Ayer las pantallas satinadas del mundo mediático dedicaron un minuto de silencio al consorte de la reina Isabel II del Reino Unido, la matriarca política de los cincuenta y cuatro miembros de la Mancomunidad de Naciones. Algo que la convierte al mismo tiempo en la gobernadora suprema de la iglesia anglicana. La retransmisión nos mostraba como en el estricto y medido protocolo del funeral el duque de Edimburgo desfilaba, de cuerpo presente todavía, excepcionalmente delante de la reina.
La audiencia -también la de cuerpo presente- condicionada por las medidas pandémicas se consolaba comprobando como los ricos, los poderosos y los reyes, por ahora, también se mueren. El poder democrático de la muerte con un billete hacia el más allá inevitable y una gaita sonando es implacable. Músicas para faraones mientras el espíritu cruza el Támesis con destino a los anales apergaminados de los Windsor en un Land Rover acondicionado por el mismo protagonista, una versión actual de la barca de Caronte bien peculiar, un guiño a la industria británica con un mito de los primeros cuatro por cuatro, asegurando que en la empinada ascensión por un camino de cabras no le detengan un árbol abatido o un pedrusco inoportuno de mal brincar.
El compañero de la reina ha tenido que asumir por imperativo legal el feminismo de sangre azul a la sombra de quien ostenta la corona más respetada del mundo. ¿Quién ha cuestionado a la familia real inglesa? La ranciedad del linaje sin sobresaltos, que no hayan sido documentados por la exitosa serie The Crown, tiene las raíces de un árbol centenario al que las tormentas ocasionales lo han sacudido sin tumbarlo, parece que sólo lo previenen y lo fortalecen. La mortalidad de la carne no evapora los privilegios de la estirpe real y si el príncipe ha muerto, ¡viva la reina! Los legados monárquicos no están para monsergas, se heredan, toca a quien toca por riguroso turno con derecho a la sucesión sanguínea sin ningún otro requisito ni aptitud específica.
Desaparece la sombra de la reina, el paso atrás protocolario frente a la enérgica y fría mujer de semblante glacial saludando sin arrebato pasional desde una carroza dorada. Cien años casi redondos dan para contar muchas batallitas vestido de almirante y cargado de medallas. Un príncipe padre de reyes condenado al papel de secundario eternamente. No debe haber sido fácil asumirlo para un hombre del siglo pasado sin que chirríe el guion del cuento de hadas que rodea a estos personajes con tanto poder terrenal -y divino en el caso de Isabel II-.
Por si os decidís, una oportunidad laboral más en tiempos difíciles, os informo que en todas las academias de aspirante a príncipe para convertirse en rey consorte de facto ponen de modelo a esta pareja inglesa que ha hecho efectiva una larga vida sin escándalos torpes. La exquisitez conyugal que han modulado ha sido el espejo donde todos los aspirantes a reyes y reinas con corona se querrían reflejar. ¿Qué ha trascendido, al margen de pequeños asuntos humanos que presuntamente salpican la fidelidad doméstica? Nada de imperdonable. Han reinado con eficacia y provecho sin desvelar el misterio de la fortuna de la reina. Un enigma que no quita el sueño a los súbditos ingleses, al contrario, parecería que les adula, que la señora figure entre las fortunas catalogadas más inmensas.
¡Buen reposo, príncipe! Tendremos que esperar a como se desarrolla el árbol genealógico de los Windsor, como prosperan las diversas ramas y cuando el presunto heredero, Carlos príncipe de Gales -conocido como el Orejas-, sucede a su madre ya que es el primero en la línea de salida, quien ha logrado por méritos personales la pole position en la fórmula uno del Reino Unido. Por ahora, yo y la humanidad informada, esperamos intrigados hacia dónde se decantará la historia. Esperamos ansiosamente la nueva temporada de The Crown que aportará toda la luz y la objetividad biográfica verificadas hasta ahora.
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