos que quiere que le traigan. Eso sí que es primordial, más que las inoportunas humedades nocturnas infantiles a las que el monarca pretendía restar importancia y poner en contexto sin entrar en detalles. La criatura no está por recomendaciones sino para recitar y especificar qué quiere con mucha precisión.

Mientras cenábamos, Melchor -que lo sabe todo-, me ha confesado que también ha intercedido, abusando de los favores reales, para que el carpintero nos instale unos cristales pendientes de una reforma. ¡Qué privilegio! Esto será caso hecho a no tardar. Mientras brindábamos nos hemos mirado, un silencio cargado de mensajes que no requería enumerar ni precisar las prestaciones. Yo le he pedido esperanza, salud e ilusión entre otros artículos.

De las cosas que se tocan, abusando de la gracia real, a mí me ha llegado un libro y, coincidiendo con Melchor, procedentes directamente de los almacenes donde los pajes se las tienen frenéticamente para casar las cartas con los regalos, un par de calcetines. Nos hemos despedido con cierta complicidad humana, como si los calcetines nos hicieran pisar la cotidianidad desprovista de la magia hasta el próximo año.

¡Gracias, Melchor! ¡Gracias Reyes Magos!

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