miércoles, 20 de diciembre de 2023

El tió. Un cuento de Navidad.

 

(Basado en un caso real)

Todo empezó cuando descubrió que el tió tenía vida propia. Me explico, no sólo se zampaba las galletas, magdalenas o las migajas del turrón que le arrimaban cada noche siguiendo el manual de la inocencia infantil, sino que acercándolo al oído se percibía un rumor interior que le puso en alerta. La primera medida consistió en mantenerlo a dieta un par días, no sea que ese rac-rac sordo tuviera que ver con una mala digestión o con un empacho de golosinas. De ahí que también lo desterrara a la galería previniendo una plaga de termitas voraces que pudieran asaltar el parqué o las estructuras del sofá nuevo muy cercano donde el tió tenía emplazado el campamento navideño. Había que observar aquel comportamiento extraño y tomar las medidas que correspondieran. Así se hizo.

No tenía constancia de algo tan insólito como lo que padecía el tió de este año. Era algo que le preocupaba porque a ojos de la criatura, que lo consideraba mágico de verdad, no entendía aquel ayuno impuesto por su padre como un castigo no merecido. Éste tuvo que explicarse mucho con detalles que iban más allá de las virtudes que tradicionalmente se atribuyen al tió. Sentó al hijo en el sofá, uno de esos momentos trascendentales que corresponden como cuando un chucho muy mayor, cargado de achaques diversos, y debe hacerse entender a un niño de cuatro años que el animalito se ha ido al cielo de los perros eternos esquina con el veterinario.

Con las lágrimas columpiándose cercanas a despeñarse mejilla abajo, el hijo adoptó una de esas actitudes que rompen el corazón a los padres sensibles -¡Padre, que no cagará nada! -se lamentó contrariado por las medidas adoptadas. El tió permanecía en el balcón exterior rodeado de plantas invernando, mustias y tristonas en cuarentena preventiva. Discriminado, fuera de contexto y del brillo que, como es natural, debe tener su hábitat como protagonista de las fiestas de adviento.

Este hecho insólito que padre e hijo auscultaban a menudo, el latir del tronco, les tenía desconcertados. Más al padre, evidentemente, ya que para el niño formaba parte de la magia innata con la que vienen equipados los tions de fábrica que afianzaba su rechazo a tenerlo sin cobijo a la intemperie. Por eso, al uniforme habitual, una mantita para taparlo, sobrepuso su abrigo, la bufanda y una gorra de lana para mantenerlo lo más caliente posible.

Raro lo era, podríamos decir que excepcional. Un tió que habían comprado en las ferias de Santa Llúcia, junto a la explanada de la catedral en la parada de siempre -de confianza- donde mercadearon el ramo de muérdago y ese tió porque había que renovarlo, la criatura todavía creía -como la tradición manda - que este tipo de troncos deben quemarse una vez han hecho su servidumbre. El sobresalto, para los padres, aconteció a causa de los cuidados del niño y por cómo lo sostenía como si se tratara de un teléfono móvil con conexión inalámbrica a la ingenuidad. Algo que les puso en alerta hasta comprobar que el tió de este año estaba vivo, respiraba compasadamente con un crujido de madera que le salía del corazón.

Al niño ya le habían advertido que el tió suele cagar regalos al por menor, los gordos los traen los reyes de Oriente. Tenía asumido, pues, que este trozo de tronco con ojos, una sonrisa traviesa y barretina sólo les dejaría golosinas, turrones, mandarinas -un antojo del padre que lo trasponía a su infancia- y algo útil -la otra manía de la abuela que no estaba por demasiadas fantasías- como unos guantes o una bufanda nuevos.

Todo un misterio, con los días descartaron las carcomas que mordisquean la madera porque no había serrín en el plato donde cada noche, pese a la condena a las inclemencias, le iban atiborrando. Al padre, le atrapó un ataque de fe a ese cachivache -o de duda-, que le llevó a reconsiderar la pena a la que le había sometido. Determinó hacer feliz al hijo y al tió, por si acaso. Volvió el tió al lugar que le correspondía, junto a la lumbre de haber existido en ese piso de ciudad. Qué gozo, qué alegría de ver que todo el mundo, el tió también, había recuperado el espíritu navideño aunque se trate de una artimaña con buenas intenciones.

-¡Padre, padre! El niño brinca inquieto y hechizado por el milagro. Al tió le han florecido dos ramitas con hojas pequeñas que vienen a confirmar la vitalidad resucitada y mágica de esta fábrica de sueños que representa el tió. Papá se lo acercó al oído, ya no palpitaba. Algo que le tranquilizó si no fuera por el nuevo temor que le asaltaba. Este año el tió, en un acto de venganza, sólo le cagaría carbón.

¡Feliz Navidad!

domingo, 10 de diciembre de 2023

Informe PISA.

 

Hay días que nos sacuden porque una noticia nos desconcierta y nos pone frente al espejo. La publicación de los resultados últimos de las pruebas internacionales que pretenden analizar las enseñanzas secundarias obligatorias de unos ochenta países del mundo ha sido un desastre. Los peores resultados de la historia, sin matices y con letras grandes de gran titular en cinco columnas. Es la noticia del día de aquellas que crean alarma social. Proliferan los profetas del día siguiente y los que tienen la solución fácil e inmediata. La complejidad y el impacto tienen que ver con un material muy sensible, los alumnos. Cómo los motivamos, cómo los enseñamos y los educamos con sentido crítico para que puedan alcanzar los desafíos sociales y profesionales a los que deberían llegar con suficiente competencia y autonomía para decidir es la gran pregunta.

¿Qué ha pasado? Algunos que hemos formado parte de este gremio, el de la enseñanza o de la educación -como se prefiera-, pensamos que después de tantos años empeñados en cómo mejorar la formación de los alumnos consiguiendo aquellos objetivos que se pretendan, si hubiéramos encontrado la respuesta, nos habríamos aferrado a ella para tener la certeza de que transitábamos por el carril correcto. La volatilidad de las leyes que regulan la enseñanza y los golpes de volante repentinos son una prueba de que no hemos tenido ni tenemos la solución o que otros efectos colaterales interfieren en ello. Desde 1980 ha habido ocho leyes de educación. Desde la Ley Moyano de 1857 hasta la guerra civil la regulación de la instrucción pública tenía la consistencia de una pompa de jabón. Algunas eran un bluf legal de vigencia brevísima dependiendo del color del gobierno de turno.

