jueves, 22 de febrero de 2024

Navalni, de opositor a mártir.

 

La diversidad de pensamiento promueve que las personas se reúnan por afinidades. Agrupadas, tienden a organizarse para alcanzar intereses comunes que quieren conseguir desde el sitio más prominente, el gobierno. El poder es la capacidad de decidir y de imponer leyes, costumbres, mentalidades y, en consecuencia, de mandar haciendo pasar por el tubo a los adversarios disimulando, anunciando aquello tan manido que quieren gobernar para “todos”, también para los que no los han votado. Una mentira piadosa políticamente correcta amparada por la formalidad con que lo anuncian en el primer discurso, recién elegidos. Que estos “todos” a los que se dirigen se lo crean y lo perciban son harina de otro costal. Los demás son la oposición que levanta el dedo, protesta, descalifica y más aún. Es, de hecho, el papel que les corresponde, poner en evidencia la gestión de quienes mandan. Son reglas democráticas que permiten la alternancia en el ejercicio del poder decidido en las urnas.

Este juego cívico tiene, sin embargo, algunos momentos que pueden chirriar cuando estos líderes han probado la miel altamente adictiva de gobernar. Sus peores pesadillas nocturnas pasan por el miedo a perder el cargo, a no ser reelegidos. Aún será más desgarrador si son defenestrados de la presidencia antes de terminar los períodos que las leyes prevén. Que la mayoría los descabalgue sin agotar los mandatos permitidos debe ser un infierno que chamusca el amor propio y abrasa el egocentrismo. Apegarse a la butaca es una debilidad humana que propicia jugadas indecentes para perpetuarse. Cuántos líderes mundiales no lo han practicado y algunos lo han logrado. Actualmente China y Rusia son dos claros ejemplos a los que Trump quiso remedar sin demasiado éxito ni experiencia. Veremos si lo consigue ahora, en el próximo mandato que tiene a tocar pese al barro judicial que le asedia.

Alterando las normas del juego conspirando con otros poderes del estado se puede legislar para hacer posible lo que contradice la esencia del sentido común democrático acercándose a una dictadura. La historia está llena de dictadores electos en primera instancia que han impuesto el sombrero de talla única, uniformado en todos los sentidos. Gobiernos autoritarios cargados de chatarra democrática formal soltando la palabra "libertad" a cada suspiro. Falsos -mentirosos profesionales por vocación y falta de ética- que acusan con los argumentos permutados que ellos practican. Oportunistas, populistas de idea fácil.

En el catálogo de personajes que se han impuesto existe un gran surtido. Los más chapuceros, la primera categoría, asaltan el poder con una trompada de sable, un golpe de estado que militariza la cosa con crueldad y derramamientos de sangre sin contemplaciones relegando de un manotazo la chatarra democrática que aludíamos. La segunda categoría es más sutil y se prolonga en el tiempo, no tienen prisa pero no aflojan, a cada colada una vuelta de tuerca que estrangula las libertades. De seductores -me atrevería a decir que simpáticos y campechanos- a imponer una tiranía con toda la chatarra democrática -pero oxidada-. Promueven elecciones sospechosamente manipuladas y ponen todo el cuidado del mundo en desactivar a los opositores al régimen, a quien le pueda hacer sombra en las urnas y en reprimir las sensibilidades contrarias.

Desde hace unos años se impone el segundo modelo de guante aparentemente suave que ha ido evolucionando hasta la extrema dureza. La sombrerería que crea tendencia es la gran casa de sombreros imperial regentada por Putin. Un dirigente testosterónico que hiela la sangre con eficacia bélica o aniquilando a opositores. El modelo que más descuella es el del sombrero inútil porque antes decapita a los opositores. Alexei Navalni ha sido la última víctima. El cabezudo opositor que fuera envenenado y, una vez recuperado, insistió en regresar a Rusia. Valiente y retador se ha convertido en un aviso para navegantes de las turbias aguas rusas que bañan el centro penitenciario del círculo polar Ártico donde le han matado.

Este zar de opereta siniestra sin andarse con chiquitas, no sea que por razones biológicas -como correspondería- se anticipara al cielo de los tiranos antes que Navalni, cosa probable por la edad a pesar de que sea capaz de prolongar su poder hasta morirse superando el récord de Stalin -algunos recordamos dictadores que expiraron en la cama con aureola de santidad-. Muerto el perro, muerta la rabia. La represión a los homenajes callejeros, el misterio que rodea las circunstancias de la muerte o la autopsia que le deben practicar no han precipitado por ahora el estallido de una revuelta. Todo parece lícito para Putin, como la guerra de Ucrania. ¿Tendrá consecuencias o sólo se convertirá, Navalni, en una efigie de camiseta que no se podrá lucir en la Rusia actual? En la percepción exterior -no conocemos su impacto real en Rusia-, Putin ha convertido a un opositor en un mártir. Lo ha ascendido a una categoría superior, etérea sin corporeidad y sin debilidades humanas. Se puede machacar la carne, pero los símbolos -como los fantasmas- son escurridizos, difíciles de encarcelar y más aún de asesinar.

Cada maestrillo tiene su librillo.

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