Dicen
que este lunes, el tercero de enero, es el día más triste del año, la
globalidad lo rotula en inglés, blue monday, como si el nombre
hiciera la cosa. Si nos fijamos en nuestro calendario coincide con la
semana de los barbudos, donde la tristeza se sustituye por el frío, las
heladas, nevadas y el mal tiempo en general que tradicionalmente se originaban
por estas fechas, las de los santos velludos. Esto era antes de que el clima
se desquiciara por completo y los referentes hayan perdido fiabilidad. En
el mundo anglosajón el azul -blue- tiene esa connotación mezcla de
tristeza y melancolía que nos descolocaba tanto cuando Roberto Carlos, aquel
cantante brasileño de los setenta del siglo pasado, anunciaba que el gato está
triste y azul a la vez. Un problema de traducción o en realidad era cosa
de las condiciones meteorológicas de la temporada cuando hacía tanto frío que
incluso los gatos se congelaban y se volvían de color azul tirando a
morado.
El
lunes más triste del año es un buen argumento por ponerse a hibernar -como le
habría convenido al gato de la canción- mientras no llega el martes, al día
siguiente de después del lunes más gatuno del calendario. Este accidente
que nos quiere noquear anímicamente estaría fundamentado en recientes campañas
publicitarias creadas para aumentar las ventas ya que el decaimiento sólo se
puede apaciguar con mayor consumo. No hay que ser un gran futurólogo para
adivinar que, después de las fiestas, la alegría, sobre todo en los
establecimientos comerciales, no pasa precisamente por el momento más álgido. Hacer
coincidir esa desgracia con un lunes es definitivo. Porque el lunes
debería estar proscrito, desterrado de los días de la semana a menos que caiga
en festivo. ¡Qué día más feo!
Yo
personalmente firmaría que sólo haya un día desolador a lo largo del año aunque
sea el lunes. O dos o tres a mucho estirar. Pero la realidad es más
dolorosa y menos armónica. Empezado el 2024, todavía en rodaje pero sin
demasiadas garantías, el panorama sigue desafinando en muchos
lugares. Guerras, algunas aparentemente amortiguadas porque han perdido
protagonismo periodístico mientras las atrocidades siguen vigentes en el
frente, como en Ucrania, que ha sido apartada de los grandes titulares por la
escalada despiadada de horrores que se viven en Gaza mientras, como una mancha
de aceite, el Mar Rojo se comienza a teñir literalmente de rojo.
Un
mundo frágil, por decirlo suavemente, con los conflictos aludidos y el fantasma
de Donald Trump que resucita ya no de las cenizas sino de las llamas que nunca
se han extinguido en la confrontación interna que viven Estados
Unidos. Justo acaba de empezar la carrera electoral con un candidato
acusado de complicidades en la insurrección por el asalto al Capitolio entre
otros delitos. Se acaba de conocer que con un gran margen de diferencia,
más de la mitad de los votos, el estado de Iowa ha elegido al magnate
estadounidense como el candidato preferido para representar al Partido
Republicano en las elecciones de este 2024. Resuenan las contundentes palabras
de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, admitiendo sin reservas
que un posible regreso de Trump a la Casa Blanca sería "claramente una
amenaza". Un factor de riesgo y de especulación constante.
Mientras,
coincidiendo con el lunes más nefasto del año en Davos (el lugar donde se ubica
la novela la montaña mágica de Thomas Mann que se publicó hace
justo cien años) se reúne el capitalismo globalizado bajo el lema “Reconstruir
la confianza”. Más que una ironía es un sarcasmo -triste y azul como el
gato- donde se reúnen el poder corporativo con algunos presidentes de gobiernos
y significados personajes en un club privado, el de Davos -que destila
oscuridad y ostentación-, donde algunos representantes de grandes monopolios
privados poseen valores superiores al PIB de todas las economías de África y
América Latina juntas. ¿Qué confianza quiere rehacer la faraónica riqueza
de estas multinacionales que compiten con el poder de los estados pudiéndolos
regular? Un espectáculo para selectos miembros en un mundo cada vez más
desigual y con la extrema pobreza en alza. Los cinco hombres más ricos de
la Tierra han más que duplicado su fortuna durante los últimos cuatro
años. La brecha entre ricos y pobres no ha parado de aumentar desde que la
pandemia disparó su desigualdad. Las grandes fortunas han crecido
porcentualmente tres veces más rápidamente que la inflación.
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