Puesto que hablamos de la raíz, las leyes, nada nuevo, pues, en el panorama político más reciente. Sentir la oposición de turno anunciar inmediatamente a la aprobación de una nueva -una más- ley de educación que la derogará en cuanto vuelva a tener la sartén por el mango es algo predecible. Lo dicen enfurecidos sin rubor convencidos de la verdad absoluta. ¿Es posible que la mayoría de partidos políticos lleguen a acordar una ley marco suficientemente flexible y duradera que permita sentirse cómodos mande quien mande? Constato otro hecho relacionado con el anterior, a pesar de que el gobierno sea del mismo color, la tentación recurrente de algunos ministros y consejeros de turno a introducir novedades o revoluciones pedagógicas para dejar su impronta personal. Esta vaporosidad legal se convertiría en una anécdota si no incidiera en el desconcertante trabajo al que deben someterse los profesores en el aula. De rebote -insisto- el material sensible, los alumnos son el objeto.

Respecto del caso que nos ocupa, las pruebas PISA en el safari de estos días buscando a los culpables, no han sido cuestionadas porque, con todos los defectos que se puedan detectar, hacen las mismas preguntas a los alumnos de la misma edad y son externas. Esto significa que los profesores presentes en el momento de la prueba y que las corrigen son ajenos, nada tienen que ver con la escuela donde se realiza cada examen. Son el mismo instrumento para todos, miden y homologan los resultados puntuales que se obtienen y permiten realizar un histórico para hacer comparativas desde que se establecieron en los países que se han acogido a él. No se hacen públicos los rankings, tampoco los resultados obtenidos por el alumno inciden en la nota personal. Desde la vertiente pedagógica representan un puñetazo a la evaluación continua, de hecho no sirven para el seguimiento permanente de los alumnos individualmente. Permiten evaluar al grupo y a cada centro. Los resultados en su globalidad se convierten en una fotografía del país y en este caso de Cataluña.

En la cacería de los posibles motivos -como si pudiéramos deconstruir la foto final- se han apuntado factores diversos que inciden en ellos. La pandemia, que también ha sido sufrida en todas partes y se ha gestionado a menudo con más voluntad que eficiencia. El desconcierto, la incertidumbre, la novedad de administrar con urgencia la no presencialidad comportaron esfuerzos titánicos de todos los implicados que no siempre llegaron a parte del alumnado, mayoritariamente a los pobres. Según las encuestas de condiciones de vida de 2022, el 27,5% de los niños y adolescentes en Catalunya están en riesgo de pobreza -o viven en ella-. La pobreza y la pandemia aliándose contra unos 378.000 niños y niñas según la citada encuesta. Otro fotograma que se suma al panorama es el porcentaje de alumnos de origen migrante que casi se ha doblado en una década, lo que hace que Catalunya sea la comunidad con más alumnos de origen extranjero si exceptuamos a Melilla. La gestión de estos colectivos es extremadamente delicada, considero que, resultados académicos aparte, la acogida ha sido exquisita.

Hay centros, los que gestionan complejidades desorbitadas, que deben ejercer la asistencia social y el acompañamiento a las familias conscientes de unas prioridades que a menudo sobrepasan los resultados en matemáticas. Y deben trabajar un porcentaje muy elevado de casos y problemas diferentes que participan del concepto que hace daño a las orejas y de oír, la guetización de determinados centros. Sólo demoliendo algunos centros de determinados barrios para construirlos nuevos en las zonas privilegiadas mezclando alumnos -un supuesto inviable- se podría solucionar.

Catalunya dispone de una potente red de enseñanza concertada y privada que solucionó la papeleta a la falta de vacantes durante las oleadas migratorias internas de mediados del siglo pasado. Volviéndonos a centrar en lo que nos ocupa, nos podríamos preguntar ¿por qué la concertada obtiene mejores resultados? Cuántos alumnos -vulnerables los llaman ahora- se matriculan a pesar de que la enseñanza es gratuita por ley, no así los servicios y las extraescolares que ofrezcan. Cuando por necesidades de escolarización alguno de estos alumnos es asignado a determinados centros concertados, a menudo tanto el alumno como la familia se sienten fuera del contexto social. El uniforme escolar, unas zapatillas de marca o la imposibilidad de poder asistir a la semana blanca son una factura que no pueden asumir como las cuotas “voluntarias” que algunas instituciones concertadas les exigen obstinadamente. Por eso el gueto puede representar una especie de zona de confort que les ahorra presión, miedo o ansiedad. Dándole la vuelta al argumento podríamos decir que algunos centros también son guetos de la comunidad acomodada. Que conste que existen algunas concertadas que los acogen y los acompañan, a ellos y a las familias, espléndidamente con mucho esmero.

Los centros saben, tienen bien calibrado, el porcentaje que representa en las pruebas un solo alumno significado o bien por la excelencia o bien por las carencias que tienen bien detectadas. La enseñanza obligatoria es esto, todas las personas -todas- están obligadas de los seis a los dieciséis años a permanecer escolarizadas. No vale que un niño sea indultado porque no tiene cabeza para estudiar. Las últimas ediciones de las pruebas PISA especifican el porcentaje de alumnos matriculados en un curso que la han realizado. No se pueden justificar las ausencias sospechosas de los alumnos que -bien lo saben los centros- rebajarán significativamente el porcentaje. Sin embargo, los centros pueden analizar los resultados con independencia de los casos más flagrantes.

Como las pruebas ponen en la diana informativa, al menos unos días o un rato en el telediario, los centros de enseñanza también deberemos fijarnos en los tres sectores que están representados en los Consejos Escolares, padres, profesores y alumnos. El misterio de la santísima trinidad pedagógica a quien estos días el aspersor de la actualidad ha empapado sobradamente con soluciones, pareceres y descalificaciones que volaban bajo como pájaros agoreros.

Cada casa es un mundo cuando no hay dos o tres –o medio en el caso de la familia monoparental–. ¡Padres y madres! ¡Tíos y abuelas! Hay casos en los que encontrar a alguien que responda a una llamada es todo un proceso paciente y abrumador. Tanto como atender a aquellos que insistentemente reclaman la atención de la tutora o de la dirección, los omnipresentes en las salidas de clase con el dedo levantado y un bocadillo olvidado. El papel idílico de las familias apoyando a los profesionales, siendo corresponsables positivos y objetivos, en la educación -y si fuera posible- en la enseñanza de los hijos. Gregorio Luri, atribuyéndolo al papel de los padres insistía en caliente, nada más salir a la luz la noticia, de que “la sobreprotección es un pecado general”. Que los niños de hoy no van a ninguna parte sin la estricta supervisión de un adulto, algo que impide que los niños se enfrenten a la realidad. Yo rompería una lanza en contra del intrusismo pedagógico de algunos padres y a favor del profesorado. Dejemos hacer a quien entiende, respetémosles valorándolos.

