miércoles, 22 de septiembre de 2021

Verano borrado.

Entre maniobras orquestales en la oscuridad de los chips he perdido un archivo largo, de estos que contienen impresiones del año. Antes habríamos dicho el diario o el reflejos y espantajos en mi caso. Como siempre los enanos digitales que trabajan para Microsoft levantan el dedo y hacen una segunda alerta respecto de la decisión que no tiene remedio una vez tomada. ¡Eh! Entonces, tras el reflejo inmediato sin pensártelo, clicas y te das cuenta que la has fastidiado. Adiós a mucho trabajo de horas que se ha ido a pique.

En otras circunstancias habría pillado un disgusto de aquellos que no tienen culpables ajenos a quien cargar el muerto. Ha sido mía la negligencia, la manía de no leer los mensajes que parpadean en la pantalla. La cuestión es que se ha -he- borrado todo el verano de este 2021. Afortunadamente cada cierto tiempo hago una copia para un más menester en un disco de seguridad externo y he podido recuperar el archivo menos los dos últimos meses que he perdido definitivamente. Yo todavía soy de aquellos que no acaban de fiarse de la nube, de colgar todo en un lugar ajeno a mis dispositivos. Ya lo sé, un ordenador conectado es una ventana abierta de par en par al mundo -nublado o no- expuesto al chismorreo cuando te quieren desvalijar algo o tomarte el pelo pagando tú, como un barbero digital.

Una desgracia intrascendente sin más efectos secundarios que me ha hecho meditar. Imagino a aquellos escritores de manuscrito sin copias a quienes el fuego, un diluvio, un terremoto o una erupción volcánica les arruinaba el trabajo, la mesa y la pluma. He pensado en alguna ocasión qué me llevaría si tuviera que marchar urgentemente. Junto al pasaporte deben de haber, también, para un más menester, los archivos de tu vida. Los personales y aquellos administrativos que demuestran que tienes el impuesto de circulación al día, por ejemplo. Seguramente lo más preciado son las fotografías que vamos acumulando, los monumentos del recuerdo que pueden desaparecer diluidos en la poca experiencia informática fulminados por un golpe de dedo con desidia.

A quién le importa esta pérdida. Quién leerá la manía frecuente de dejar constancia escrita de lo que pensamos o lo que sucede a nuestro alrededor. Quién revolverá el cúmulo de fotografías que vamos almacenando en el móvil o en el ordenador. Con el tiempo estos aparatos, pasado el propietario, serán un trasto más a subastar en cualquier mercado de las pulgas. Artículos obsoletos de segunda mano con la panza llena de reliquias esparcidos en una parada de los Encantes para coleccionistas curiosos. Un poco la sensación de cuando, por nostalgia, abrimos la página aún vigente de alguien cercano que nos ha dejado. Pantallas inertes medio enteladas que ya no se actualizan.

Mientras, he estado tentado de rehacer estos meses perdidos -básicamente verano-, pero he desistido porque lo de repetir algo que ya no se puede reescribir como lo habías hecho produce insatisfacción. Tienes la sensación de que no lo conseguirás, crónicas congeladas o recalentadas del día antes que han perdido la frescura de los productos de proximidad. Una trabajo que sabes a ciencia cierta que no tendrá éxito. Dejémoslo estar así, pues. Al menos por pereza.

Habrá un paréntesis, un agujero sólo vivido que no relatado. Como la vida, que por definición únicamente se vive y que necesariamente no se debe escribir o sólo retratar, se debe disfrutar y contemplar. Permanecerá un verano al descubierto, como analfabeto, quemado por la canícula que con el tiempo perderá el color de la memoria y sólo subsistirán algunos episodios muy significativos, como un titular desdibujado para el recuerdo sin detalles ni personajes cercanos. Ya lo siento.

Aunque si busco ventajas en la desafortunada pérdida, para consolarme y rebajar la sensación de torpeza creo que puedo olvidarme, como si no hubiera sucedido. Borrar la letra pequeña, pasar por alto el detalle y cuestionar si es cierto que Messi se fue del Barça. Si, como dicen, los barbudos talibanes vuelven a gobernar en Afganistán. Si de verdad, como algunos constatan, hubo una mesa de negociación o sólo el presidente Sánchez vino a tomarse un café con su colega Illa sin disturbios atosigándole. Desprovisto de las evidencias estivales que he borrado también me pregunto si la pandemia aún tiene vigencia. De hecho, estas deben ser las ventajas de convertirse en un desmemoriado.

Puedo aseguraros que este verano no me viene a la memoria. Como si no hubiera existido. ¡Cómo pasa el tiempo!

 

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