El
partido del siglo -esta vez sí porque es histórico- ha estado rodeado de todo
tipo de especulaciones, como les gusta decir a los comentaristas
deportivos. Nadie daba un duro ni apostaría por el resultado porque
primero debería verse si se celebraba. Las circunstancias apuntaban a una
negativa de ambos equipos a verse las caras, a entenderse. Unos no estaban
por tenérselas con un contrincante ilegítimo para jugar en esa
categoría. Los competidores, un batiburrillo casi imposible de reunir, de
jugadores bien diferentes acostumbrados cada uno a concurrir a las ligas
territoriales con cierto aroma comarcal y acentos diferentes que impregnan los
vestuarios.
La
cosa tenía la razón de ser en el sentimiento patrimonial que unos y otros se
atribuían respecto al campo de juego donde, si se terciaba, se tenía que jugar
el largo partido que comprometía el control de la liga durante unas temporadas
en asuntos tan delicados como el reglamento y otros no menos importantes para
el deporte. Se jugaban ser o no estar y tener la razón que confiere el
privilegio de dictar las normas y determinar quién ejecuta el mantenimiento,
compra el equipamiento deportivo o negocia con las pelotas; más aún, tener
el derecho de admisión y decidir quién tiene asiento preferente en el palco o
debe asistir desde la última fila a la sombra del gallinero donde el césped
adquiere la perspectiva difusa de los afectados de cataratas. Un trance
que no se puede ni se quiere asumir, el de permanecer en el banquillo
demasiadas temporadas.
El
estadio, por los tanteos fiables que se propagaron, parecía tener ya un
adjudicatario firme. Se trata de una especie de franquicia muy golosa que
periódicamente debe adjudicarse comportando mucho jaleo porque tiene multitud
de novias y más pretendientes todavía. La elección es incierta y depende
de los caprichos personales que reunidos y recontados decidirán a quien se
adjudica la gestión. Algunos dan por sentado que de los cimientos del
estadio a la visera de los recogepelotas son suyos en propiedad, sólo ellos,
pues, tienen el derecho de hacer y deshacer porque así ha sido desde siempre y
están abonados firmemente a mandar y a decidir. Tienen experiencia y el
culo ya pelado en este negocio. Excepcionalmente permiten que el equipo
contrario entrene y ensaye algunas jugadas. Nada
definitivo. Ejercicios temporales de corto lucimiento con árbitros
caseros.
Esta
temporada las cosas se han torcido. Las expectativas no se han concretado
por los pelos y esto lo ha envenenado todo. Unos no venían a participar ni
se conforman con el subcampeonato. Han fichado a las estrellas más
fulgurantes del firmamento para vencer, sólo para ganar, el resto son discursos
para niños o preadolescentes sin sentido de la realidad a quien la vida ya les
abrirá los ojos y los pondrá en su sitio. Quién lo diría. La cara que
se les ha puesto es más que el espejo del alma entrampada en la derrota que no
pueden aceptar.
No
lo han digerido. Amparados por el derecho en usufructo convocan a las
gradas para que invadan el campo contrario de juego pastando en el césped hasta
convertirlo en un desierto sin agua. Los profetas han salido a las
esquinas para predicar que el mundo se acaba. Quieren llevarse la pelota
porque es suya si no les dejan jugar como quieren. Resucitan polémicas y
están absolutamente en contra de los jugadores extracomunitarios -les llaman tahúres-
que han tenido que huir buscando aires nuevos esquivando las disciplinas con
las que pretendían fulminarlos. Se ha puesto de manifiesto que tampoco
están excesivamente por el deporte femenino, prácticas de niñas pánfilas con
césped artificial que pretenden levantar el dedo y desbaratar el tinglado.
El
altercado, llegados a este punto, es ensordecedor amplificado por los altavoces
contrarios a pacificar y a admitir las reglas de juego. Disonancias y
estremecimientos mientras los árbitros se decantan poco sutilmente y otros
pretenden que muestren tarjetas rojas como salvoconductos sólo para las
personas cabales con centinelas en los accesos del calibre armario empotrado
para limpiar de díscolos y diversos el campo de batalla en que se ha convertido
la pugna. Gesticulación rabiosa, himnos seniles, banderas manchadas de
odio, discursos altisonantes salpicados de insultos primitivos directos a la
mandíbula. Ya hay deportistas que prefieren soportar la magulladura a los ungüentos
medicinales de alguna preparadora física que rezuma -mientras sonríe
esforzadamente- tanto veneno que un arañazo, aunque amoroso, pudiera resultar
letal.
Estrategias
de alcance más allá de las fronteras ensayadas con patrones calcados. Cuestionar
los resultados o convertir en ilegítimos a los ganadores con argumentos
obstinados que se extienden eficientemente contaminando las lógicas elementales
y las reglas con mentiras chapuceras contrarias a las intenciones.
¡Me
la llevo, porque la pelota es mía!
Cómo se os nota que el Girona va a la cabeza de la tabla!!! Hasta los antifutboleros no hablan de otra cosa. Vamos digo yo
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