miércoles, 23 de agosto de 2023

El fútbol femenino también se gestiona con los pies.

 

Mis competencias en materia de deportes, concretamente en fútbol, ​​ya las he manifestado en más de una ocasión. Nunca me oiréis -leeréis- discutiendo respecto de si una jugada era fuera de juego o si la mano previa se comportaba un penalti. Insisto, me contemplo con un punto de indiferencia pasional leve los partidos sin los cuales no eres nadie en la barra de un bar donde las conversaciones, tan socorridas como la ola de calor, son un recurso infalible para romper silencios incómodos como los de ascensor.

Vaya de antemano mi enhorabuena a las chicas de esta selección nacional, la Roja. Un hito histórico que pasará a los manuales de historia, repiten los patrióticos medios deportivos. Las estrellas de las camisetas conseguidas por la selección, tanto la de los chicos como la femenina, tienen un punto de textil catalán en cuanto al porcentaje de la materia prima con la que han sido confeccionadas. Tampoco voy a afirmar que hayan sido manufacturadas en Sabadell exclusivamente. ¡Insisto, enhorabuena señoras! Un reto con mucho esfuerzo que hace visible el deporte femenino en cuanto a prestigio y eco mediático. Las niñas sueñan con ser estrellas de este nuevo deporte que hasta hace cuatro días era patrimonio exclusivo de niños con tanta testosterona como amor propio. Creo que habrá que repintar las líneas de los terrenos de juego en los patios escolares en muchos sentidos.

Mi voluntad no es analizar las meritorias estrategias desplegadas para llegar a ser campeonas del mundo. De hecho, no lo vi, el partido. A esa hora pedaleaba disfrutando de la verdura forestal tan castigada por la pertinaz sequía aunque el Ripollès sea todavía un privilegio comparado con el bochorno urbano que se soporta en otros lugares. Sí, eché un vistazo al móvil para informarme de cómo evolucionaba un resultado tan flaco. Efectivamente, España venció, una vez más, a la Pérfida Albión. La algarabía coral supera en esta ocasión la histórica narración radiofónica efectuada en el mundial de 1950 por el genuino Matías Prats -el padre-. Una noticia positiva, con gancho y de larga duración, de las que se pueden reiterar una y otra vez.

Una noticia con un plus, que tiene la virtud de retroalimentarse, epopeya al margen, tras la exitosa performance por partida doble del presidente de la Real Federación Española de Fútbol, ​​señor Luis Rubiales. Este pollo se ha propuesto superar en eco y fama a las protagonistas, a las futbolistas, con dos momentos estelares que dudo que pasen a los libros de historia pero que surten los titulares más allá de los argumentos deportivos. Puesto que hablamos de fútbol diría que representan una coz -una buena patada- a muchos principios elementales. 

La primera meada fuera del tiesto protagonizada por el ilustre dirigente consistió en olvidarse -o en remarcar- que el género femenino en materia futbolística del ombligo hacia el césped bien recortado no es simétrico ni dual en cuanto al juego de pelotas de las que presumen los colegas masculinos. En virtud de este pequeño detalle, el presidente Rubiales, hizo alarde de gónadas amarrado al paquete torero para aportar a la celebración tan obvia carencia. 

El segundo puntapié literal al protocolo -algo que un cargo o persona pública debe respetar- fue el impetuoso pico labial a una de las jugadoras en el pasillo de felicitaciones y de reconocimientos por parte de las autoridades. Superada la realeza presente, tocaba a este personaje machucar a las chicas de la selección. Por curiosidad, -dile morbosa- me fijo en cómo son las efusiones y las diversas expansiones que se producen tras las victorias entre las jugadoras y, cuando esta figura es masculina, el entrenador. De abrazos demasiado efusivos o largos existen carretadas, pero un beso como éste con una difusión y una repercusión como las que está alcanzando fuera del terreno de juego, no tengo constancia.

Podríamos concluir que el fútbol femenino está gestionado emocionalmente con los pies. Según cómo se interprete el hecho de no comunicar la muerte de un padre por no interferir en el rendimiento deportivo tiene un punto de perversidad. Sin embargo, cuando la innovación pasa por la condición femenina de las vencedoras, declarar que "somos campeones del mundo" es construir poesía con el gesto explícito del presidente en el palco rascándose los cojones.

¡Fútbol! ¿O no?

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