La semana santa era como un paréntesis triste que a la vez se resolvía en un estallido de retorno a la vida con una resurrección que suele emparejarse con el rebrote vital que supone la primavera. El anuncio de la exuberancia en la verdura, los conciertos ornitológicos proclamando la vida y la alegría por el retorno al nido que las golondrinas tienen adosado a la barbacana del tejado preludian el renacimiento del ciclo de la vida en el calendario de las estaciones. Dicen que el domingo de ramos tiene su origen en rituales acogidos por nuestra tradición religiosa para celebrar esta explosión de savia renovada.
Días de cuaresma y bacalao, de abstinencia con pasas y huevos duros sin tocino que lo aliñe aún perduran en algunas casas. Como las eternas sesiones de iglesia que prescriben los rituales litúrgicos de esta semana santa regida por los caprichos lunares. Tiempo de penitencia y privación que no hace demasiadas décadas era espartanamente respetado. Días tristes, oscuros, para reprimir toda manifestación que no sea de duelo rememorando como los hombres matan a los dioses que precisamente por su divinidad salen andando de la tumba y ascienden al cielo.
Días de penitencia y privación que este año también resucitan sitiados en burbujas laicas recluidas y en la falta exasperante de vacunas curanderas. Privados de encuentros sociales para no recaer en el pecado capital del contagio nos desplazamos en lentas procesiones de dolor con una bula de convivencia comprimida para demostrar que, como las golondrinas, tenemos asilo en el mismo nido. Y los Mossos de Esquadra, secuaces en la tierra de San Pedro portero del cielo, recuentan pecados y pretextos que nos han de cerrar o abrir el acceso al pueblo elegido. Se han dado excepciones sospechosamente indocumentadas porque uno de los expedicionarios penitentes vestía túnica e iba descalzo con un cirio en la mano.
De la vehemencia medieval por alcanzar la piedad divina para que los demonios de la peste no nos alcanzaran se quemó mucha cera y se hicieron muchas promesas, sacrificios y restricciones sobrepuestas a las prescritas por las autoridades morales de aquellos años de pandemia sin luz ni remedio que no consistiera en dejarlo en manos de los dioses o de las fuerzas de la naturaleza perfumados con incienso divino. De la creencia en la ciencia que ahora nos permite los sahumerios de paracetamol que ungen a los elegidos, los bendecidos por la mano de una enfermera después de que nos hayan vacunado mientras recita con solemnidad el sermón de los posibles efectos secundarios. ¡Que te sea leve!
Y la procesión empantanada de este año todavía tan extraño transcurre pobre y sin demasiados alardes. Los mazazos graves de timbal con los acompasados repiqueteos fulgurantes de las lanzas contra los adoquines -antes del confinamiento nocturno- anuncian la cruzada entre los armados, defensores encarnizados de la muralla, y los mercaderes del templo que nos tientan con quesos de cabra y miel de romero artesanos a los peregrinos del todo terreno.
Paciencia y templanza mientras no nos acabe de redimir la ciencia.
¡Buena Pascua!
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