Nunca en público he empleado la palabra vocación. Es de esas palabras o conceptos descatalogados -vintage-. Sí que en muchas ocasiones he preguntado a alguien nuevo, recién incorporado al sistema, si le gusta la profesión. Nadie me ha confesado lo contrario aunque su preferencia inconfesable consistiera en ser astronauta. Qué condena más terrible ejercer una profesión que no te guste. Y debe gustarte mucho para ser capaz de soportar una hora sin poder salir del aula bajo ningún concepto aunque caigan chuzos de punta o aterricen aeronaves de papel. De mi experiencia personal puedo afirmar que los alumnos también son personitas y suelen, en general, tratarte como tú lo haces. En una tropa grosso modo de cien mil unidades, el contingente también es diverso. Hay de todo como en la viña del Señor, desafortunadamente los que rechinan son pocos y contados, pero muy significados. Curiosamente es un ejército al que suele reclutarse sin verle la cara y que a excepción de los inicios, ejerciendo ya como profesionales, no se evalúa ni se realiza un seguimiento periódico que comporte una formación pertinente y sostenida. 

En la pública, en el perfil de un profesional confluyen tres vertientes, la de trabajador susceptible de estar afiliado a un sindicato, la de funcionario y la de pedagogo. A saber qué pata pesa más. Obviamente parecería que debería imponerse la del pedagogo con vocación, pero puede ocurrir que esta condición acabe haciendo esquinas por las dinámicas perversas de los horarios, por ejemplo. Estos días en las redes no han faltado aquellos que los acusan de poco trabajadores, absentistas, culpables, en definitiva del fracaso y del poco nivel alcanzado. Algo que contrasta con la dedicación, el prestigio y el cariño que muchos -muchísimos- consagran y muchos alumnos reconocen. Esta profesión, como otras, no tiene un manual que nos permita subsistir con éxito y para el éxito escolar, depende de esa máxima que cada maestrillo tiene su librillo. Los recursos propios, la empatía, la capacidad para animar a un auditorio disperso dependen de componentes personales que para compartirlos es necesario un trabajo en equipo firme que no siempre se practica. Romper con el compartimiento curricular unipersonal puede ser importante. Trabajar verdaderamente en equipo y extender las buenas prácticas para ir todos a una detrás de unos objetivos concretos y asumidos por toda la comunidad educativa. No podemos olvidarnos del reclutamiento, de la formación previa y de la estabilidad de la plantilla. O de la gestión con autonomía de los centros. Ay, las direcciones, qué trabajo no sólo cumplimentando aplicaciones y requerimientos diversos.

¿Y los alumnos? Sobrepasados ​​y abrumados por la información, conscientes o no de que el ascensor social que representa su formación parece atascado en el entresuelo, cómo podemos seducirlos y hacerlos conscientes de esta época fundamental de su vida. ¿Pantallas sí, pantallas no? La idolatría del sistema por cuanta más tecnología mejor puede haber relegado y dejado en segundo plano metodologías y enfoques que se han desterrado. La sobredosis de emoticonos debe tener algo que ver en la comprensión lectora. Recuerdo cómo desde el Departamento se empleaban aplicaciones donde este recurso gráfico también estaba presente.

Un debate por resolver, cómo mejorar cuando el reto ya no consiste en mantener la excelencia. Yo tampoco lo sé. La educación se debate entre la esencia, una especie de metáfora pedagógica que sobre el papel lo soporta todo, también las innovaciones más atrevidas que no siempre abocan al éxito. Y por otra parte los recursos, el tocho, lo material que se ve y es corpóreo. Las plantillas, los recursos humanos, son tocho -disculpad el tono prosaico-. Pero el ladrillo puede resquebrajarse cuando los contrafuertes son débiles o inexistentes. Es necesario planificar o tener un plano de dónde deben ponerse. Busquemos ese punto dulce donde los que mandan lo hacen bien y los que llenan pizarras se sientan valorados, respetados y tenidos en cuenta. Prestigiemos a los maestros en general mejorando las condiciones para que sea una dedicación donde los mejores quieran trabajar. Seguro que los alumnos lo percibirán.

 

jueves, 30 de noviembre de 2023

Platos con estrella.

 

La liga de los fogones, patrocinada por Michelin, ha celebrado en Barcelona, ​​consagrada como epicentro culinario, la final en la que se han entregado los galardones con los que se reconocen los mejores restaurantes. En los templos sagrados de esta cocina estrellada confluirían, según el manual de la competición, la calidad de los ingredientes, la armonía del sabor, el dominio de la técnica, la personalidad del chef irradiada en los fogones, la regularidad en el tiempo y la propuesta resultante en su conjunto.

El ascenso al cielo salpicado de estrellas es un enigma que nos llega ya resuelto. Los de Michelin te acompañan por los lugares, marcan los hitos y rotulan las puertas. El itinerario no tiene pérdida, menos en la era del GPS. El misterio para los inexpertos es cómo ingeniárselas para que un señor, un buen día, haga una reserva en el establecimiento que quiere figurar en la Vía Láctea de los selectos reconocidos. Sospecho que en todas las recepciones de los restaurantes con ínfulas, tras la puerta de los guardarropas, están colgadas las fotografías de los presuntos inspectores que validarán la visita o la condenarán a la postergación. Personajes oscuros como los caza recompensas anónimos de las películas de vaqueros con el tenedor y los sentidos bien afilados buscando la discreción. Sin embargo, les delata la soledad y la falta de entusiasmo que destila del punto de funcionarios grises que deben trajinar. Una actitud que les marca -y les señala- porque tampoco suelen dejar propina.

El relevo al firme prestigio francés, parisino, lo inició el nuevo pontífice Ferran Adrià y sus acólitos. La sede de los hermanos Roca se ha consolidado como el cardenalato de la cocina gerundense. Estrellas, ambas, que brillan más que el sol en el santoral de los fogones. Este nuevo culto tiene un regimiento de fieles que se inician en el ritual con la reserva. Un proceso complejo para ser admitido en un apretado calendario de celebraciones que por imponderables del servicio puede variar a conveniencia del establecimiento. Una reserva que, una vez alcanzada, comporta el adelanto a cuenta que cubre el gasto en materia prima en el caso de anulación. Hay reservas que superan el año o más de espera.

La romería a estas eclosiones sensuales se fundamenta en una devoción única que la emparentaría con los coleccionistas de cromos singulares. Una especie de exclusiva numismática comestible que destierra por razones obvias a los clientes habituales. Me pregunto si algunos de los comensales son de menú diario y se sientan en la mesa que ya tienen reservada a perpetuidad. Me temo que no figuran o, de existir, subsisten en un mundo muy excepcional, ya que se deben contar con los dedos de una mano.

