Ya
sé que ando con retraso, las burocracias de agenda me han permitido unas
vacaciones -al menos mentales- fuera de temporada, cuando los meses habituales
para disfrutarlas ya han pasado y los circuitos que ofrecen las agencias de
viajes parecerían de otoño con ese punto, como los yogures, algo
caducados. He estado -sirva de disculpa- alejado, fuera del contexto en
muchos sentidos. He desconectado del fastidio que los días,
informativamente hablando, se comportan. No he leído la prensa y no he
seguido las noticias, algo que podría considerarse saludable y relajante sino lo
consideramos una actitud para cobardes con un punto de
superficialidad. Más aún, he elegido un país en el que llueve casi todos
los días para rehuir también las conversaciones intrascendentes cuando el
cambio climático y sus consecuencias ya no las hacen idóneas para romper el
hielo. Esto es, no he querido oír predicciones apocalípticas que suben de
nivel a medida que los embalses se van vaciando.
Esta
ruptura con rutinas como los desayunos contundentes en los hoteles, la
sensación muy real de no entender la lengua por la pérdida de matices -también
los gruesos-, la civilidad que emana del trato, la pulcritud de las calles sin
demasiadas colillas, la impresionante red de transporte público puntual que
propicia que los vehículos particulares sean una anécdota en los centros
urbanos de las ciudades y la paciencia de los que viven y trabajan hacia los
bárbaros que aterrizan armados con un móvil para retratarlo es
entrañable. De hecho, se trataría de un acto de retorno cercano a la
justicia poética cuando vives en una ciudad como Barcelona. Uno de los
ejercicios que he practicado para cargar energía ha sido más que comparar
catedrales y monumentos, identificar los hábitos universales del turismo por
todo el mundo que tolero en la reputada Barcelona como destino prominente.
Consideré
que detenerme en un punto de encuadre estratégico para fotografiar la
panorámica de la ciudad era algo a que tenía derecho por la de veces que me he
detenido para no salir en el plano como un espontáneo en Arco de Triunfo. Más
aún, las barricadas humanas en las aceras que esquivo con cierta temeridad en
la calle Montcada me han otorgado una paz de espíritu ingenua. O la manía
nada inocente por capturar en el congelador digital personajes a los que has
robado su consentimiento, a hurtadillas disparas apresuradamente para que no te
rompan la cámara o la cara -nunca se sabe-. Mayoritariamente estas formas
de comportarse deben ser universales en todas partes.
La
novedad en las vacaciones que disfrutas adosado al grupo bajo la tutela de un
guía cabal es cómo te contemplas aquellos con los que convivirás unos
días. Las comidas son el punto de encuentro en el que no debes estar
atento a los asuntos históricos, a las corrientes literarias, pictóricas o
arquitectónicas con las que se empeña en ilustrarte un cicerone simpático y amable. Un
plato típico, aunque sea de buffet libre, propicia la confidencia marcando al
presunto contrincante que viaja en un asiento cercano. A menudo acabamos
comprobando lo tramposos que son los prejuicios. Los vistosos, los
groseros, los presumidos, los prepotentes, los graciosos y todo el catálogo
restante incluidos los tímidos y los que viajan solos, sufren una metamorfosis
que la proximidad, la confidencia o la fotografía de los nietos
favorece. La certeza de la coexistencia fugaz hace que puedas inventarte
una biografía hecha a medida en un juego sin malicia de seducción compartida en
un escenario inédito o exótico. Excluyo a los ajenos que practican el
autismo turístico enchufados permanentemente al móvil con auriculares.
El
anonimato en el grupo, bastante diverso de países diferentes que comparten
lengua para rentabilizar el guía, te ahorra el roce a jornada completa con los
conocidos, aquellas personas de tu entorno con las que compartes destino y
viaje de quien acabas renegando. Con cualquier pretexto te despegas de
aquellos que no conoces, pero vecinos, parientes, amigos o conocidos te pueden
hacer perder los estribos y la paciencia a la hora de acordar una decisión por
trivial que sea. Existen las relaciones que te acercan a personas
desconocidas y las que te hacen descubrir que soportar a los allegados en
situaciones no habituales es una penitencia que no tienes ganas de
repetir. Cuántas parejas no se habrán formado pisando museos o pedruscos y
cuántas no habrán roto escogiendo un recuerdo o un imán de nevera. Yo, por
si acaso, siempre delego esta responsabilidad.
Estos
días, mientras hago balance de los nuevos imanes y edito las fotografías, me he
escapado allá arriba al norte en busca de un país idílico, tolerante y en paz
alejado del contexto habitual hasta que las turbulencias de vuelta preludiaban
el aterrizaje a la realidad con el temor a que me hayan perdido la
maleta. Imaginemos cuál será la impotencia, la rabia y el dolor cuando
pierdes la familia, la casa; la vida.
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