La percepción es como un cóctel para alcanzar entender la información que nos llega después de sacudir la memoria, el aprendizaje, el razonamiento y otros ingredientes servido en vaso largo con cubitos y una rodaja de fruta tropical bien coloreada -de anuncio- haciendo equilibrios en el borde azucarado, algo que no deja de ser una sugestión. La percepción podría ser, por decirlo más fácil, como un estímulo externo pasado por el colador de la memoria tanto mental como la de los sentidos que tenemos integrados por la experiencia. La rodaja que corona el vaso nos puede parecer ácida aunque no la hayamos probado dado que la empareja al recuerdo sensorial de un cítrico común, tiene un aspecto semejante a un limón, por ejemplo.
La percepción mantiene un pulso a menudo entre el grado de certeza -la verdad, si existe- y la duda asociada a nuestro conocimiento, lo que sabemos. Nuestra realidad, pues, podría cabalgar también un caballo ficticio, inventado por la mente humana, ya que los datos que nos llegan pueden ser falsos y nos llevan a cuestionar nuestra capacidad y la fiabilidad de lo que captamos del exterior. El gran problema es cómo las conclusiones extraídas por la percepción -el estímulo- son interpretadas. Nuestras versiones podrían perfectamente basarse en la lectura de pistas falsas o impropias. Por eso los abuelos se empeñan en contarnos el secreto de su vida con batallitas fundamentadas en la experiencia, se desgañitan a afirmar que ellos lo sufrieron. Ante la experiencia, que podríamos rechazar como unos jóvenes extravagantes y atrevidos, nos podemos decantar por un racionalismo que pretende defendernos del engaño o de la mentira interesada a que nos pueden llevar los ecos que nos sacuden.
Entender la percepción pasa por probar el combinado que tenemos en la barra de la vida mientras los cubitos se van fundiendo intentando comprender las ilusiones que percibimos y los efectos particulares con qué y cómo nos estimulan, la respuesta que elegimos debería fundamentarse en unas raíces profundas, de ideas claras y en un juicio meditado.
Por ello, controlar la percepción colectiva es una maniobra sutil o burda que busca intervenir en el proceso inmediato, a corto plazo, con estímulos interesados que procesamos desde la experiencia para provocar una respuesta previsible. Por eso el mercado de la percepción cotiza tan alto y es tan preciado. Como decía el matemático, ¡dame una buena percepción y moveré el mundo! La apreciada palanca que activa un pensamiento o una reacción vale su peso en oro porque los principios de Arquímedes aplicados a la sociología pueden explicar muchos de los fenómenos colectivos de la actividad social que los seres humanos practicamos en un contexto determinado.
Ay, el canto de las sirenas o como cuando algún desdichado marinero es hechizado por unas melodías tan seductoras que el timonel y todos los remeros ponen proa hacia la isla donde se estrellan contra las rocas y son devorados por estos cautivadores seres fantásticos. Contrariamente la palabra sirena también se emplea para designar los aparatos que producen un sonido monótono, estridente y ensordecedor del cual por prevención solemos huir. Asuntos de sirenas o como de un encendido bolero necesitamos con urgencia un camión de bomberos.
¡Aullidos de sirena!
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