Hay días que ensombrecen el cielo radiante, que nos hacen desconfiar del estallido de verdura primaveral y de las lozanas aceras mientras el ayuntamiento poda el arbolado en una yincana de extrema complejidad entre las calles, un reto próximo a un puzle lleno de agujeros enrevesados por encajar todavía los patinetes voladores, los vehículos aparcados en plena siesta y las deposiciones caninas mientras los profesionales de la poda se la juegan ejerciendo funambulismos sin red -pero con mascarilla- con una sierra mecánica de película de terror -¡Rama va! Días para mirar al cielo sin temer que la chatarra del cohete chino te aplaste porque ya cayó al mar, pero con precaución ya que puede abatirte el ramaje colonizado por un nido de cotorra argentina o una muy irada avispa asiática militante de la plataforma de afectadas por la hipoteca a quien acaban de desalojar sin contemplación alguna.
Mientras, en los escenarios bíblicos del Nuevo Testamento se han producido once días de bombardeos en un conflicto poco simétrico en la báscula de los muertos y de los estragos. Una competición endémica entre cohetes y bombas que vuelven a dejar un paisaje pintorescamente desolador de árboles desgarrados, de viviendas derrocadas y de almas en escombros.
Hay días en los que los grandes problemas domésticos como que no funcione la red y no puedas seguir la serie de asesinatos, que la lavadora no centrifugue o que las rimas consonantes del vecino poeta de la escalera no te dejan conciliar el sueño, se empequeñecen con tendencia a convertirse en gilipolleces irrisorias comparadas con el panorama que nos dibuja la actualidad de estas semanas. Definitivamente tendremos que constatar en la gaceta del postconfinamiento que hemos salido con alguna tara y relativamente mal acabados o defectuosos. Somos como éramos, más o menos, si queremos ser exactos. Los mismos achaques, odios y el espíritu de represalia han pervivido intactos. Hemos constatado que entre las virtudes de la vacuna -que se pueden leer en el prospecto- no figura la capacidad para curar ciertas calamidades porque no tienen origen vírico.
Procuro no preocuparme en exceso y por eso me inquieta no poder averiguar si pillan el asesino en la serie que no puedo ver. Sé que soy capaz de indultar al vecino de las rimas enardecidas y de sobrevivir sin centrifugar los calcetines desparejados. Es mi malvivir con el cual convivo y que me puede llegar a sacar de quicio. Si me lo repienso, sin embargo, son tonterías de poco calibre comparadas con cuando el cielo se ilumina y la atmósfera se enrarece con regusto a pólvora o el eco de los estallidos sostenidos ahoga los gritos de horror y de dolor de las criaturas.
¿Qué no son capaces de emprender estas criaturas en la otra orilla del mismo mar que chapotean en el rompiente de las olas empujadas por un falso sueño de esperanzas que no pueden abrazar? Marchar con una mano delante y otra detrás, ya no ligeros de equipaje, cargados sólo de inocente credulidad porque la pérdida comparada con las expectativas no se puede equiparar ya que no posees nada y eres dueño únicamente de la miseria. Qué padrastro más cruel aquel que pone en marcha el rebaño desesperado a pastar en un tablero de ajedrez vergonzosamente brutal.
Reiterando endémicos conflictos que han hecho hervir la sangre patriótica aún es reciente la crónica de opereta bélica con salsa de perejil protagonizada por el ministro Trillo en el papel de narrador heroico en un escenario más propio de Vietnam. Esta vez la épica militar ha sido rebasada por el protagonismo sin uniformes ni banderas de una masa humana considerable de niños exasperados en la frontera líquida de una acogida en la puerta giratoria con destino a la nada.
Camino por la acera entre los árboles de Barcelona recién podados. Amputados los flequillos, desprovistos del ramaje, contemplo una bandada de cotorras sin nido y a un joven que acarrea una carretilla insegura llena de chatarra sideral -o urbana- que contiene, también, los desechos de un sueño roto. Abro con precaución profiláctica el portal de casa. Levitando en el ascensor me pregunto si la red ya funciona o la inquietud me volverá a mecer. ¿Alguien puede vivir sin conexión?
Me doy cuenta que el confort en mi mundo local, lo que conozco y disfruto, se ha trastornado cuando las franquicias de la contención migratoria gestionadas por sátrapas miserables mueven pieza en el tablero de la alta política internacional. Según los sabios, una convulsión paradójica entre el conocimiento intuitivo del mundo -que es local- y la mecánica cuántica -que no es local- larga de explicar y que apeada a la realidad que late y malvive nos cuestiona cómo administraremos el día que una ingente ola migratoria tenga que huir no sólo de la guerra, también de su mundo local expoliado, primero, y devastado por los más que posibles efectos del cambio de condiciones de vida elementales, por ejemplo.
¡Eh, la red funciona!
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