Volar
a Tel Aviv era una aventura que comienza en nuestro aeropuerto con un
tratamiento especial y muy diferente al resto de compañías que operan en
él. EL AL con la estrella de David en la cola ya te advierte que no
estás en un avión aunque se halle aparcado en El Prat de Llobregat sino en
Israel. El control que ejerce la seguridad israelí con agentes propios
antes de embarcar es extremadamente estricto. Comienza con un
interrogatorio de dónde has dormido y con quién la noche anterior, con quién
viajas, qué relaciones o parentesco tenéis, si has dejado las maletas
desamparadas en el maletero de un taxi para ir a mear... La indumentaria y las
chancletas tampoco te eximen de la pregunta, ¿qué vas a
hacer? ¡Turismo! Pasado este primer filtro practicado por una
señorita con poco aspecto de azafata que luce una insignia con la bandera
española junto a una con la estrella de David te hace determinar que no te dirigirás
a ella en catalán. Algún explorador experimentado susurra discretamente,
el Mossat.
La
segunda operación larga e inmediata antes de subirnos a Israel -al aparato- consiste
en la revisión de las pertenencias. Cuidadísima, lenta y con parsimonia,
de cada uno de los cuatro ángulos del móvil, por ejemplo. Todo era
escrupulosamente pasado por aparatos diversos que presuntamente detectaban
microfilms, explosivos o artilugios de espionaje propios de agentes
enemigos. Nunca he sido objeto de un cacheo como éste. No teníamos pinta
de fieles de una parroquia en peregrinación a Tierra Santa, pero tampoco de
terroristas palestinos -pensé-. Salir de esa zona para pasar a tierra de
nadie, la sala de embarque fue una liberación literal. Subir al avión, con
o sin turbulencias posibles, me provocó una sensación de seguridad con alas
insuperable.
Yendo
de Tel Aviv a Jerusalén el conductor me hizo notar que esa carretera era segura
y muy custodiada con cámaras de vigilancia en cada farola que iluminaba sin
querer una imponente valla de contención que separa las dos comunidades
irreconciliables. Llegamos al hotel y descargamos las maletas. Aquí,
en el exterior antes de entrar al mostrador de recepción, un vigilante sin
uniformar, con un traje pulcro de funcionario, apoyado a un atril, armado con
una pistola bien visible a la vez que el atril escondía una escopeta de las gordas. Lo
averigüé en mis frecuentes incursiones mientras salía a fumar. Por la
mañana almorzando en el restaurante aparecieron cuatro o cinco soldados
uniformados equipados con mochilas y escopetas con miras telescópicas aún más
imponentes. Vigilaban el horizonte desde las alturas del hotel.
Caminando
por la ciudad de Jerusalén era normal, nadie se incomodaba por ello, cruzarse
con jóvenes que llevaban una pistola al cinto, sin disimular ni esconderla con
la camisa. Las armas eran herramientas -¿por la paz?- habituales de las
que sin excesiva discreción eran portadas con ostentación relativa. Ya
eran harina de otro costal las cuadrillas de policías o militares que, de
repente en algún cruce de las calles santas, permanecían reunidos tras unas
vallas más decorativas que efectivas, atentos y dispuestos a entrar en acción
inmediata con la contundencia proporcional a las corazas y armas que llevaban
absolutamente intimidatorias.
Me
llamó la atención la negativa rotunda de un guía israelí a trasladarnos a
Belén, ubicada en la Cisjordania actual. El rechazo a pisar tierra
“enemiga” expresado con un menosprecio absoluto me impactó. La frontera
con Belén, muy cercana a Jerusalén, la cruzamos sin detenernos en virtud de un
acuerdo “turístico” que propiciaba el intercambio de guías sin demasiada
cordialidad, la justa. El muro, la pobreza, la suciedad, las casas
recientemente derruidas y la imagen bien alejada de la visión idílica del
pesebre navideño hicieron que alguien soltara un “es feo de cojones”
compartido.
Cruzamos
de Israel a Jordania una mañana soleada que nos quebró la
paciencia. Hicimos un trayecto por la breve tierra fronteriza de nadie,
representada por una raya en los mapas políticos, en un autobús
neutral. Subir y bajar para dejarnos debajo de un cañizo mientras no se
resolvían los trámites fronterizos. Por mimetismo o por no ser menos los
agentes de aduanas jordanos ponían todo el celo que podían para competir con la
eficiente maquinaria judía en materia de seguridad, pero detecté enseguida que
Jordania jugaba en segunda, una categoría inferior, o en tercera regional en
materia transfronteriza.
El
susto -ahora la anécdota- nos inquietó cuando una compañera que había comprado
una Menorah en Jerusalén -yo la había asesorado en cuanto al tamaño
del objeto- fue retenida casi un par de horas. Tuvimos tiempo de cargar
las maletas en el autobús y yo de establecer cierta complicidad con el
conductor mientras cultivamos el vicio de fumar sentados en un banco. Aquello
no se resolvía. Ya pensábamos en llamar a la embajada o en canjear a la
rehén directamente por un tractor. Me tranquilizó el compañero de humos
que me hizo entender que estos incidentes eran habituales y que acababan bien
sin tener que comprometer ningún tractor. Finalmente la liberaron a ella y
a todo el grupo de personas que viajábamos juntos. ¡Qué alivio! La
interrogaron varios agentes, cada vez de mayor rango -dedujo-. Según ella,
habría sido definitivo, el análisis brazo a brazo de la Menorah dislocada
para comprobar que no era un objeto peligroso más allá del simbolismo. No fue
devuelta a la propietaria ya que habría contrariado la prevención religiosa
jordana introduciendo de contrabando un objeto tan peligroso pese a tener relaciones
y fronteras abiertas con Israel desde 1994.
En
este viaje no pudimos visitar la explanada de las mezquitas por obras -nos
dijeron-. En Ammán, Jordania, nos enteramos de que había habido un
atentado. Ahora, triste y horrorosamente, la actualidad me ha reavivado
estos recuerdos -si queréis frívolos-. Estos días los habitantes de
Israel, como yo mismo, tampoco entienden desde la burbuja de seguridad que
irradiaba al país que se haya podido producir tan feroz y sanguinario ataque
sin que ninguna alerta se haya encendido. Fracasos con consecuencias por
ver que pueden acarrear un conflicto aún más intenso y, sobre todo, un drama
humanitario horrible. Muchos enigmas y conjeturas que algún día se sabrán,
quizás pasada la guerra -ya se puede llamar así- que ha estallado en Oriente
Próximo una vez más donde el diálogo se articula con bombas y terror. Jerusalén,
la ciudad sagrada de las tres religiones, es en la actualidad una ciudad
fantasma. En el Santo Sepulcro, en la Explanada de las Mezquitas o en el
Muro Occidental apenas hay un alma, relatan las noticias que nos llegan.
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