Que
los humanos somos seres gregarios es una evidencia que explica el progresivo
despoblamiento del mundo rural. Tendemos a la bandada, a agruparnos en
rebaños cuanto más numerosos -también despersonalizados- mejor. El
gregarismo apela y define esta tendencia que parecería contradictoria
contrastada con la soledad en compañía, multitudinaria, que algunos resolvemos empapuzando
a las palomas de la Plaça Catalunya. Porque, ¿Dónde va Vicente? ¡Donde
va la gente! Ciudades como colmenas de convivencia comprimida que en
determinadas épocas los habitantes de las cuales nos desplazamos para invadir
espacios que el resto del año permanecen casi vacíos o con una población
estable escasa, testimonial, convirtiéndose en los defensores de las segundas residencias
y de los establecimientos hosteleros adormilados.
En
los períodos de vacaciones se produce un éxodo urbano con tirada
mayoritariamente hacia la costa. Algunos se desplazan a destinos
turísticos más allá de las fronteras. Otros, atacados por la melancolía, recuperan
las aldeas de las que se marcharon buscando oportunidades y bullicio. Se
produce una especie de trashumancia estacional como solían los rebaños de vacas
y de ovejas en busca de pastos donde los haya según la época del año. En
la montaña sin nieve en verano y en la dehesa verde los inviernos. A
diferencia del ganado, la sociedad acomodada le ha dado la vuelta a la
preferencia menospreciando los pastos buscando la nieve y la arena. El
ganado del Ripollès tiene todavía los pastos de invierno en el Empordà en una
trashumancia motorizada o anecdótica cuando transitan como solían, a pie, por
las vías pecuarias pertenecientes sólo al rebaño. Ninguna persona,
autoridad, carretera o ciudad no pueden negarles el derecho de
paso. Estos caminos ganaderos son anteriores a los caminos reales o a
cualquier carretera. En esas disposiciones históricas reside la
legitimidad -ahora excepcional y pintoresca- de ver desfilar un mar de ovejas
por la gran vía de una gran ciudad.
Las
nuevas explotaciones ganaderas no practican la trashumancia, se decantan por la
estabulación más funcional y productiva garantizando el confort animal
recluido en una granja. Esto ha comportado que la preferencia de paso la
ostenten las largas colas de vehículos y los atascos. De la esquila a la
bocina, del tufo a oveja al efluvio de la gasolina. La trashumancia, pues,
permanece en el cajón de las cosas perdidas, de aquellas que nadie las reclama
y mueren en el olvido amortajadas con telas de araña y polvo.
Aquella
actividad ancestral comprometida con la subsistencia es materia de algunos
estudios para explicar su alcance e importancia que tuvo en épocas
pasadas. Ya en el siglo XIII se crearon agrupaciones de campesinos y
ganaderos dado que éstos, debían atravesar las tierras de los agricultores con
sus rebaños dos veces al año diezmando coles, acelgas y alubias -un
desperdicio-. Esto se enmendó acotando unos itinerarios concretos, las
cañadas, una red que cruzaba la Península del norte al sur regulada por los
monarcas de los diversos reinos. Existieron organizaciones muy poderosas
debido a los privilegios que los reyes les concedieron, puesto que la lana era
uno de los productos principales de exportación a Europa. El algodón
todavía no había llegado. También, dicen, esta fue una de las
causantes de la deforestación sufrida en la Península ya que la gran cantidad
de ganado necesitaba muchos pastos para alimentarse. Ahora la lana de los
migrados rebaños ripolleses nadie la compra y no se puede ni quemar porque es
materia ignífuga.
Hace
unos años las migraciones ya no son de ganado aunque existan muchas
similitudes. Seres humanos que huyen de la guerra, de la aspereza y la
sequía de las tierras donde tradicionalmente vivían; en definitiva, del
hambre buscando nuevas oportunidades. Las imágenes que nos llegan ilustran
que los caminos ya no pertenecen -tampoco- a las personas ni cuando son
tratadas como ovejas buscando los verdes pastos. Acogidos en dudosos
corrales, si logran cruzar el mar, contrasta la imagen poderosa esquivando
toallas y cuerpos bronceados sorprendidos por estas bandadas de piratas desarrapados
y atemorizados que asaltan las playas en temporada turística.
Hablando
de rebaños no dejaremos de lado a unos colaboradores imprescindibles, los
perros ovejeros, los compañeros útiles de los pastores. En el contexto del
reconocimiento de las lenguas cooficiales en el Congreso -en Madrid- me ha
venido en mente lo que me contó un pastor que había adquirido un perro con
todas las garantías y virtudes que debe tener un chucho para meter en vereda a
las ovejas díscolas. Me decía que los primeros días se sintió embaucado,
una tomadura de pelo porque el animal le miraba curioso y atento, se fijaba,
pero no conseguía que respondiera a sus órdenes. -¡Al suelo!- la reacción
era nula. El perro lo contemplaba con intensidad, movía gozoso el rabo,
pero no se movía, no obedecía. Vamos, un muerto. Perezoso o sordo,
tampoco lo parecía. Había acogido a una máquina de pudrir pan. No
reaccionaba ni cuando sólo pretendía que se sentara. Con los días probo de
hablarle en el torpe castellano que empleaba el pastor, “¡Munta p’arriba!- le atizó con contundencia. Mismamente un milagro
de ver como aquel perro corría como un cohete tras las ovejas descarriadas. De
este hallazgo no amarraría al perro con longanizas -como decimos-, pero sí que
acabaron por entenderse tras mucha paciencia y perseverancia porque el animal
inteligente se ha vuelto bilingüe i ha llegado a beber con porrón.
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