domingo, 29 de octubre de 2023

Vacaciones fuera de temporada.

 

Ya sé que ando con retraso, las burocracias de agenda me han permitido unas vacaciones -al menos mentales- fuera de temporada, cuando los meses habituales para disfrutarlas ya han pasado y los circuitos que ofrecen las agencias de viajes parecerían de otoño con ese punto, como los yogures, algo caducados. He estado -sirva de disculpa- alejado, fuera del contexto en muchos sentidos. He desconectado del fastidio que los días, informativamente hablando, se comportan. No he leído la prensa y no he seguido las noticias, algo que podría considerarse saludable y relajante sino lo consideramos una actitud para cobardes con un punto de superficialidad. Más aún, he elegido un país en el que llueve casi todos los días para rehuir también las conversaciones intrascendentes cuando el cambio climático y sus consecuencias ya no las hacen idóneas para romper el hielo. Esto es, no he querido oír predicciones apocalípticas que suben de nivel a medida que los embalses se van vaciando.

Esta ruptura con rutinas como los desayunos contundentes en los hoteles, la sensación muy real de no entender la lengua por la pérdida de matices -también los gruesos-, la civilidad que emana del trato, la pulcritud de las calles sin demasiadas colillas, la impresionante red de transporte público puntual que propicia que los vehículos particulares sean una anécdota en los centros urbanos de las ciudades y la paciencia de los que viven y trabajan hacia los bárbaros que aterrizan armados con un móvil para retratarlo es entrañable. De hecho, se trataría de un acto de retorno cercano a la justicia poética cuando vives en una ciudad como Barcelona. Uno de los ejercicios que he practicado para cargar energía ha sido más que comparar catedrales y monumentos, identificar los hábitos universales del turismo por todo el mundo que tolero en la reputada Barcelona como destino prominente.

Consideré que detenerme en un punto de encuadre estratégico para fotografiar la panorámica de la ciudad era algo a que tenía derecho por la de veces que me he detenido para no salir en el plano como un espontáneo en Arco de Triunfo. Más aún, las barricadas humanas en las aceras que esquivo con cierta temeridad en la calle Montcada me han otorgado una paz de espíritu ingenua. O la manía nada inocente por capturar en el congelador digital personajes a los que has robado su consentimiento, a hurtadillas disparas apresuradamente para que no te rompan la cámara o la cara -nunca se sabe-. Mayoritariamente estas formas de comportarse deben ser universales en todas partes.

La novedad en las vacaciones que disfrutas adosado al grupo bajo la tutela de un guía cabal es cómo te contemplas aquellos con los que convivirás unos días. Las comidas son el punto de encuentro en el que no debes estar atento a los asuntos históricos, a las corrientes literarias, pictóricas o arquitectónicas con las que se empeña en ilustrarte un cicerone simpático y amable. Un plato típico, aunque sea de buffet libre, propicia la confidencia marcando al presunto contrincante que viaja en un asiento cercano. A menudo acabamos comprobando lo tramposos que son los prejuicios. Los vistosos, los groseros, los presumidos, los prepotentes, los graciosos y todo el catálogo restante incluidos los tímidos y los que viajan solos, sufren una metamorfosis que la proximidad, la confidencia o la fotografía de los nietos favorece. La certeza de la coexistencia fugaz hace que puedas inventarte una biografía hecha a medida en un juego sin malicia de seducción compartida en un escenario inédito o exótico. Excluyo a los ajenos que practican el autismo turístico enchufados permanentemente al móvil con auriculares. 

El anonimato en el grupo, bastante diverso de países diferentes que comparten lengua para rentabilizar el guía, te ahorra el roce a jornada completa con los conocidos, aquellas personas de tu entorno con las que compartes destino y viaje de quien acabas renegando. Con cualquier pretexto te despegas de aquellos que no conoces, pero vecinos, parientes, amigos o conocidos te pueden hacer perder los estribos y la paciencia a la hora de acordar una decisión por trivial que sea. Existen las relaciones que te acercan a personas desconocidas y las que te hacen descubrir que soportar a los allegados en situaciones no habituales es una penitencia que no tienes ganas de repetir. Cuántas parejas no se habrán formado pisando museos o pedruscos y cuántas no habrán roto escogiendo un recuerdo o un imán de nevera. Yo, por si acaso, siempre delego esta responsabilidad.

Estos días, mientras hago balance de los nuevos imanes y edito las fotografías, me he escapado allá arriba al norte en busca de un país idílico, tolerante y en paz alejado del contexto habitual hasta que las turbulencias de vuelta preludiaban el aterrizaje a la realidad con el temor a que me hayan perdido la maleta. Imaginemos cuál será la impotencia, la rabia y el dolor cuando pierdes la familia, la casa; la vida.

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