jueves, 12 de octubre de 2023

Turistas en Israel.

 

Volar a Tel Aviv era una aventura que comienza en nuestro aeropuerto con un tratamiento especial y muy diferente al resto de compañías que operan en él. EL AL con la estrella de David en la cola ya te advierte que no estás en un avión aunque se halle aparcado en El Prat de Llobregat sino en Israel. El control que ejerce la seguridad israelí con agentes propios antes de embarcar es extremadamente estricto. Comienza con un interrogatorio de dónde has dormido y con quién la noche anterior, con quién viajas, qué relaciones o parentesco tenéis, si has dejado las maletas desamparadas en el maletero de un taxi para ir a mear... La indumentaria y las chancletas tampoco te eximen de la pregunta, ¿qué vas a hacer? ¡Turismo! Pasado este primer filtro practicado por una señorita con poco aspecto de azafata que luce una insignia con la bandera española junto a una con la estrella de David te hace determinar que no te dirigirás a ella en catalán. Algún explorador experimentado susurra discretamente, el Mossat

La segunda operación larga e inmediata antes de subirnos a Israel -al aparato- consiste en la revisión de las pertenencias. Cuidadísima, lenta y con parsimonia, de cada uno de los cuatro ángulos del móvil, por ejemplo. Todo era escrupulosamente pasado por aparatos diversos que presuntamente detectaban microfilms, explosivos o artilugios de espionaje propios de agentes enemigos. Nunca he sido objeto de un cacheo como éste. No teníamos pinta de fieles de una parroquia en peregrinación a Tierra Santa, pero tampoco de terroristas palestinos -pensé-. Salir de esa zona para pasar a tierra de nadie, la sala de embarque fue una liberación literal. Subir al avión, con o sin turbulencias posibles, me provocó una sensación de seguridad con alas insuperable.

Yendo de Tel Aviv a Jerusalén el conductor me hizo notar que esa carretera era segura y muy custodiada con cámaras de vigilancia en cada farola que iluminaba sin querer una imponente valla de contención que separa las dos comunidades irreconciliables. Llegamos al hotel y descargamos las maletas. Aquí, en el exterior antes de entrar al mostrador de recepción, un vigilante sin uniformar, con un traje pulcro de funcionario, apoyado a un atril, armado con una pistola bien visible a la vez que el atril escondía una escopeta de las gordas. Lo averigüé en mis frecuentes incursiones mientras salía a fumar. Por la mañana almorzando en el restaurante aparecieron cuatro o cinco soldados uniformados equipados con mochilas y escopetas con miras telescópicas aún más imponentes. Vigilaban el horizonte desde las alturas del hotel.

Caminando por la ciudad de Jerusalén era normal, nadie se incomodaba por ello, cruzarse con jóvenes que llevaban una pistola al cinto, sin disimular ni esconderla con la camisa. Las armas eran herramientas -¿por la paz?- habituales de las que sin excesiva discreción eran portadas con ostentación relativa. Ya eran harina de otro costal las cuadrillas de policías o militares que, de repente en algún cruce de las calles santas, permanecían reunidos tras unas vallas más decorativas que efectivas, atentos y dispuestos a entrar en acción inmediata con la contundencia proporcional a las corazas y armas que llevaban absolutamente intimidatorias.

Me llamó la atención la negativa rotunda de un guía israelí a trasladarnos a Belén, ubicada en la Cisjordania actual. El rechazo a pisar tierra “enemiga” expresado con un menosprecio absoluto me impactó. La frontera con Belén, muy cercana a Jerusalén, la cruzamos sin detenernos en virtud de un acuerdo “turístico” que propiciaba el intercambio de guías sin demasiada cordialidad, la justa. El muro, la pobreza, la suciedad, las casas recientemente derruidas y la imagen bien alejada de la visión idílica del pesebre navideño hicieron que alguien soltara un “es feo de cojones” compartido.

Cruzamos de Israel a Jordania una mañana soleada que nos quebró la paciencia. Hicimos un trayecto por la breve tierra fronteriza de nadie, representada por una raya en los mapas políticos, en un autobús neutral. Subir y bajar para dejarnos debajo de un cañizo mientras no se resolvían los trámites fronterizos. Por mimetismo o por no ser menos los agentes de aduanas jordanos ponían todo el celo que podían para competir con la eficiente maquinaria judía en materia de seguridad, pero detecté enseguida que Jordania jugaba en segunda, una categoría inferior, o en tercera regional en materia transfronteriza.

El susto -ahora la anécdota- nos inquietó cuando una compañera que había comprado una Menorah en Jerusalén -yo la había asesorado en cuanto al tamaño del objeto- fue retenida casi un par de horas. Tuvimos tiempo de cargar las maletas en el autobús y yo de establecer cierta complicidad con el conductor mientras cultivamos el vicio de fumar sentados en un banco. Aquello no se resolvía. Ya pensábamos en llamar a la embajada o en canjear a la rehén directamente por un tractor. Me tranquilizó el compañero de humos que me hizo entender que estos incidentes eran habituales y que acababan bien sin tener que comprometer ningún tractor. Finalmente la liberaron a ella y a todo el grupo de personas que viajábamos juntos. ¡Qué alivio! La interrogaron varios agentes, cada vez de mayor rango -dedujo-. Según ella, habría sido definitivo, el análisis brazo a brazo de la Menorah dislocada para comprobar que no era un objeto peligroso más allá del simbolismo. No fue devuelta a la propietaria ya que habría contrariado la prevención religiosa jordana introduciendo de contrabando un objeto tan peligroso pese a tener relaciones y fronteras abiertas con Israel desde 1994.

En este viaje no pudimos visitar la explanada de las mezquitas por obras -nos dijeron-. En Ammán, Jordania, nos enteramos de que había habido un atentado. Ahora, triste y horrorosamente, la actualidad me ha reavivado estos recuerdos -si queréis frívolos-. Estos días los habitantes de Israel, como yo mismo, tampoco entienden desde la burbuja de seguridad que irradiaba al país que se haya podido producir tan feroz y sanguinario ataque sin que ninguna alerta se haya encendido. Fracasos con consecuencias por ver que pueden acarrear un conflicto aún más intenso y, sobre todo, un drama humanitario horrible. Muchos enigmas y conjeturas que algún día se sabrán, quizás pasada la guerra -ya se puede llamar así- que ha estallado en Oriente Próximo una vez más donde el diálogo se articula con bombas y terror. Jerusalén, la ciudad sagrada de las tres religiones, es en la actualidad una ciudad fantasma. En el Santo Sepulcro, en la Explanada de las Mezquitas o en el Muro Occidental apenas hay un alma, relatan las noticias que nos llegan.

 

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