Los templos -las catedrales- de esta alta gastronomía por exigencias del ritual tienen rasgos en común. Deben tener espacios acomodaticios y holgados entre mesa y mesa que favorezcan la discreción y la maniobra estratégica entre los profesionales de sala, personajes indispensables y bien adiestrados para servir los platos. Una mención especial se merece el gremio de los alfareros que abastecen de platos y recipientes de lo más creativo y sorprendente donde depositar la variedad abrumadora de manjares que salen de la cocina. Una auténtica retahíla de catas minimalistas que pueden llegar a no concretarse en el paladar, hay aromas para aspirar con una delicuescencia poco contundente de plato, como para tomar pan y mojar en el aroma.

Un festín de mezclas que comprometen todos los sentidos que requiere un manual de uso, una especie de repertorio de conceptos que el personal recita fervorosamente en cada entrante. Como unas vidas de santos aliñadas con los diversos milagros atribuidos que se guisan en un altar con fogones donde los ingredientes se transforman en el cuerpo místico de una aceituna esferificada. Cosas de la fe siguiendo itinerarios sensitivos de mar, montaña o de otros escenarios sorprendentes asociados a un sabor, aroma o color.

En la red de lugares, como un camino de Santiago del cocido posmoderno, las rutas posibles todas confluyen y deben concretarse en un momento imprescindible, la aparición del artífice, del chef en persona, que oficia en la hora de la despedida un ritual de acercamiento disfrutando del reconocimiento y donde se deja retratar con una magnífica sonrisa beatífica de gratitud rodeada por un ejército de profesionales y de becarios haciendo méritos para el currículo. Son los protagonistas, los escogidos que trabajan en la cuerda floja de una cocina a la vista, tan transparente que parece que no escondan ninguno de los secretos del éxito.

Como toda actividad, como todo espectáculo –que lo es– los platos con estrella tienen sus detractores, los partidarios de los huevos estrellados o del plato hondo. También quienes creen que en esta sociedad del bienestar progresa aquello sin utilidad porque algunos salen con hambre. Puro alarde para papanatas gastronómicos que disfrutan con platos del diámetro de una rueda de bicicleta con una reducción donde el canard ha levantado el vuelo y sólo ha dejado un pequeño círculo sospechoso como un nido minúsculo lleno de plumas.

Una experiencia, dicen, que concluye en el momento de pagar la cuenta que llega dentro de una cajita, como los baúles en miniatura donde los piratas guardaban los tesoros. La vivencia sale cara, muy cara. Más aún si se ha cometido la temeridad de acompañar la docena de platillos con el vino que proceda. Lo que llaman el maridaje respecto del cual el sumiller te asesorará. El momento más delicado no es el de la elección de los vinos sino el descubrimiento de que el maridaje más remoto y difícil de conciliar es el que afecta a la tarjeta de crédito.

¡Buen provecho!

 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Tendencias capilares.

 

Día cargado de noticias relevantes. Dicen que Franco murió hace 48 años. ¡Cómo pasa el tiempo! O no, porque su herencia sigue vigente y con un predicamento reavivado como una rosa en las manifestaciones de estos días en Madrid. Viví la media verdad -por lo que se respira- en una Toledo imperial y compungida, cuando Arias Navarro anunció la muerte por erosión física del dictador. Profético el veredicto de dejarlo todo atado y bien atado -aunque espero que no esté en el saco-.

El franquismo, huérfano de su caudillo, aún de luto, pretende una exhumación chapucera de aquellos métodos sin filigranas ni eufemismos, sin esconder ningún as en la manga. Seria necesario otro puñetazo firme y sin escrúpulos para poner las cosas en su sitio a los que, según los fascistas nostálgicos, pretenden instaurar una dictadura. La España de la calle Ferraz sigue protestando contra el autócrata que ha vendido la nación a los separatistas, que ha arrebatado al gobierno, ha roto la separación de poderes y la igualdad entre regiones y españoles. Quién puede rebatir estas acusaciones que noche tras noche, como un coro de tragedia clásica, aclaman desgañitándose un grupo reducido de manifestantes que cuestionan a los policías que les tratarían con cierta exquisitez si comparamos la actuación de las fuerzas del orden público con el despliegue y la contundencia con que actuaron en Catalunya el 1-O del 2017. No les deseo que a las consignas copiadas, muchas idénticas, de las que se proferían en las calles durante el procés, la policía emplee enérgicamente la misma eficacia que desplegó en la periferia del centralismo.

El autócrata hoy ha anunciado el gobierno que debe apoyarle en esta legislatura que se prevé convulsa. Según la legítima oposición de pleno derecho, el presidente se habría olvidado ya no de designar sino de mencionar al otro presidente prófugo en el exilio, el que manda -según denuncian- de verdad.

 Veremos cuando tardan los chicos de Ferraz en incorporar con mayor volumen la banda sonora del reciente vencedor de las elecciones en Argentina. Un Freddy Krueger de la política que cabalga desbocado por la pampa como un gaucho con motosierra gritando -¡Viva Argentina, carajo! ¿Cómo se debe vivir la situación de crisis económica y social para que gane un personaje como éste? Autoritario, que no cree en el estado. Homófobo y machista. Que es necesario privatizarlo todo, la sanidad o la educción, por ejemplo. Que debe eliminarse el banco central. Que blanquea la dictadura con miles de personas desaparecidas. El desastre económico permanente en el que se ha transformado un país con muchos recursos y una inflación galopante como el caballo del desgreñado nuevo presidente lo han propiciado. Seguir la evolución de las recetas anunciadas durante la campaña electoral será un ejercicio, para quienes les toque sufrirlas, de alto riesgo y sin red. Habrá que ver qué resistencia ofrecerán la oposición, los sindicatos y la misma población a medida que se apliquen las iniciativas. De hecho, el otro candidato, que ejercía de ministro de economía con una inflación anual del 140%, no parecería el político más adecuado y con mayor gancho para remediar semejante desastre.

Una noche más calentando el asfalto de Ferraz donde se han podido ver carteles y proclamas a favor del argentino despeinado -como le llamaba una abuela en la frutería esta mañana-. En las redes, ocurrentes y vertiginosas, ya le han sacado punta al momento, asocian a este greñudo con quien fue presidente en el país vecino, el de la crin acalabazada que propició el asalto al Capitolio. Así mismo le hermanan con quien fuera alcalde de Londres y primer ministro del Reino Unido, el esforzado promotor y artífice del Brexit que ha erizado -o ha tomado- el pelo a muchos británicos. Estaremos atentos a las tendencias capilares que se impongan en las concentraciones contra la sede socialista madrileña donde, como quien saca el chucho a pasear o a cagar en la acera, una noche de protestas se ha detectado a un oficial militar portando una pistola que la policía ha requisado.

Me arriesgaré respecto al desmelenamiento que se impone. Por afinidades ya visualizo a los dirigentes españoles que permanecen en la oposición conjuntamente con los que les apoyan tan vehementemente luciendo una coleta discreta adosada a la nuca o unas trencitas en la viril barba que les adorna. 

