La previa ha sido la convocatoria judicial en contra de lo que opinaban los políticos -por una vez con cierto consenso- y prescribían los entendidos, los del gremio de la sanidad. Convocar las elecciones al Parlamento de Cataluña por San Valentín ha sido, al margen de una cursilería sentimental, una temeridad que los médicos desaconsejaban. Ya decidida en firme la fecha, en el fragor de las brasas electorales, habrá un despliegue especial que invalidaba la dinámica cíclica puesta en marcha en consultas electorales hasta ahora si descontamos aquella mítica de las porras policiales del 1-O, que se celebró como en otra liga menos profesional.
Crear opinión respecto de la seguridad ha sido complicado. El miedo es libre y el temor a la pandemia nos lo han endosado profundamente a fuerza de reiterar los datos sanitarios con el riesgo de contagio y el terrible número de decesos que la peste ha causado. Cambiar el miedo por la precaución, dejar salir a los ancianos de las residencias por si querían votar aprovechando un inofensivo paseo mañanero, no es cosa de un día para otro. Sucedió que el gran día no era el más propicio para poner en marcha a los abuelos sin envolver, la lluvia y el frío no invitaban al ocio dominical de este San Valentín tristón y gris.
Organizar la jornada ha sido un lío y una lucha de voluntades formidables. El protagonismo para formar parte de una mesa electoral se ha percibido como una plaga bíblica que llegaba con una certificación postal anunciando la buena nueva, ser o no ser miembro con permiso para contagiarte. Este ha sido el motivo fundamental por el que cerca de un 40% de los elegidos en el sorteo hayan alegado, entre otros motivos fundamentados, fobia a los espacios ventilados o avanzados embarazos psicológicos de más de siete meses.
Las medidas para los caballeros entablados de las urnas cuadradas han sido abundantes y generosas, mascarillas, pantallas faciales, guantes, gel desinfectante y un equipo como una armadura futurista de protección individual de alta seguridad. Además, se les facilitó, si así lo solicitaban, un test de antígenos previo al torneo pactado a jornada completa y sin sangre. Debían tenérselas tiesas con el carné de identidad sin tocarlo, desde la distancia con unas pinzas de mango largo.
Un desafío nunca visto que ha deslocalizado sedes electorales hacia lugares más propicios y espacios más aireados en un breve plazo que confirma la vocación de cabo furriel demostrada por los catalanes cuando la patria nos uniformaba. Un dispendio de energía que ha llegado a buen puerto a pesar de la abstención esperada. La participación ha sido del 53,5%, un éxito democráticamente incuestionable si se tienen en cuenta el miedo al contagio, el contexto feo, lluvioso y frío que favorecía el desencanto que se cernía por encima de las urnas. Virus, desmotivación, tormenta y quien, a estas motivaciones para no ir a votar, añadía el catálogo de políticos que se podía elegir.
La lección de civismo, de eficacia y de sacrificio ha sido ejemplar. Así lo vivimos quienes fuimos a ejercer el derecho fundamental -como dicen- aquellos que nos tragamos el miedo y la indiferencia blandiendo una papeleta. Ver las colas disciplinadas, distantes y obedientes daba gusto. Un ritual silencioso, dominical, una especie de desfile de cofrades ejerciendo el sacramento cayendo en la tentación de descubrir los pecados del voto ajeno. Quién no ha jugado en estas circunstancias a querer adivinar a quién votarán los que nos rodean. A encontrar indicios en el color de la vestimenta o en los complementos del electorado presumido -o no- que delataran sus preferencias. Por allí, arbitrando el torneo de la fiesta de la democracia, también rondaba el caballero del Verde Gabán -como diría Cervantes-, el apoderado de la extrema derecha. Una novedad formal en esta edición.
Y a pesar de todo, votamos. Y sin embargo, cuando despertaron, el dinosaurio todavía estaba allí -como escribió Monterroso-; si se prefiere podríamos hacerlo nuestro y cercano, al microrrelato, afirmando que cuando nos hemos levantado, el dragón todavía está aquí. Los independentistas para diferenciarlos de los catalanes, como nos catalogan los del verde gabán, seguimos siendo un problema. El inmenso batacazo a Rivera, a la Arrimadas y a sus escuderos figurará en el hito electoral para explicar cómo se ha acabado destilando la presencia de la extrema derecha en las instituciones -el dinosaurio, pues, todavía pasta-. Espero que sólo sean anécdotas políticas que pasen únicamente por arrinconar los eufemismos y las maneras.
Añoraremos el oasis parlamentario.
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