(Basado en un caso
real)
Todo
empezó cuando descubrió que el tió tenía vida propia. Me explico, no sólo
se zampaba las galletas, magdalenas o las migajas del turrón que le arrimaban
cada noche siguiendo el manual de la inocencia infantil, sino que acercándolo al
oído se percibía un rumor interior que le puso en alerta. La primera
medida consistió en mantenerlo a dieta un par días, no sea que ese rac-rac
sordo tuviera que ver con una mala digestión o con un empacho de golosinas. De
ahí que también lo desterrara a la galería previniendo una plaga de termitas
voraces que pudieran asaltar el parqué o las estructuras del sofá nuevo muy
cercano donde el tió tenía emplazado el campamento navideño. Había que
observar aquel comportamiento extraño y tomar las medidas que correspondieran. Así
se hizo.
No
tenía constancia de algo tan insólito como lo que padecía el tió de este
año. Era algo que le preocupaba porque a ojos de la criatura, que lo
consideraba mágico de verdad, no entendía aquel ayuno impuesto por su padre
como un castigo no merecido. Éste tuvo que explicarse mucho con detalles
que iban más allá de las virtudes que tradicionalmente se atribuyen al
tió. Sentó al hijo en el sofá, uno de esos momentos trascendentales que
corresponden como cuando un chucho muy mayor, cargado de achaques diversos, y
debe hacerse entender a un niño de cuatro años que el animalito se ha ido al
cielo de los perros eternos esquina con el veterinario.
Con
las lágrimas columpiándose cercanas a despeñarse mejilla abajo, el hijo adoptó una
de esas actitudes que rompen el corazón a los padres sensibles -¡Padre, que no
cagará nada! -se lamentó contrariado por las medidas adoptadas. El
tió permanecía en el balcón exterior rodeado de plantas invernando, mustias y
tristonas en cuarentena preventiva. Discriminado, fuera de contexto y del
brillo que, como es natural, debe tener su hábitat como protagonista de las
fiestas de adviento.
Este
hecho insólito que padre e hijo auscultaban a menudo, el latir del tronco, les
tenía desconcertados. Más al padre, evidentemente, ya que para el niño
formaba parte de la magia innata con la que vienen equipados los tions de
fábrica que afianzaba su rechazo a tenerlo sin cobijo a la intemperie. Por
eso, al uniforme habitual, una mantita para taparlo, sobrepuso su abrigo, la
bufanda y una gorra de lana para mantenerlo lo más caliente posible.
Raro
lo era, podríamos decir que excepcional. Un tió que habían comprado en las
ferias de Santa Llúcia, junto a la explanada de la catedral en la parada de
siempre -de confianza- donde mercadearon el ramo de muérdago y ese tió porque
había que renovarlo, la criatura todavía creía -como la tradición manda - que
este tipo de troncos deben quemarse una vez han hecho su servidumbre. El sobresalto,
para los padres, aconteció a causa de los cuidados del niño y por cómo lo
sostenía como si se tratara de un teléfono móvil con conexión inalámbrica a la
ingenuidad. Algo que les puso en alerta hasta comprobar que el tió de este
año estaba vivo, respiraba compasadamente con un crujido de madera que le salía
del corazón.
Al
niño ya le habían advertido que el tió suele cagar regalos al por menor, los
gordos los traen los reyes de Oriente. Tenía asumido, pues, que este trozo
de tronco con ojos, una sonrisa traviesa y barretina sólo les dejaría
golosinas, turrones, mandarinas -un antojo del padre que lo trasponía a su
infancia- y algo útil -la otra manía de la abuela que no estaba por demasiadas
fantasías- como unos guantes o una bufanda nuevos.
Todo
un misterio, con los días descartaron las carcomas que mordisquean la madera
porque no había serrín en el plato donde cada noche, pese a la condena a las
inclemencias, le iban atiborrando. Al padre, le atrapó un ataque de fe a
ese cachivache -o de duda-, que le llevó a reconsiderar la pena a la que le
había sometido. Determinó hacer feliz al hijo y al tió, por si
acaso. Volvió el tió al lugar que le correspondía, junto a la lumbre de
haber existido en ese piso de ciudad. Qué gozo, qué alegría de ver que
todo el mundo, el tió también, había recuperado el espíritu navideño aunque se
trate de una artimaña con buenas intenciones.
-¡Padre,
padre! El niño brinca inquieto y hechizado por el milagro. Al tió le
han florecido dos ramitas con hojas pequeñas que vienen a confirmar la
vitalidad resucitada y mágica de esta fábrica de sueños que representa el
tió. Papá se lo acercó al oído, ya no palpitaba. Algo que le
tranquilizó si no fuera por el nuevo temor que le asaltaba. Este año el
tió, en un acto de venganza, sólo le cagaría carbón.
¡Feliz
Navidad!
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