Vivimos
días de intensidad política e institucional centrados en la monarquía y en la
investidura de Pedro Sánchez. La información al respecto es tratada de
forma distinta. Una viene coronada por el consenso mayoritario y
presentada como un pastel de aniversario saturado de azúcar y glamour sin voces
críticas ni acciones contrarias que hayan podido estropear las secciones
gráficas de la prensa rosa. Qué princesa más fotogénica para un cuento de
hadas. La otra, entronizar a Pedro Sánchez como presidente, tiene más
obstáculos y una corte hostil que no se lo pondrá fácil.
Vayamos
por partes. Lo monárquico vive horas tenues. Subsiste en dinámicas de
relevancia intrascendentes -de escaparate- y comienza a tener
detractores impensables desde no hace demasiados años. Defender al emérito
es un ejercicio de fe a ojos cerrados en la bondad de la monarquía. El
prófugo ha hecho mucho daño a la corona. Por eso es tratado por la casa
real como un apestado para resguardar a los sucesores. La retahíla de
travesuras poco ejemplares de quien ha sido jefe del estado no son sólo
resbalones puntuales o asuntos de faldas encubiertos sino que la corrupción
internacional le ha aureolado con una corona de espinas que ha liquidado la
reputación de Juan Carlos. De rebote, ha dañado los cimientos de la
monarquía que desde la transición empieza a ser discutida más allá del
republicanismo tradicional.
La
estrategia ha sido aislar a los sucesores y hacer ver que, cuando el emérito
vuelve para engullir marisco gallego y tomar el fresco en una regata de amigos
incondicionales, no pasa nada, cosas de abuelo. En Catalunya, el discurso
de Felipe VI el 3-O del 2017 no fue afortunado y comprometió la debida
neutralidad de la institución cuando nadie había secuestrado el Congreso a
tiros. Si la valoración de la monarquía en general no era para lanzar
cohetes, las palabras de Felipe lo desacreditaron aún más. El rechazo
monárquico tenía otro argumento que se sumaba al historial destapado de su
padre. Como la condición dinástica va ligada íntimamente al pasado y a la
herencia, no se pueden borrar los episodios que no nos gustan por torpes o son,
directamente, motivo de un presunto juicio si la justicia ordinaria pudiera
encausarlos. No se pueden revestir los momentos y los protagonistas desligados
unos de otros. Son los Borbones en paquete con mucho pasado y un incierto
mañana. Pero a la princesa la han presentado como una página inmaculada
vestida de blanco rodeada de corifeos que cantan sus excelencias.
Sin
tantos corifeos, Pedro Sánchez lo tiene más peliagudo. Este gato político
de siete vidas parecería que siempre cae de pie. Veremos si es así
alcanzando los acuerdos para ser investido presidente con el apoyo de lo que la
derecha considera la morralla independentista. Qué final de cuento -sin
príncipe azul, pero con un apuesto Sánchez- para Puigdemont que dispone de la
llave y el duro que tendrá que llegar -prometen que esta vez sí- en caso de que
nada se tuerza. Los implicados en la negociación deberán desatascar la
amnistía, las deudas pendientes, la financiación y el traspaso de Cercanías.
Respecto
a los trenes que viven y ruedan en Catalunya yo añadiría dos agravios
pendientes y paradigmáticos respecto de la inversión ferroviaria del Estado en
Catalunya. No quisiera añadir presión ni entorpecer las negociaciones,
aunque terminar la estación de la Sagrera y finalizar el corredor mediterráneo
serían dos grandes muestras de buena voluntad desde que la alta velocidad
empezó a calentar catenarias por la Península. Haced cuentas desde 1992. O
nos menosprecian o están convencidos de que invertir a favor de las ínfulas independentistas
es un mal negocio, tirar el dinero, vamos. Todo puede ser, o ambas cosas a
la vez.
Lo
que más polvareda levanta y exalta los ánimos en las tertulias es la
amnistía. Un santo grial para algunos que viola la constitucionalidad y
atropella la esencia de la democracia. Los discursos bien trabados contra
los que perpetramos un golpe de estado y la sedición no se pueden perdonar
-¡Puigdemont a prisión! En las últimas horas, vocales conservadores del
Consejo General del Poder Judicial se han posicionado contra la amnistía, una
jugada de gran significado político que seguirá su curso sin efectos
prácticos. La derecha judicial hace política sin vergüenza -una vez más- y
se mueve para ponerle palos en las ruedas.
No
lo tiene y no lo tendrá fácil Pedro Sánchez si lo consigue. En plena
negociación para la investidura se han desencadenado un alud de declaraciones
contra el ejecutivo y se han anunciado acciones concretas de algunas grandes
empresas. Lo que conocemos como el palco del Bernabéu, el club social e
informal del Ibex, ha estallado. Según algunos medios un alto porcentaje
de los muy altos directivos tienen un componente ideológico contrario a Sánchez
que, entre cóctel y cóctel en el palco de Florentino, se excitan y contagian
del efecto tabernario que es el menos reflexivo de todos. ¿Quién la hará o
la dirá más gorda?
Cerrado
el acuerdo entre ERC y el PSOE, el PP ha puesto en marcha una maniobra en el
Senado -donde tiene mayoría absoluta- para reformar su reglamento que puede
alargar a dos meses la tramitación de una norma cuando ya ha recibido
previamente el visto bueno del Congreso, la amnistía por ejemplo.
Con
tantos amigos insignes Pedro Sánchez sólo tendrá que estar atento a una última
variable en el caso de alcanzar estos retos y esquivar las múltiples trampas. Un
sabio filósofo alemán de principios del siglo pasado sostenía que “cuando todo
funciona bien, se puede ir la luz”. Por el bien de todo y de todos yo he prendido
una vela.
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