No me hagáis demasiado caso, ya que podría tratarse de las disquisiciones atrevidas de un calvo.

 

lunes, 13 de noviembre de 2023

La pelota es mía.

 

El partido del siglo -esta vez sí porque es histórico- ha estado rodeado de todo tipo de especulaciones, como les gusta decir a los comentaristas deportivos. Nadie daba un duro ni apostaría por el resultado porque primero debería verse si se celebraba. Las circunstancias apuntaban a una negativa de ambos equipos a verse las caras, a entenderse. Unos no estaban por tenérselas con un contrincante ilegítimo para jugar en esa categoría. Los competidores, un batiburrillo casi imposible de reunir, de jugadores bien diferentes acostumbrados cada uno a concurrir a las ligas territoriales con cierto aroma comarcal y acentos diferentes que impregnan los vestuarios.

La cosa tenía la razón de ser en el sentimiento patrimonial que unos y otros se atribuían respecto al campo de juego donde, si se terciaba, se tenía que jugar el largo partido que comprometía el control de la liga durante unas temporadas en asuntos tan delicados como el reglamento y otros no menos importantes para el deporte. Se jugaban ser o no estar y tener la razón que confiere el privilegio de dictar las normas y determinar quién ejecuta el mantenimiento, compra el equipamiento deportivo o negocia con las pelotas; más aún, tener el derecho de admisión y decidir quién tiene asiento preferente en el palco o debe asistir desde la última fila a la sombra del gallinero donde el césped adquiere la perspectiva difusa de los afectados de cataratas. Un trance que no se puede ni se quiere asumir, el de permanecer en el banquillo demasiadas temporadas.

El estadio, por los tanteos fiables que se propagaron, parecía tener ya un adjudicatario firme. Se trata de una especie de franquicia muy golosa que periódicamente debe adjudicarse comportando mucho jaleo porque tiene multitud de novias y más pretendientes todavía. La elección es incierta y depende de los caprichos personales que reunidos y recontados decidirán a quien se adjudica la gestión. Algunos dan por sentado que de los cimientos del estadio a la visera de los recogepelotas son suyos en propiedad, sólo ellos, pues, tienen el derecho de hacer y deshacer porque así ha sido desde siempre y están abonados firmemente a mandar y a decidir. Tienen experiencia y el culo ya pelado en este negocio. Excepcionalmente permiten que el equipo contrario entrene y ensaye algunas jugadas. Nada definitivo. Ejercicios temporales de corto lucimiento con árbitros caseros.

Esta temporada las cosas se han torcido. Las expectativas no se han concretado por los pelos y esto lo ha envenenado todo. Unos no venían a participar ni se conforman con el subcampeonato. Han fichado a las estrellas más fulgurantes del firmamento para vencer, sólo para ganar, el resto son discursos para niños o preadolescentes sin sentido de la realidad a quien la vida ya les abrirá los ojos y los pondrá en su sitio. Quién lo diría. La cara que se les ha puesto es más que el espejo del alma entrampada en la derrota que no pueden aceptar.

No lo han digerido. Amparados por el derecho en usufructo convocan a las gradas para que invadan el campo contrario de juego pastando en el césped hasta convertirlo en un desierto sin agua. Los profetas han salido a las esquinas para predicar que el mundo se acaba. Quieren llevarse la pelota porque es suya si no les dejan jugar como quieren. Resucitan polémicas y están absolutamente en contra de los jugadores extracomunitarios -les llaman tahúres- que han tenido que huir buscando aires nuevos esquivando las disciplinas con las que pretendían fulminarlos. Se ha puesto de manifiesto que tampoco están excesivamente por el deporte femenino, prácticas de niñas pánfilas con césped artificial que pretenden levantar el dedo y desbaratar el tinglado.

El altercado, llegados a este punto, es ensordecedor amplificado por los altavoces contrarios a pacificar y a admitir las reglas de juego. Disonancias y estremecimientos mientras los árbitros se decantan poco sutilmente y otros pretenden que muestren tarjetas rojas como salvoconductos sólo para las personas cabales con centinelas en los accesos del calibre armario empotrado para limpiar de díscolos y diversos el campo de batalla en que se ha convertido la pugna. Gesticulación rabiosa, himnos seniles, banderas manchadas de odio, discursos altisonantes salpicados de insultos primitivos directos a la mandíbula. Ya hay deportistas que prefieren soportar la magulladura a los ungüentos medicinales de alguna preparadora física que rezuma -mientras sonríe esforzadamente- tanto veneno que un arañazo, aunque amoroso, pudiera resultar letal. 

Estrategias de alcance más allá de las fronteras ensayadas con patrones calcados. Cuestionar los resultados o convertir en ilegítimos a los ganadores con argumentos obstinados que se extienden eficientemente contaminando las lógicas elementales y las reglas con mentiras chapuceras contrarias a las intenciones.

¡Me la llevo, porque la pelota es mía!

martes, 31 de octubre de 2023

Los flecos de Puigdemont.

 

Vivimos días de intensidad política e institucional centrados en la monarquía y en la investidura de Pedro Sánchez. La información al respecto es tratada de forma distinta. Una viene coronada por el consenso mayoritario y presentada como un pastel de aniversario saturado de azúcar y glamour sin voces críticas ni acciones contrarias que hayan podido estropear las secciones gráficas de la prensa rosa. Qué princesa más fotogénica para un cuento de hadas. La otra, entronizar a Pedro Sánchez como presidente, tiene más obstáculos y una corte hostil que no se lo pondrá fácil.

Vayamos por partes. Lo monárquico vive horas tenues. Subsiste en dinámicas de relevancia intrascendentes -de escaparate-   y comienza a tener detractores impensables desde no hace demasiados años. Defender al emérito es un ejercicio de fe a ojos cerrados en la bondad de la monarquía. El prófugo ha hecho mucho daño a la corona. Por eso es tratado por la casa real como un apestado para resguardar a los sucesores. La retahíla de travesuras poco ejemplares de quien ha sido jefe del estado no son sólo resbalones puntuales o asuntos de faldas encubiertos sino que la corrupción internacional le ha aureolado con una corona de espinas que ha liquidado la reputación de Juan Carlos. De rebote, ha dañado los cimientos de la monarquía que desde la transición empieza a ser discutida más allá del republicanismo tradicional. 

