martes, 12 de septiembre de 2023

Otoño.

 

Escribía hace siete años, manteniendo cierta vigencia todavía, que septiembre carece de la luminaria y del guiño navideños para convertirse en lo que le correspondería por mérito, devenir la puerta real del año. El melancólico septiembre cierra el círculo de la naturaleza, pero le escamoteamos la parafernalia de la cuenta atrás poniendo el reloj a cero inaugurando el año solar oficial. Septiembre nace menospreciado y deprimido, tocado por la desolación pesada de volver, al trabajo, a la escuela, a la pálida monotonía y sin la banda sonora de una canción rumbosa de verano. Es un poco la apertura perezosa -y fúnebre- para una sinfonía de calendario. El romántico Peppino de Capri, una de las voces más populares de la canción napolitana, quiso remediarlo; todavía debe tener la patente de una melodía de latir lento y bailar aplomado –Melancolía en septiembre- que triunfaba como tonada hiperglucèmica de bailar pegados en la década de los sesenta.

En la rueda vital de la naturaleza el otoño era preludio de frío, de letargo. La antesala de una hibernación reparadora antes del estallido generoso, luminoso y verde con el que nos sorprendía y redimía la primavera frondosa. ¡Cuántos días tendremos que deshojar para llegar! No nos deprimamos, levantemos los corazones y encendamos las luces. Aprendamos, como solían los campesinos, a celebrar la cosecha y a mirar con gozo la despensa llena con el cereal a buen recaudo y la bodega risueña. ¡Feliz fiesta mayor de otoño!

Podemos confirmar proclamando que si no estrenamos año, inauguramos curso. Curso escolar, curso político -este inédito-, año fiscal -este doloroso-, año agrícola con el inicio de las labores de preparación hasta la cosecha incierta y el año litúrgico, una mezcla con el oscilante calendario lunar que determina el ciclo pascual. Constato que entre todos se prefiere el año sabático.

Septiembre es el mes de las segundas oportunidades, del arrepentimiento y la redención cuando tostados por sol, excesivamente dorados por lo poco que nos habíamos concentrado, nos pasaban por la plancha -al ast y sin criterio- de los exámenes que nos recortaban la libertad y el disfrute estivales sin remordimientos -¡Niño, estudia!- Melancolía también de aquellos septiembres adolescentes. Mientras, un curso más. Un septiembre más. Un año más. Un reto más con el pistoletazo de salida al nuevo curso escolar que nos condiciona toda la vida. Llegados a estas fechas hace falta un homenaje cargado de reconocimiento profesional a los maestros en general y uno de entrañable a los abuelos en particular. Celebremos, pues, el retorno con resignación, con energía y con empuje renovado a pesar de las circunstancias.

Sin embargo, avanzado el siglo XXI, del que ya hemos sobrepasado el rodaje con más de dos décadas podríamos confirmar que éste ya ha perdido la garantía con la que salió de la factoría coincidiendo con el cambio de milenio. Un instante mínimo y determinante en el reloj para constatar que aquellas advertencias exaltadas anunciadas por algunos se confirman y galopan hacia la certeza. En el campeonato mundial de desastres ecológicos se han batido todos los récords. Se ha publicado el primer  Informe de balance global, que el Acuerdo de París propuso para ir evaluando los compromisos adquiridos contra la emergencia climática, cuya valoración general es un suspenso rotundo. Nos alertan de que se están cerrando las oportunidades para asegurar un futuro habitable para todos porque las respuestas de la naturaleza no repiten curso sino efectos cuando no los superan año tras año sin la garantía de una segunda convocatoria   .

Equiparando el relativo protagonismo con estos desastres medioambientales estamos inmersos en cataclismos más cercanos que nos inquietan por la inmediatez con que nos afectan, éstos tienen una gran ventaja respecto a aquellos porque se pueden superar en septiembre -a las malas, nos harán repetir-. La mayoría son reversibles e inciertos como la investidura del presidente del gobierno español o el varapalo ecológico que sufre el fútbol femenino con el ojo del huracán centrado sobre los rascacojones inhabilitados de la federación. Trivialidades comparadas con la furia desplegada por la naturaleza sedienta mientras no nos ahoga con diluvios devastadores poniendo en peligro las supermanzanas barcelonesas en un ataque de melancolía urbanístico en virtud de que cualquier tiempo pasado fue mejor para desplazarnos motorizados.

¡Feliz Diada!

No hay comentarios:

Publicar un comentario