Los atemorizados hemos descorchado el cava porque la ciencia ha obtenido en muy poco tiempo el enigma de la vacuna. Justo levantada la veda de la temporada de caza del virus, los sabios -curándose en salud como acostumbran- predecían que deberían pasar un par de años o más para encontrar el brebaje que nos curara. La carrera y la competencia entre laboratorios han obrado el milagro en un tiempo inaudito. Un suspiro sísmico universal se ha detectado en las cuatro esquinas de la Tierra si ésta tuviera aristas y no fuera redonda como una pelota. La salvación en una nevera de playa de buen transportar -anuncian- ya está aquí.
Pero cuando la barca apenas arribaba a buen puerto, cuando todo funciona, puede suceder que se vaya la luz o baje la marea. Y estos días la oscuridad invade y enfría el entusiasmo porque se está secando la fuente del milagro. Se ha interrumpido mucho el caudal del suministro de la vacuna por falta de existencias. ¡Apaga y vámonos! Y ahora qué. Casi podríamos anticipar los próximos capítulos de esta serie interminable con oscuros personajes que navegan por las aguas encantadas intentando asaltar a los peces con todo tipo de artes, desde el palangre a la red de arrastre. Porque la luz se ha ido y es el momento propicio para pescar en empantanadas charcas turbias.
De los avispados negociantes a los que se cuelan en la cola del mercadillo del remedio -¡Reina, cómpreme una vacuna, que las llevo frescas! quedan un par o tres de telediarios con las oscuras noticias de la pandemia para que todavía aumente más la demanda. O de las caravanas a países donde la campaña para administrarlas transcurre por senderos de manga ancha. Turismo sanitario como el de los destinos turcos especializado en resucitar flequillos. ¡Sol, playa y vacuna! No nos lo pensemos, arriesguémonos a coger un avión repleto como una lata de sardinas y aprovechemos para huir de estas borrascas tan gélidas que nos embisten con destino a un invierno tropical alejados de una mesa electoral.
Este tiempo de intensa vida doméstica me ha comportado de poder deambular por la historia gráfica de la saga familiar, custodiada en una caja de zapatos de domingo. He podido seguir el relato gráfico desde fotografías de estudio retocadas a mano con los antepasados el día que se casaron vestidos de veintiún botones. Me he reconocido en la infancia. Fotos con el barniz sepia del tiempo, en blanco y el negro del momento y las coloridas que van perdiendo el brillo. Desordenadas o dispuestas según los caprichos de los fantasmas que las habitan, un desorden de instantes a capricho del azar que he intentado organizar por la textura del cartón o por el grado de parentesco. Por el garabato de la fecha escrito en el reverso. También lo podría hacer por simpatías, por el aprecio o por si son de verano o de invierno. Me he fijado en las sonrisas desgarradas de aquellas bocas descerrajadas que casi ya no existen. En los calvos cercanos y el legado consanguíneo, una boina para tapar las miserias capilares.
Me he entretenido a desenterrar las angustias, los sufrimientos o si el incierto final de algunos ya venía preludiado en el posado o en las sombras que proyectan estas estampas condenadas a una caja de zapatos de domingo. Como una bola de cristal del pasado. Qué pandemias, no sólo las víricas, les tocaron soportar. Qué hechos ajenos a sus voluntades los angustiaron. Antes de adentrarme en la búsqueda trascendente pensé que a no tardar demasiados años, en un ensayo para definir los períodos glaciares de los antepasados cercanos desde los fósiles de esta caja, podríamos definir las eras geológicas de la parentela por determinados rasgos. Los sin dientes o los mellados y los sin pelo nos convertiremos en anacronismos biológicos gracias a los prodigios de la medicina reparadora. Aventuro, sin embargo, que aparecerá un nuevo prototipo de la especie humana fundamentado en las orejeras, porque los pabellones auditivos con la pandemia habrán perdido muchos grados del paralelismo respecto del cráneo, desplazados del horizonte del cogote. Unos abanicos nos delatarán como postpandémicos evolutivos a quienes la mascarilla ha moldeado la fisonomía, el perfil y, sobre todo, el talante.
Os anuncio que estos días vivo desconcertado ya que la vecina de enfrente -al otro lado de la calle- me ha abandonado. Una tarde, el pequeño y acogedor espacio se ha ido llenando de cajas y sospeché que ella -y el gato- nos dejaban. Durante esta temporada de reclusión domiciliaria no nos hemos saludado nunca, ni un triste gesto. Podría confirmar que nos hemos observado mientras poníamos quilos -¡el gato también! -para sobrellevar entretenidos esta sensación angustiosa. Se ha ido, sin despedirnos, a la francesa. Aunque nuestra relación fuera lejana e indiferente bien merecía un adiós a la manera como se despedía el pasaje de los transatlánticos en la dársena cuando partían a las Américas. Tampoco el orondo felino me ha dedicado un coletazo cargado de nostalgia marinera al estilo Bella Lola blandiéndola como el pañuelo cuando no me saludó. Demasiada cautela a no dejar rastro... Me figuro una maniobra astuta para que un servidor público vestido de cartero no le entregue un certificado confiriéndole cierto protagonismo en la inmediata fiesta de la democracia.
El revuelo ya anuncia nuevos inquilinos en el vecindario. Desconozco si tendrán un perro o un gato, pero -por ahora- colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En febrero, el mes de los gatos.
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