La estrategia ha sido aislar a los sucesores y hacer ver que, cuando el emérito vuelve para engullir marisco gallego y tomar el fresco en una regata de amigos incondicionales, no pasa nada, cosas de abuelo. En Catalunya, el discurso de Felipe VI el 3-O del 2017 no fue afortunado y comprometió la debida neutralidad de la institución cuando nadie había secuestrado el Congreso a tiros. Si la valoración de la monarquía en general no era para lanzar cohetes, las palabras de Felipe lo desacreditaron aún más. El rechazo monárquico tenía otro argumento que se sumaba al historial destapado de su padre. Como la condición dinástica va ligada íntimamente al pasado y a la herencia, no se pueden borrar los episodios que no nos gustan por torpes o son, directamente, motivo de un presunto juicio si la justicia ordinaria pudiera encausarlos. No se pueden revestir los momentos y los protagonistas desligados unos de otros. Son los Borbones en paquete con mucho pasado y un incierto mañana. Pero a la princesa la han presentado como una página inmaculada vestida de blanco rodeada de corifeos que cantan sus excelencias. 

Sin tantos corifeos, Pedro Sánchez lo tiene más peliagudo. Este gato político de siete vidas parecería que siempre cae de pie. Veremos si es así alcanzando los acuerdos para ser investido presidente con el apoyo de lo que la derecha considera la morralla independentista. Qué final de cuento -sin príncipe azul, pero con un apuesto Sánchez- para Puigdemont que dispone de la llave y el duro que tendrá que llegar -prometen que esta vez sí- en caso de que nada se tuerza. Los implicados en la negociación deberán desatascar la amnistía, las deudas pendientes, la financiación y el traspaso de Cercanías.

Respecto a los trenes que viven y ruedan en Catalunya yo añadiría dos agravios pendientes y paradigmáticos respecto de la inversión ferroviaria del Estado en Catalunya. No quisiera añadir presión ni entorpecer las negociaciones, aunque terminar la estación de la Sagrera y finalizar el corredor mediterráneo serían dos grandes muestras de buena voluntad desde que la alta velocidad empezó a calentar catenarias por la Península. Haced cuentas desde 1992. O nos menosprecian o están convencidos de que invertir a favor de las ínfulas independentistas es un mal negocio, tirar el dinero, vamos. Todo puede ser, o ambas cosas a la vez.

Lo que más polvareda levanta y exalta los ánimos en las tertulias es la amnistía. Un santo grial para algunos que viola la constitucionalidad y atropella la esencia de la democracia. Los discursos bien trabados contra los que perpetramos un golpe de estado y la sedición no se pueden perdonar -¡Puigdemont a prisión! En las últimas horas, vocales conservadores del Consejo General del Poder Judicial se han posicionado contra la amnistía, una jugada de gran significado político que seguirá su curso sin efectos prácticos. La derecha judicial hace política sin vergüenza -una vez más- y se mueve para ponerle palos en las ruedas.

No lo tiene y no lo tendrá fácil Pedro Sánchez si lo consigue. En plena negociación para la investidura se han desencadenado un alud de declaraciones contra el ejecutivo y se han anunciado acciones concretas de algunas grandes empresas. Lo que conocemos como el palco del Bernabéu, el club social e informal del Ibex, ha estallado. Según algunos medios un alto porcentaje de los muy altos directivos tienen un componente ideológico contrario a Sánchez que, entre cóctel y cóctel en el palco de Florentino, se excitan y contagian del efecto tabernario que es el menos reflexivo de todos. ¿Quién la hará o la dirá más gorda?

Cerrado el acuerdo entre ERC y el PSOE, el PP ha puesto en marcha una maniobra en el Senado -donde tiene mayoría absoluta- para reformar su reglamento que puede alargar a dos meses la tramitación de una norma cuando ya ha recibido previamente el visto bueno del Congreso, la amnistía por ejemplo.

Con tantos amigos insignes Pedro Sánchez sólo tendrá que estar atento a una última variable en el caso de alcanzar estos retos y esquivar las múltiples trampas. Un sabio filósofo alemán de principios del siglo pasado sostenía que “cuando todo funciona bien, se puede ir la luz”. Por el bien de todo y de todos yo he prendido una vela.

domingo, 29 de octubre de 2023

Vacaciones fuera de temporada.

 

Ya sé que ando con retraso, las burocracias de agenda me han permitido unas vacaciones -al menos mentales- fuera de temporada, cuando los meses habituales para disfrutarlas ya han pasado y los circuitos que ofrecen las agencias de viajes parecerían de otoño con ese punto, como los yogures, algo caducados. He estado -sirva de disculpa- alejado, fuera del contexto en muchos sentidos. He desconectado del fastidio que los días, informativamente hablando, se comportan. No he leído la prensa y no he seguido las noticias, algo que podría considerarse saludable y relajante sino lo consideramos una actitud para cobardes con un punto de superficialidad. Más aún, he elegido un país en el que llueve casi todos los días para rehuir también las conversaciones intrascendentes cuando el cambio climático y sus consecuencias ya no las hacen idóneas para romper el hielo. Esto es, no he querido oír predicciones apocalípticas que suben de nivel a medida que los embalses se van vaciando.

Esta ruptura con rutinas como los desayunos contundentes en los hoteles, la sensación muy real de no entender la lengua por la pérdida de matices -también los gruesos-, la civilidad que emana del trato, la pulcritud de las calles sin demasiadas colillas, la impresionante red de transporte público puntual que propicia que los vehículos particulares sean una anécdota en los centros urbanos de las ciudades y la paciencia de los que viven y trabajan hacia los bárbaros que aterrizan armados con un móvil para retratarlo es entrañable. De hecho, se trataría de un acto de retorno cercano a la justicia poética cuando vives en una ciudad como Barcelona. Uno de los ejercicios que he practicado para cargar energía ha sido más que comparar catedrales y monumentos, identificar los hábitos universales del turismo por todo el mundo que tolero en la reputada Barcelona como destino prominente.

Consideré que detenerme en un punto de encuadre estratégico para fotografiar la panorámica de la ciudad era algo a que tenía derecho por la de veces que me he detenido para no salir en el plano como un espontáneo en Arco de Triunfo. Más aún, las barricadas humanas en las aceras que esquivo con cierta temeridad en la calle Montcada me han otorgado una paz de espíritu ingenua. O la manía nada inocente por capturar en el congelador digital personajes a los que has robado su consentimiento, a hurtadillas disparas apresuradamente para que no te rompan la cámara o la cara -nunca se sabe-. Mayoritariamente estas formas de comportarse deben ser universales en todas partes.

