El amor en tiempos del cólera es una obra que los críticos literarios consideran capital en la producción del Nobel colombiano. Narra la desgraciada relación enmarcada en un triángulo amoroso de principios del siglo pasado que se sostiene durante muchas décadas sólo por carta y mediante el telégrafo. Distancia, manos demasiado limpias y una mascarilla mensajera con sello. En el amor en tiempos de pandemia se afilan los sentimientos o se diluyen las idealizadas pasiones concretadas en frustración bajo el epílogo de la ausencia. En materia amorosa se nos pone a prueba y lo que fuera cierto corre el riesgo de convertirse en sueño ya que el recuerdo nos acaba haciendo dudar por encima de la misma verdad.
La locura en tiempos de la peste que nos trastoca y nos hace bailar en la cuerda floja a riesgo de despeñarnos afectados por un aturdimiento mental con nosotros mismos o defendiendo una burbuja sentimental sin papeles y, lo más duro, sin epidermis. Tiempo de metáforas, de añoranza, de promesas y de reencuentros inciertos. Con un hasta pronto en el horizonte difuso sin un reloj que marque las horas. La distancia -y la ausencia- es una condena más que una medida cuando el riesgo del reencuentro se convierte en una prueba de amor a vida o muerte, podría argumentar uno de los personajes en un exceso melodramático ajustando las cuentas justo en el preciso momento en que la vajilla de la ruptura sobrevuela peligrosamente los espacios con destino a convertirse en añicos.
Pongámonos en la piel de aquellos que, coincidiendo con la edad del hallazgo urgente, se ven abocados al cierre y al mercadeo frío de las emociones vertidas en una pantalla plana sin mensajes ingeniosos, sin un poemario de cabecera -un buen recurso, aunque tronado-. De los que habitan bajo la custodia de las madres alteradas por si además de buena persona, limpia y trabajadora, no se despoja no sólo de la mascarilla bajo ningún concepto. Cuidado, que el abuelo vacunado subsiste al borde afilado de la precariedad existencial, aleccionan despidiéndose mientras no acaba de llegar el ascensor, la góndola con destino a un paseo arriesgado por los canales dominicales de un encuentro azaroso. Redimidas por el confinamiento nocturno, las angustiadas madres se ahorran, eso sí, de imponer la hora de vuelta a casa.
De todos colores y para todos los gustos, es la magia del amor en mayúsculas o del ofuscamiento ocasional. Un combinado de emociones que cada uno hace suyo según la flecha que lleva clavada en el corazón como tatuada en la corteza de un roble viejo. La imagen tópica de una pasión que necesita hacerse visible y que poco a poco el tiempo y la convivencia, pueden marchitar. Reclusiones en jaulas de oro con un canario que desafina. Esperas eternas de flaca recompensa emocional, de indiferencia disimulada contrastadas con soledades literales que casi se elegirían de poder escoger. Mejor solo que mal acompañado, un himno para el desencanto y la monotonía que se escucha en algunos balcones a las ocho en punto.
O el tiempo de una oportunidad, para rehacer, reanudar o empezar una relación a pesar de las condiciones y las barreras -con y sin mascarilla-. Tiempo de telégrafo inalámbrico, de mensajes breves, fríos y reiterados para los que continúan reflejándose en la luna en un instante de conjura temporal, al unísono, como levantando el dedo desde la lejanía. ¡Existimos más intensamente porque alguien especial nos ama y nos redime!
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