¡Apaguemos la luz! Ya ha llegado el día en que la persona más sensata de la casa nos persiga por los pasillos y las habitaciones comprobando si hay bombillas encendidas, quemando ostentación lumínica, un lujo -ver y calentarse- al alcance sólo de gente con posibles. Recién acabado el verano las ciudades ya empezarán a colgar cualquier día de estos las guirnaldas que parpadean, un guiño al consumismo navideño, ya a la esquina. Visto el precio astronómico del servicio veremos cómo resuelven la sacudida eléctrica algunos municipios austeros. No me extrañaría que volviéramos a ver antorchas en los cruces de caminos o velas en los árboles de navidad apelando a un minimalismo de diseño que también calienta y que debe justificar la vergonzosa factura con que nos felicitan las fiestas fuera de temporada.
En estos tiempos oscuros que corren la luz es más imprescindible que nunca. Nos faltan bombillas con ideas claras y limpias, neones que irradien optimismo con un punto festivamente animoso, farolas que resplandezcan esperanza. Ya me diréis, visto el panorama, dónde compramos estos artículos que si los tenemos que enchufar a ladrones perversos en la red prohibitiva y cargada de impuestos iluminados como uno de los enigmas más indescifrables de la cultura egipcia, la factura de las compañías distribuidoras de la electricidad, que el invierno nos coja bien cargados de energía solar aunque descoloridos cuando se apaguen las farolas y se enciendan los grillos -decía Lorca-.
Cómo necesitamos la luz y las luces para vestir con lentejuelas la oscuridad de las temporadas otoñal e invernal que se acercan tocados por la melancolía con la que los fuegos artificiales acaban de despedir moteando de estrellas efímeras los cielos de las fiestas mayores estos días. ¡Hasta luego, hasta el año que viene!
Veremos si las luces que deben iluminar la mesa de diálogo que comienza ya entre los gobiernos catalán y español tienen suficientes lúmenes, son lo adecuadamente poderosos para disimular y disfrazar las sombras estratégicas de todos. Yo he encendido una vela, aquel recurso pasado de moda, pero efectivo, que además de poner un poco de luz, aunque temblona, chamusca los malos espíritus como los pelillos de un pollo una vez desplumado.
Otro artefacto que también funciona con corriente es el foco, este nos puede señalar con un potente haz de luz intensa -ardiente- como un dedo acusador. Imagino que estos días la iglesia cercana también vive desasosegada por la factura de los focos que iluminan quien fuera obispo de Solsona. Ayer, TV3 -la nuestra- lo enfocaba saliendo vestido de ir a correr, con calzón corto, mientras una reportera blandiendo una alcachofa como una caña de pescar agresiva pretendía obtener una declaración en exclusiva. Me sobrecogió la actitud y la cara de susto del personaje. Instintivamente quise comprobar si casualmente había cambiado de canal.
Enchufados como estamos a la energía de los focos candentes diversos y a la cosa fluorescente de bajo consumo pero de alto gasto, me doy cuenta que la vertiente ecologista no la he tocado. Estamos en un punto delicado en el que la salud del planeta hace cola en un centro de atención primaria. Una doctora de medicina general -curándose en salud- no descarta un mal feo, de aquellos que por prevención ahorramos de pronunciar el nombre por si acaso. Tiene mal color y la tensión ambiental demasiado disparada con sospechosas y preocupantes excreciones plastificadas. ¡Vamos, una mierda!
¡A-pagar la luz, compañeros!
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