La
diversidad de pensamiento promueve que las personas se reúnan por
afinidades. Agrupadas, tienden a organizarse para alcanzar intereses
comunes que quieren conseguir desde el sitio más prominente, el
gobierno. El poder es la capacidad de decidir y de imponer leyes,
costumbres, mentalidades y, en consecuencia, de mandar haciendo pasar por el
tubo a los adversarios disimulando, anunciando aquello tan manido que quieren
gobernar para “todos”, también para los que no los han votado. Una mentira
piadosa políticamente correcta amparada por la formalidad con que lo anuncian
en el primer discurso, recién elegidos. Que estos “todos” a los que se
dirigen se lo crean y lo perciban son harina de otro costal. Los demás son
la oposición que levanta el dedo, protesta, descalifica y más aún. Es, de
hecho, el papel que les corresponde, poner en evidencia la gestión de quienes
mandan. Son reglas democráticas que permiten la alternancia en el
ejercicio del poder decidido en las urnas.
Este
juego cívico tiene, sin embargo, algunos momentos que pueden chirriar cuando
estos líderes han probado la miel altamente adictiva de gobernar. Sus
peores pesadillas nocturnas pasan por el miedo a perder el cargo, a no ser
reelegidos. Aún será más desgarrador si son defenestrados de la
presidencia antes de terminar los períodos que las leyes prevén. Que la
mayoría los descabalgue sin agotar los mandatos permitidos debe ser un infierno
que chamusca el amor propio y abrasa el egocentrismo. Apegarse a la butaca
es una debilidad humana que propicia jugadas indecentes para
perpetuarse. Cuántos líderes mundiales no lo han practicado y algunos lo
han logrado. Actualmente China y Rusia son dos claros ejemplos a los que
Trump quiso remedar sin demasiado éxito ni experiencia. Veremos si lo
consigue ahora, en el próximo mandato que tiene a tocar pese al barro judicial
que le asedia.
Alterando
las normas del juego conspirando con otros poderes del estado se puede legislar
para hacer posible lo que contradice la esencia del sentido común democrático
acercándose a una dictadura. La historia está llena de dictadores electos
en primera instancia que han impuesto el sombrero de talla única, uniformado en
todos los sentidos. Gobiernos autoritarios cargados de chatarra
democrática formal soltando la palabra "libertad" a cada
suspiro. Falsos -mentirosos profesionales por vocación y falta de ética-
que acusan con los argumentos permutados que ellos
practican. Oportunistas, populistas de idea fácil.
En
el catálogo de personajes que se han impuesto existe un gran surtido. Los
más chapuceros, la primera categoría, asaltan el poder con una trompada de
sable, un golpe de estado que militariza la cosa con crueldad y derramamientos
de sangre sin contemplaciones relegando de un manotazo la chatarra democrática
que aludíamos. La segunda categoría es más sutil y se prolonga en el
tiempo, no tienen prisa pero no aflojan, a cada colada una vuelta de tuerca que
estrangula las libertades. De seductores -me atrevería a decir que
simpáticos y campechanos- a imponer una tiranía con toda la chatarra
democrática -pero oxidada-. Promueven elecciones sospechosamente
manipuladas y ponen todo el cuidado del mundo en desactivar a los opositores al
régimen, a quien le pueda hacer sombra en las urnas y en reprimir las
sensibilidades contrarias.
Desde
hace unos años se impone el segundo modelo de guante aparentemente suave que ha
ido evolucionando hasta la extrema dureza. La sombrerería que crea
tendencia es la gran casa de sombreros imperial regentada por Putin. Un
dirigente testosterónico que hiela la sangre con eficacia bélica o aniquilando
a opositores. El modelo que más descuella es el del sombrero inútil porque
antes decapita a los opositores. Alexei Navalni ha sido la última
víctima. El cabezudo opositor que fuera envenenado y, una vez recuperado,
insistió en regresar a Rusia. Valiente y retador se ha convertido en un
aviso para navegantes de las turbias aguas rusas que bañan el centro
penitenciario del círculo polar Ártico donde le han matado.
Este
zar de opereta siniestra sin andarse con chiquitas, no sea que por razones
biológicas -como correspondería- se anticipara al cielo de los tiranos antes
que Navalni, cosa probable por la edad a pesar de que sea capaz de prolongar su
poder hasta morirse superando el récord de Stalin -algunos recordamos
dictadores que expiraron en la cama con aureola de santidad-. Muerto el
perro, muerta la rabia. La represión a los homenajes callejeros, el
misterio que rodea las circunstancias de la muerte o la autopsia que le deben
practicar no han precipitado por ahora el estallido de una revuelta. Todo
parece lícito para Putin, como la guerra de Ucrania. ¿Tendrá consecuencias
o sólo se convertirá, Navalni, en una efigie de camiseta que no se podrá lucir
en la Rusia actual? En la percepción exterior -no conocemos su impacto
real en Rusia-, Putin ha convertido a un opositor en un mártir. Lo ha
ascendido a una categoría superior, etérea sin corporeidad y sin debilidades
humanas. Se puede machacar la carne, pero los símbolos -como los
fantasmas- son escurridizos, difíciles de encarcelar y más aún de asesinar.
Cada
maestrillo tiene su librillo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario