Vuelven algunas vacas sagradas a la escena pública. Los grandes "jarrones chinos", como los graduó Felipe González incluyéndose a él mismo, a José María Aznar y a otros próceres -jubilados políticamente-, no se resignan a habitar los ángulos oscuros del salón olvidados por sus electores; subsisten sino silenciosos, cubiertos de polvo y, a menudo, de caspa. Quién se resigna a dejar hacer a los sucesores -herederos directos o no-, a sobrevivir sometidos al olvido mediático sin los grandes titulares que iban componiendo la autobiografía del día a día con recortes que pegaban en el álbum de efemérides personal, una enciclopedia de milagros y de decisiones fundamentales salpicada de inauguraciones y de eventos importantes con lo mejor de cada casa, la real también. No quiero decir que los tengamos que encontrar en el metro cantando boleros y mendigando porque es más digno pedir que robar. No os preocupéis, sin embargo, porque a pesar de malvivir en esta relativa indiferencia social, huérfanos de las pantallas de los telediarios, la mayoría han sido acogidos y adoptados por los consejos de administración de grandes compañías que en su momento fueron privatizadas por ellos mismos. Por lo tanto, si coincidís en algún transporte público interpretando "Piensa en mí "no les hagáis caridad; no quieren un euro, sólo mendigan un gesto de reconocimiento.
El mismo Felipe González, el ceramista y padre del símbolo por excelencia, ha vuelto a la arena mediática soltando que "nadie es más capaz de hacer el ridículo que Puigdemont", una réplica -un ladrillo arrojadizo- poco trabajada en el torno alfarero y poco cocida en el horno a lo que el expresidente declaró desde Cerdeña, "España no pierde nunca las oportunidades de hacer el ridículo". Felipe apoyaba así al insigne alfarero del ladrillar legal, el reconocido artesano de la arcilla judicial que habita compulsivamente enfangado en la obsesión por las euroórdenes reiteradas, comprometido y obsesionado en pescar la gran ballena blanca del separatismo catalán. Una batalla sin tregua en las aguas comunitarias por la captura de un sabelotodo pez escurridizo.
Como el atavismo de meseta no da ninguna puntada sin hilo, por solidaridad, por corporativismo colegiado, por envidia o por sacudirse el polvo que acumulan los ex presidentes suntuarios -grandes piezas cerámicas chinas de museo-, no podía faltar el desfile torero de José Mª Aznar. Un artista capaz de interpretar con aplomo los papeles de faraón y de oráculo desde un perfil numismático propio de una moneda de piedra tallada. Josemari tampoco pierde puntada cuando concluye que "España es una nación, no siete, ni cuatro, ni veintiuna. No es un estado plurinacional, ni multinivel, ni la madre que los parió". Tras el temerario pase torero la plaza de toros ha reventado con una pañolada solicitando las orejas y el rabo -¿también de Puigdemont?- al compás del pasodoble España cañí.
Dejo la crónica torera tirando el capote y los trastos de matar al fuego para concluir que de las máximas doctas de Aznar se podría destilar un manifiesto a la tolerancia por cómo rellenó su decálogo ideológico con muchas calorías: "en las instituciones de Madrid se habla castellano, que es el idioma que todo el mundo entiende". No seré yo quien lo condene al infierno después de contradecir al mismo Papa Francisco cuando pidió perdón por la conquista de México. Aznar defiende la historia de España "Con sus aciertos y sus errores, yo me siento orgulloso y no pido perdón". Y añade que "El fenómeno de la Hispanidad nos debe enorgullecer a pesar de la leyenda negra, la cultura de la cancelación y esta estupidez del revisionismo histórico". ¡Que así sea, maestro, y que dios reparta suerte y justicia!
Con el regreso de los castellers, geopolíticamente más cercanos al epicentro catalán, con sabor otoñal a calçots y romesco, comienza el curso el Parlament de Catalunya con castillos de gama baja y mucha manilla justo cuando soplamos la vela del cumpleaños del 1 de octubre. Una celebración en una atmósfera enrarecida por el partidismo cainita respecto de la llamada causa común de la independencia con un punto de botellón frenético en la Ciutadella.
Tendremos, pues, que incorporar el neologismo de rabiosa actualidad para designar una realidad antigua y muy nuestra que ha evolucionado con los años. El tradicional asado familiar -como más convergente- se ha rejuvenecido atizando las brasas del desenfreno con un menú para multitudes pobre, sin tortilla de patatas y poca carne en la parrilla, sólo la de los que sufren los disturbios y las agresiones mientras participan en este ritual iniciático para niños y niñas recién destetados.
La buena noticia es que la pandemia ya es historia a juzgar por el tiempo escaso y cargado de optimismo que le dedican los medios. ¡Que así sea! Ahora los objetivos vomitan lava. Un reality dramático de mucha tirada y mucho reportero intrépido que precisamente hoy ha cambiado de isla, de la Palma a la Graciosa donde la boda del siglo ha provocado una erupción pasional, Anabel Pantoja ya no aplaza más el casamiento a pesar del cadáver aún caliente de la abuela. Un final feliz aunque el primo Kiko Rivera haya declinado asistir desperdiciando una exclusiva compartida con la Belén Esteban de testigo y vestida de blanco como marca el protocolo.
¡Entregado a la nostalgia, paz y amor, reivindicando así la consigna hippie!
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