Informa la prensa local balear, en una breve reseña de la sección de sucesos, que han hallado el cadáver de un hombre de 55 años en Palma de Mallorca. No se aprecian señales de violencia y las causas del traspaso, según los indicios forenses, serían naturales. Por lo tanto, ha sido una muerte que ha llegado cuando tocaba si menospreciamos las numerosas botellas de cerveza vacías, el cúmulo de colillas y los envoltorios arrugados de los paquetes de tabaco que rodeaban el sofá donde la policía lo ha descubierto. Un proceso de autodestrucción, según los defensores de una vida saludable, que el finado habría logrado exitosamente. No me arriesgaré a considerar el estado de las sartenes y de las parrillas en el desorden de la cocina donde este cadáver, por ahora anónimo aún, refreía la sebosa vianda nociva para las arterias, tan suturadas de colesterol del malo que han terminado por convertirse en una barricada a la vida y a una presunta existencia sórdida. ¡Qué quieres! Un hombre solo de una generación abocada al borde de la dejadez porque una mujer no le cuida y que no sabe planchar ni un pañuelo de bolsillo, aporta una viuda dolida, quizás en venganza por la displicencia del personaje en vida.
No os describo más el panorama propio de una película policíaca mala o de terror, según se decanten los hechos. Bien podría ser la primera escena de una serie de muchos capítulos en el deambular por los rincones biográficos del anónimo -por ahora- cadáver. Un abuelo ocioso casualmente de paso, a quien le delatan las bolas de jugar a la petanca, es de la opinión de que se trata de una baja vírica ya que la pandemia causa estragos y, mientras los profesionales de la funeraria sacan los despojos del portal hacia una franca furgoneta refrigerada, se ha asegurado de que lleva bien puesta la mascarilla dando unos pasos hacia atrás, por respeto y por precaución -¡No somos nadie! -ha soltado en un sentido panegírico luctuoso dirigido a un soldado desconocido de la vida.
Los vecinos ya desconfiaban. No le veían. Tampoco respondía al timbre. La policía se había desplazado en más de una ocasión sin obtener ninguna respuesta del hombre al que acaban de certificar las razones de los silencios y de la falta de vida social. De hecho, corrobora la vecina del segundo primera coincidiendo con la viuda, que tampoco desperdiciaba su existencia en expansiones vecinales si excluimos las idas al supermercado y al estanco de la esquina. Lo describen como un individuo de vagar muy ocasionalmente y solitario. Nadie, de los interrogados, sabe precisar cuándo lo vio por última vez. Tampoco la estanquera, esta sólo aporta al interrogatorio formal del caso que le parecía que compraba el tabaco al por mayor, de dos en dos cartones. Se lamenta por la pérdida, no precisa el tiempo, de un buen cliente al que regalaba un encendedor de propaganda a cada pedido -¡Buen cielo, chico! -ha murmurado en genérico sin personalizar ya que tampoco sabe cómo se llamaba.
Lo escalofriante del caso, sin embargo, no es que haya muerto -una certeza a la que todos estamos predestinados- sino que hace cinco años; sí, cinco años, reiteran los forenses, que está sentado totalmente consumido en el sofá delante de la televisión sin cambiar de canal. Un esqueleto vestido y espatarrado en el diván esperando que alguien le echara de menos. La policía habría iniciado las gestiones para identificarlo y confirmar que se trata del hombre que residía en el piso. El avanzado y descarnado estado de descomposición les obligará a hacerlo con pruebas de ADN. El juez que ha efectuado el levantamiento se lamenta al funcionario de turno, que ningún pariente lejano -de existir- no hubiera cursado ningún requerimiento relativo a la propiedad para que alguien hubiera desconfiado y poderlo encontrar antes.
Para pensar y darle algún tumbo. Sin querer ser irreverente me viene a la cabeza aquel cantante también de las islas, Bonet de San Pedro y los 7 de Palma, que, en la década de los cuarenta del siglo pasado, ponía armonía y ritmo trascendentes al -¿Rascayú, cuando mueras, qué harás tú?
¡Descanse en paz!
No hay comentarios:
Publicar un comentario