A las doce, coincidiendo con las campanadas, un estallido de vida ha sacudido la ciudad. Algunos petardos y el griterío de aquellos que querían recuperar la vida nocturna reunidos en puntos estratégicos se reencontraban sin tener que mirar la hora de regresar a casa ni tener que inventarse excusas gastadas o de lo más inverosímiles.
Básicamente jóvenes cargados de vida vengándose del confinamiento y de los recortes vitales. Maldicen con alcohol asambleario la osamenta del demonio que les ha robado literalmente un año de vida. La irresponsabilidad con que los denunciamos contestada con el argumento de la envidia, fundamentalmente por ser jóvenes y aún en rodaje, con pocos kilómetros en las alpargatas. ¡Eso, qué envidia que me causan! Pero sed solidarios con quien la juventud ya es una batallita remota, que no os retraigan, explicado desde la de la perspectiva del calendario, como de relativo y huidizo puede ser el tiempo.
Ya tenemos asumido que hemos vencido a la pandemia aunque el virus sigue haciendo de las suyas, pero la necesidad de salir de este estado ya no de desconcierto sino de angustia supera la prevención exquisita que imponía este dragón, desde la ignorancia, durante los primeros coletazos. Habremos aprendido a convivir o a desafiarlo porque ya no podemos más. Quién puede contener la necesidad de salir de las guaridas después de este largo invierno. La vida social, la reanudación del consumo, de las cenas o del poder liberador de una cerveza se han revelado eficaces manifiestos electorales de mayorías. El concepto "libertad" -o la palabra simple y desnuda sin más consideraciones- ayer era también la pancarta alzada por los jóvenes radiantes que desafiaban no sólo a la policía de calle y a los vecinos cabreados -la policía de balcón-, también a la llamada epidérmica propiciada por la efervescencia estacional.
Es demasiado pronto para hacer balance de este año raro. Los primeros recuentos los dedicaremos a las aritméticas de este desenfreno de fin de semana aunque acostumbrados a los misterios de los datos ya nos hemos inmunizado -antes que al virus- a la oscuridad contable interesada o incompetente que nos llega. ¿Conoceremos con certeza los números reales de bajas causadas por la peste? Estadísticas, ciertas o no, que trasladadas al entorno cercano han sido una tragedia con nombre y cara cuando nos ha tocado de cerca.
Entre los supervivientes estamos los que colgábamos carteles optimistas y aplaudíamos puntualmente y que nos hemos escapado -¡que así sea! - de las garras de estos bichos imperceptibles. Privilegiados como somos nos hemos habituado a esquivar el contagio con rituales que han venido para permanecer. ¿Veremos el transporte público exento del uso de las mascarillas otra vez? Tardará. Es muy posible que salgamos de esto no siendo demasiado mejores personas, pero habremos aprendido nuevas estrategias mientras los jóvenes ya no se lavan las manos tan a menudo, se empapan en el desenfreno y reclaman una oportunidad.
La noche que abatió el toque de queda será un hito en la memoria de aquellos que se expusieron, un desafío irresponsable como un ensayo osado del cual, esperemos, no tengamos que lamentar las consecuencias. ¡Que lo podamos contar! Los Mossos han hecho pública la lista de pretextos alegados durante el confinamiento: de la fuga de agua en la segunda residencia -¡un éxito! -, a quien paseaba una cabra o un cerdito recién adoptado, quien pretendía concretar una relación virtual o quien argumentaba que su mujer era insoportable. Y el más tradicional en todas las pestes que nos han asolado, encender velas a algún santo, la Moreneta también ha tenido que dar la cara y testimoniar a favor de algunos feligreses. Ilustrados reclamando la condición de seres libres e incluso algún delincuente habitual quejándose porque se vulneraba el derecho a ganarse la vida virtuosamente.
Para continuar con los argumentos creativos y llamativos podríamos añadir el que discurrieron los reunidos el sábado de madrugada cuando la policía les reprochaba la actitud incívica por las asambleas sin medidas de protección. Aparcadas las fugas de agua, que ya eran de cerveza pasada por el riñón, adujeron que estaban allí -sin techo alguno- para protegerse de la caída descontrolada del cohete chino que daba trompicones enloquecido por las latitudes terráqueas. Un joven mirando hacia el cielo le mostró la gorra a un agente con lo que pretendía reforzar el sentimiento de angustia por si también caían entre la chatarra espacial un astronauta -o algún marciano-.
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