La novedad en las vacaciones que disfrutas adosado al grupo bajo la tutela de un guía cabal es cómo te contemplas aquellos con los que convivirás unos días. Las comidas son el punto de encuentro en el que no debes estar atento a los asuntos históricos, a las corrientes literarias, pictóricas o arquitectónicas con las que se empeña en ilustrarte un cicerone simpático y amable. Un plato típico, aunque sea de buffet libre, propicia la confidencia marcando al presunto contrincante que viaja en un asiento cercano. A menudo acabamos comprobando lo tramposos que son los prejuicios. Los vistosos, los groseros, los presumidos, los prepotentes, los graciosos y todo el catálogo restante incluidos los tímidos y los que viajan solos, sufren una metamorfosis que la proximidad, la confidencia o la fotografía de los nietos favorece. La certeza de la coexistencia fugaz hace que puedas inventarte una biografía hecha a medida en un juego sin malicia de seducción compartida en un escenario inédito o exótico. Excluyo a los ajenos que practican el autismo turístico enchufados permanentemente al móvil con auriculares. 

El anonimato en el grupo, bastante diverso de países diferentes que comparten lengua para rentabilizar el guía, te ahorra el roce a jornada completa con los conocidos, aquellas personas de tu entorno con las que compartes destino y viaje de quien acabas renegando. Con cualquier pretexto te despegas de aquellos que no conoces, pero vecinos, parientes, amigos o conocidos te pueden hacer perder los estribos y la paciencia a la hora de acordar una decisión por trivial que sea. Existen las relaciones que te acercan a personas desconocidas y las que te hacen descubrir que soportar a los allegados en situaciones no habituales es una penitencia que no tienes ganas de repetir. Cuántas parejas no se habrán formado pisando museos o pedruscos y cuántas no habrán roto escogiendo un recuerdo o un imán de nevera. Yo, por si acaso, siempre delego esta responsabilidad.

Estos días, mientras hago balance de los nuevos imanes y edito las fotografías, me he escapado allá arriba al norte en busca de un país idílico, tolerante y en paz alejado del contexto habitual hasta que las turbulencias de vuelta preludiaban el aterrizaje a la realidad con el temor a que me hayan perdido la maleta. Imaginemos cuál será la impotencia, la rabia y el dolor cuando pierdes la familia, la casa; la vida.

jueves, 12 de octubre de 2023

Turistas en Israel.

 

Volar a Tel Aviv era una aventura que comienza en nuestro aeropuerto con un tratamiento especial y muy diferente al resto de compañías que operan en él. EL AL con la estrella de David en la cola ya te advierte que no estás en un avión aunque se halle aparcado en El Prat de Llobregat sino en Israel. El control que ejerce la seguridad israelí con agentes propios antes de embarcar es extremadamente estricto. Comienza con un interrogatorio de dónde has dormido y con quién la noche anterior, con quién viajas, qué relaciones o parentesco tenéis, si has dejado las maletas desamparadas en el maletero de un taxi para ir a mear... La indumentaria y las chancletas tampoco te eximen de la pregunta, ¿qué vas a hacer? ¡Turismo! Pasado este primer filtro practicado por una señorita con poco aspecto de azafata que luce una insignia con la bandera española junto a una con la estrella de David te hace determinar que no te dirigirás a ella en catalán. Algún explorador experimentado susurra discretamente, el Mossat

La segunda operación larga e inmediata antes de subirnos a Israel -al aparato- consiste en la revisión de las pertenencias. Cuidadísima, lenta y con parsimonia, de cada uno de los cuatro ángulos del móvil, por ejemplo. Todo era escrupulosamente pasado por aparatos diversos que presuntamente detectaban microfilms, explosivos o artilugios de espionaje propios de agentes enemigos. Nunca he sido objeto de un cacheo como éste. No teníamos pinta de fieles de una parroquia en peregrinación a Tierra Santa, pero tampoco de terroristas palestinos -pensé-. Salir de esa zona para pasar a tierra de nadie, la sala de embarque fue una liberación literal. Subir al avión, con o sin turbulencias posibles, me provocó una sensación de seguridad con alas insuperable.

Yendo de Tel Aviv a Jerusalén el conductor me hizo notar que esa carretera era segura y muy custodiada con cámaras de vigilancia en cada farola que iluminaba sin querer una imponente valla de contención que separa las dos comunidades irreconciliables. Llegamos al hotel y descargamos las maletas. Aquí, en el exterior antes de entrar al mostrador de recepción, un vigilante sin uniformar, con un traje pulcro de funcionario, apoyado a un atril, armado con una pistola bien visible a la vez que el atril escondía una escopeta de las gordas. Lo averigüé en mis frecuentes incursiones mientras salía a fumar. Por la mañana almorzando en el restaurante aparecieron cuatro o cinco soldados uniformados equipados con mochilas y escopetas con miras telescópicas aún más imponentes. Vigilaban el horizonte desde las alturas del hotel.

Caminando por la ciudad de Jerusalén era normal, nadie se incomodaba por ello, cruzarse con jóvenes que llevaban una pistola al cinto, sin disimular ni esconderla con la camisa. Las armas eran herramientas -¿por la paz?- habituales de las que sin excesiva discreción eran portadas con ostentación relativa. Ya eran harina de otro costal las cuadrillas de policías o militares que, de repente en algún cruce de las calles santas, permanecían reunidos tras unas vallas más decorativas que efectivas, atentos y dispuestos a entrar en acción inmediata con la contundencia proporcional a las corazas y armas que llevaban absolutamente intimidatorias.

Me llamó la atención la negativa rotunda de un guía israelí a trasladarnos a Belén, ubicada en la Cisjordania actual. El rechazo a pisar tierra “enemiga” expresado con un menosprecio absoluto me impactó. La frontera con Belén, muy cercana a Jerusalén, la cruzamos sin detenernos en virtud de un acuerdo “turístico” que propiciaba el intercambio de guías sin demasiada cordialidad, la justa. El muro, la pobreza, la suciedad, las casas recientemente derruidas y la imagen bien alejada de la visión idílica del pesebre navideño hicieron que alguien soltara un “es feo de cojones” compartido.

Cruzamos de Israel a Jordania una mañana soleada que nos quebró la paciencia. Hicimos un trayecto por la breve tierra fronteriza de nadie, representada por una raya en los mapas políticos, en un autobús neutral. Subir y bajar para dejarnos debajo de un cañizo mientras no se resolvían los trámites fronterizos. Por mimetismo o por no ser menos los agentes de aduanas jordanos ponían todo el celo que podían para competir con la eficiente maquinaria judía en materia de seguridad, pero detecté enseguida que Jordania jugaba en segunda, una categoría inferior, o en tercera regional en materia transfronteriza.

