De
cuando el mundo se derrumba y una palmera se vuelve símbolo de los tiempos que
corren. Protegidos, enmascarados y con las manos bien desinfectadas justo
en el instante fatídico en el que un árbol cansado de ofrecer sombra tropical
-fuera de contexto- decide colapsar aplastando a una persona desprevenida,
ajena a las consecuencias de sentarse justo en el banco letal al amparo de una
palmera asesina, como ha acontecido en el Parque de la Ciutadella. Para
reflexionar sobre ello en medio de los peligros inmediatos que nos acechan y
que superan el poder mortífero de las palmeras homicidas.
Ya
hace días que al disfrute de las vacaciones se sobrepone un velo que intimida,
como una sombra de palmera poco fiable, porque aquellas tienen los días
contados en una vuelta a empezar cargada de incertidumbre. Principalmente
por el retorno a los centros escolares en una conjunción delicada entre lo
estrictamente sanitario añadido al papel tradicional que la sociedad otorga a
las instituciones educativas, la formación integral de los alumnos que, ahora,
rebasa el estricto concepto de aprender. Empezar con la máxima seguridad
que la circunstancia se comporta -condicionada por los recursos y por los
espacios- contando con la corresponsabilidad y confianza de las familias es un
reto absolutamente nuevo que pone a prueba la tarea de los profesionales que
trabajarán en primera línea, en las escuelas con una serie de prevenciones
ajenas a lo que conocíamos como los inicios de curso normales. Buen
curso, pues, con el reconocimiento a aquellos que en las aulas aportan
profesionalidad y, sobre todo, paciente tenacidad en esta adversidad que los
desafía.
Ahora
me doy cuenta que pedaleo por la senda errónea ya que debería haber comenzado
la crónica y abierto la edición con el asunto Messi. Qué hay más
importante, ahora mismo, que la determinación del rey de las pelotas de oro de
abandonar Can Barça. A diferencia de la fuga del otro monarca dorado este
ha alertado dejando unos días de margen revelando el destino preferido mientras
no llega el desenlace. Tengo escrito en alguna página que, al fútbol, se
juega con los pies, una reflexión que me ha valido más de una reprimenda de
aquellos que entienden y están al tanto. Validad, por ello, con buena
voluntad los análisis futbolísticos derramados con atrevimiento y más
ignorancia aún en la materia.
La
cosa de la pelota no pasa por el mejor momento con el Espanyol en segunda
división, el Girona privado una vez más del ascenso a primera y la derrota
ignominiosa del Barcelona en la Champions. Un
curso futbolístico, el catalán, para olvidar. Esta competición deportiva
ha querido estar también a la altura de este 2020 que quisiéramos borrar en muchos
ámbitos. Todo ello aderezado con que si el Barça es más que un club, Messi
ha sido más que un jugador. Vuelan bajos los puñales afilados de la
revancha, los despropósitos y las dinámicas envenenadas mientras uno de los
mejores jugadores de la historia barcelonesa decide hacer maletas buscando un
césped más propicio donde pastar trofeos conjurando la sequía de copas y los
agujeros negros en el Camp Nou ahora que comienza el ocaso de los
semidioses. Mantener la excelencia es el hito más pesado de todos, más
titánico aun que mejorar porqué alcanzada la gloria cuando parece que nada se puede
superar, sólo puede acontecer que la tendencia decaiga, como si la gravedad
implacable en la gestión de las temporadas hubiera ido trastocando la pelota en
una piedra maciza.
El
impacto de la noticia ha provocado una marea de ondas concéntricas de alcance
mediático sideral. Quién se resiste a no buscar los motivos, los
culpables, las consecuencias y el juego sucio que podrían rodear el asunto. Analistas
del callo sensible, expertos en moratones y contusiones diversas viven
explorando los indicios más inverosímiles mientras una parte de la sociedad
vive ajena al juanete del Messi y de las maniobras de Bartomeu y de sus
secuaces regateando al delantero y al socio -que no se debería poder engañar,
como predicaba el presidente Núñez-.
Los
partidos políticos y los clubes de fútbol comparten unas similitudes
extraordinarias. Militar como socio en un club o estar afiliado a un
partido requieren de una fidelidad y de un compromiso cercano al dogma con
himnos, banderas y camisetas que visualizan, expuestos en el escaparate de una
valla electoral o en una bufanda, los sentimientos que iluminan la manera de
entender, incluso, la existencia. El apoyo que la grupalidad confiere
carga de complicidades y de rituales tanto un mitin como un derbi. Debido
a la inmediatez propiciada por el estadio podemos abuchear o maldecir en
directo, sin embargo, a los protagonistas, a la directiva o a los jueces
plenipotenciarios del alto tribunal de los árbitros asistidos por la razón -o
no- y por VAR. Conocer el peso de las aficiones deportivas contrastadas
con las llamadas a las urnas y la opción ejercida sería un ejercicio sociológico
bastante interesante. Sin duda que nos podríamos fijar en los intercambios
frecuentes de camisolas.
El
deporte nacional por excelencia tiene un punto de confrontación bélica entre
enemigos -rivales- deportivos que propician el desafío y el encontronazo entre
futbolistas y, a menudo, contra el entrenador o la directiva. No siempre
el juego limpio por parte de todos los estamentos implicados tiene suficiente
predicamento cuando sólo vale ganar -vencer- o derrotar al
adversario. Otro punto en común con los procesos electorales ajenos -o
paralelos- al universo del balón.
Termino
con el proceso de redondeo del rectángulo -un campo de marte con césped-
contrastando el deporte practicado fundamentalmente con los pies con el que se
ha calificado de fiesta nacional, los toros, el antecedente muy mayoritario,
también en tierras catalanas, antes que el fútbol se impusiera. La
tauromaquia recuerda que Manolete -el Messi de la capa i el estoque- fue atropellado mortalmente –no por una
palmera ni por el apoderado- sino por un miura del calibre de un trasatlántico
con cuernos a finales de agosto justo hace setenta y tres años. En
esta cuadratura del círculo el ritual adquiriría una trascendencia más que
dogmática, mística y devota. El terno de los toreros y los ornamentos de
los sacerdotes. La procesión que iniciaba las corridas de toros. O el
sacramento de la muerte, un sacrificio precedido por el derrame previo de la
sangre hablan de cuando los hombres pretenden trascender no de falta directa
sino cortándole las orejas y el rabo a un magnífico toro bravo abatido en el
suelo arenoso y áspero de un círculo atávico. También los sociólogos
podrían estudiar las preferencias taurinas respecto del electorado.
El
Messi de los toreros, Manolete, se alojaba, cuando toreaba en Barcelona, en
el Hotel España, propiedad de la familia Gaspart, un descendiente
de la estirpe fuera presidente del FC Barcelona.
¡Buen
curso, que tengamos suerte! -como solicitaban los toreros brindando con un
toro desenfrenado galopando por el círculo solar.
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