sábado, 13 de marzo de 2021

La anatomía de una silla.

Las sillas tienen una anatomía acostumbrada a soportar el culo de quien las habita. Las hay personales, de uso exclusivo e intransferible. Quién no ha hecho suya una silla del comedor de casa que a la vez ya tiene asignado un espacio propio. Desayunamos, comemos y cenamos siempre con la misma. Me atrevería a decir que, si por un casual nos la mueven del sitio, somos capaces de darnos cuenta de que algo no funciona. Nos falta la energía y el calor que hemos ido acumulando día tras día -tú y la silla-. Muebles, por tanto, las sillas, que también deben percibir las particularidades de quien las apadrina y adquieren una especie de vida propia. Acabamos por desarrollar un afecto recíproco sin discursos sino con gestualidades y contorsiones diversas e íntimas con este utensilio tan ordinario.

¿Quién no ha participado del juego de las sillas? Un corro moviendo el esqueleto con la oreja y los reflejos afilados para sentarse así que la música se detiene. Quien cae, quien se demora y quién es el más ágil para no quedar plantado fuera del envite. Hay estudios fundamentados que demuestran que, cuando jugamos en casa como el equipo local, la silla nuestra se pone bien, nos tiene querencia, se acerca disimuladamente con cierto magnetismo afectivo debilitando un poco al equipo visitante. Se ha probado que llegan a trastocar el equilibrio y la gravedad cuando perciben un trasero extraño o ajeno. La silla, pues, es una sensible meticulosa con las partes posteriores.

De morfología muy diversa. De variada estructura, color y textura. ¡Ay, la silla! De hecho, si le buscamos los tres pies, a la silla, podría surgir el minimalista taburete, sin brazos ni respaldo. Las hay como la osamenta de un pollo a l’ast, extremadamente simplistas y sin complementos funcionales aprovechables de ningún tipo. O las de linaje acogedor que te abrazan, rollizas rozando la obesidad, como el butacón de leer o de descabezar un sueñecito con aires altaneros y firme. También aquellas que buscan la cuadratura del círculo -o al revés-, los balancines, que nos cuestionan si son hermanos de sangre o primos lejanos de las estáticas sillas. Podríamos columpiarnos muchas horas polemizando qué existió antes, si la silla o el cansancio.

Sillas de poca monta, poco formales, que suelen calzar zapatillas y parecería que visten un chándal. Sillas de domingo con corbata de lazo, perfumadas y escrupulosamente ariscas -¡ojo, no me pringues!- de la especie del mírame pero no me toques muy sensibles al polvo estático. Sillas de formato asambleario como el tradicional banco espartano y el escaño de madera en el campo; o el sofá, el summum para practicar la cohesión social que fomentan los encuentros en pareja.

Con un ramalazo dominical, con aires de banco de misa, existen las sillas profesionales asociadas al sudor burocrático firmemente amarradas a una mesa de despacho. Un híbrido entre el balancín y un versátil sillón aerodinámico con ruedas. Di con qué silla te juntas y te diré quién eres. Sillas alcanzadas por largas escaleras de caracol. Sillas de por vida, como los sedosos tronos dorados. Y las veleidosas sillas de recorrido corto y parada final de tendencia inestable, aquellas que se adjudican a criterio y voluntad de los sufragios. Elije el adjetivo: variables, mudables, volubles, inconstantes, caprichosas, arrebatadas, volátiles, caprichosas, traicioneras...

Me contaba con cierto pudor el usuario efímero de una de estas sillas infieles previendo el descalabro emocional de la separación -resuelta en divorcio con papeles de urna- que comenzó cuidadosamente a desmontar preventivamente la silla -algunos compañeros de trabajo sólo se llevan la grapadora-. Hoy un reposabrazos, después una rueda, mañana el respaldo y así hasta que volvió a componerla en casa, en su despacho. Se le enternece el talante cuando recuerda el día que birló la última pieza del rompecabezas, el acolchado reposacabezas que corona el ergonómico respaldo. -¡Ni se te ocurra! -me soltó con la mirada ida. Aquella ingrata silla cambiada de lugar mudó también de condición, y por inverosímil que pueda parecer, la silla en casa no le reconocía el culo. Añoranza, melancolía o, lo peor, ingratitud. A saber, las fábulas con sillas también quieren proponer una enseñanza útil o moral y alegórica donde los seres inanimados hablan y obran como si fueran seres políticos humanos o racionales. Podríamos cerrar esta tal y como reza el dicho popular, quien fue a Sevilla perdió su silla.

 

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