El susto -ahora la anécdota- nos inquietó cuando una compañera que había comprado una Menorah en Jerusalén -yo la había asesorado en cuanto al tamaño del objeto- fue retenida casi un par de horas. Tuvimos tiempo de cargar las maletas en el autobús y yo de establecer cierta complicidad con el conductor mientras cultivamos el vicio de fumar sentados en un banco. Aquello no se resolvía. Ya pensábamos en llamar a la embajada o en canjear a la rehén directamente por un tractor. Me tranquilizó el compañero de humos que me hizo entender que estos incidentes eran habituales y que acababan bien sin tener que comprometer ningún tractor. Finalmente la liberaron a ella y a todo el grupo de personas que viajábamos juntos. ¡Qué alivio! La interrogaron varios agentes, cada vez de mayor rango -dedujo-. Según ella, habría sido definitivo, el análisis brazo a brazo de la Menorah dislocada para comprobar que no era un objeto peligroso más allá del simbolismo. No fue devuelta a la propietaria ya que habría contrariado la prevención religiosa jordana introduciendo de contrabando un objeto tan peligroso pese a tener relaciones y fronteras abiertas con Israel desde 1994.

En este viaje no pudimos visitar la explanada de las mezquitas por obras -nos dijeron-. En Ammán, Jordania, nos enteramos de que había habido un atentado. Ahora, triste y horrorosamente, la actualidad me ha reavivado estos recuerdos -si queréis frívolos-. Estos días los habitantes de Israel, como yo mismo, tampoco entienden desde la burbuja de seguridad que irradiaba al país que se haya podido producir tan feroz y sanguinario ataque sin que ninguna alerta se haya encendido. Fracasos con consecuencias por ver que pueden acarrear un conflicto aún más intenso y, sobre todo, un drama humanitario horrible. Muchos enigmas y conjeturas que algún día se sabrán, quizás pasada la guerra -ya se puede llamar así- que ha estallado en Oriente Próximo una vez más donde el diálogo se articula con bombas y terror. Jerusalén, la ciudad sagrada de las tres religiones, es en la actualidad una ciudad fantasma. En el Santo Sepulcro, en la Explanada de las Mezquitas o en el Muro Occidental apenas hay un alma, relatan las noticias que nos llegan.

 

sábado, 30 de septiembre de 2023

Investidura fallida.

 

Asistimos inmersos a un serial político largo de reparto coral, un surtido de personajes abundante con muchos figurantes, algunos con frase larga y otros de guión breve, basta con un “sí” o un “no” sin matices ni discursos. Alcanzan así el máximo de protagonismo que exaltan con aplausos impetuosos, griterío, furibundas patadas y, también, algún insulto como una pedrada mezclados en el fragor del combate parlamentario. La gran mayoría son personajes relativamente anónimos para el público en general que ejercen de secuaces incondicionales sometidos a la férrea disciplina del partido. El verso libre en las filas de la tropa política suele agonizar en una existencia nublada.

Cuesta creer que la tarea visible que deben realizar mayoritariamente consista en pulsar un botón o en pronunciar el sentido del voto con un desnudo monosílabo sin adjetivos de color, únicamente el blanco o el negro. Los discursos, los papeles largos, están reservados a los protagonistas que figuran en los carteles y en los rótulos de neón que atraen a las audiencias. Los guionistas audaces muy extraordinariamente introducen giros inesperados para añadir intriga o golpes de efecto en la trama. Un recurso para distraer contra el sopor aquello que participa de la previsión argumental que el público ya conoce antes de que irrumpa el séptimo de caballería para propiciar un final feliz donde los buenos siempre deberían vencer. 

El paradigma del daltonismo parlamentario lo ostenta un diputado que propició la reforma laboral equivocándose a la hora de emitir el voto, clave y decisivo para sacar adelante el decreto. Unos meses más tarde repitió la jugada, volvió a equivocarse en el sentido del voto que proponía su formación. Hace pocos meses, descartada la condición de “verso libre sin rima” dimitió mientras un alto tribunal le acusa de prevaricación y malversación de caudales públicos. Visto desde fuera me conmueve el papel del antihéroe que le ha tocado interpretar en la escena ingrata de la política. ¡Quién no se haya equivocado que tire la primera piedra! Yo, después de unas sesiones de discriminación cromática entre el verde y el rojo amparadas en las melodías de Barrio Sésamo interpretando la canción de los colores, le habría concedido una tercera oportunidad de gracia.

Otras señorías también la han fastidiado en el momento decisivo de la votación. No han sido tan chapuceros ni trascendentes como en el caso mencionado, pero se ha producido un revuelo considerable. Una variante para adquirir protagonismo que ni apelando a explicaciones complejas -de heráldica freudiana- respecto del apellido del abuelo que pasó al padre para acabar ostentándolo el implicado, puede sustraer la sensación de ridículo que comporta. O quien vota bajando del huerto estando en Babia con segunda residencia en el limbo -o no, como recelan algunos maliciosos-. En esta investidura por capítulos, una de las sospechas avaladas por los exitosos antecedentes ha sido la posibilidad de lo que se conoce como tránsfuga -también llamado judas-. Personajes que posibilitan milagros porque votan conscientemente con alevosía para facilitar la investidura del contrincante.

En la primera temporada de esta serie por la investidura ha sido una posibilidad, la de los tránsfugas, que planeaba muy verosímil cuando el candidato apelaba a los políticos de buena voluntad -las buenas personas con criterio- del partido de la oposición para que dieran el salto cambiando el sentido del voto. Quién podría tacharlos de desleales cuando el apocalipsis puede hacer tambalear los cimientos de la tierra como pronostican las divinidades veneradas como unas momias políticas exhumadas.

Las perversas aritméticas salidas de las elecciones anticipadas han propiciado que empiece en breve la segunda temporada con los mismos actores y secundarios. Se trata del segundo asalto -previsible- a la investidura. Podremos disfrutar de una nueva entrega intrigante que puede acarrear una tercera parte, la vuelta a la casilla de salida si los dados en las negociaciones lo propician. Veremos cómo se desarrolla y si es posible llegar a acuerdos y compromisos para obtener el apoyo de esta confluencia formidable que deberá alinearse para llegar a buen puerto con el viento favorable de un entendimiento. Tan apasionante como incierto. Permaneceremos expectantes.

Del procedimiento al fondo de la cuestión en cuanto al posible relato de lo acontecido hasta este momento está todo dicho según el color del cristal con el que los medios nos han irradiado analizando la crónica parlamentaria. Con Catalunya como epicentro el candidato fracasado se ha presentado como único garante de convivencia, igualdad y libertad. Son la piedra filosofal democrática contra el caos porque han sido los vencedores morales contra la adversidad numérica que les ha descabalgado. La posible mayoría en la segunda vuelta ya la consideran ilegítima. Una posición de negación del adversario acotada por líneas rojas con el apoyo doctrinario de una reeditada formación del espíritu nacional. Del soliloquio cargado de ocurrencias sin demasiadas propuestas al ruido de la descalificación en medio de la exasperación por la actitud de pasmarote del otro candidato que, desde ahora mismo, deberá definirse.

Estas sesiones de investidura fallida podrían resumirse como la celebración exaltada de una derrota anunciada.