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Barcelona estos días es regresar a la ciudad preolímpica, un viaje al pasado
cuando en agosto el vacío era casi generalizado y un regocijo para los que la
paseaban a lo ancho, casi en soledad repudiando a los quisquillosos semáforos
de esquina. Sólo cuatro damnificados, algunos ataviados de agosto
canicular con la bolsa de trabajo a juego con la cara de circunstancias, sin
poder huir del bochorno y del asfalto recalentado. Una Barcelona,
podemos decir, nunca vista. Una ciudad decorado acicalada de pobre para
una película de catástrofes en general y postpandémica en particular. ¡Qué
pena!
Acostumbrados
a las vistosas riadas humanas que desaguaban en ella, a la actividad frenética
también en agosto desde que es destino elegido del turismo ecuménico, asistir a
la ralentización que sufre este verano es sobrecogedor. Ver la
prolongación del paseo de Lluís Companys por el parque de la Ciutadella
literalmente sin ninguna persona, o las calles de renombre -aquellas que nos
suenan a los de pueblo- sin casi peatones sorprende. La postal atípica de
este verano es catastrófica. ¿La reanudación dela vida comercial en
septiembre será con tantas puertas de establecimientos y comercios cerradas? Esperemos
que no.
Sobreviven
los estancos -en precario si prohíben fumar en la calle y en las terrazas
debido a los contagios por vaharada pestilente-, los bares sin la ristra
variada de tapas expuestas en la barra, los comercios de comestibles
familiares, alguna tienda de souvenirs estratégicamente bien ubicada sin
clientes. Quien compra un caganer
navideño fuera de temporada si no es un extranjero despistado. Los hoteles
que permanecen abiertos lo hacen también ociosamente con algún turista
solitario que se merecería una Cruz de Sant Jordi a la audacia. Las
panaderías que no han cerrado por vacaciones -estas también-. La casa de
los tatuajes continúa proponiendo los servicios habituales con un "Covid
me mata" como la oferta de verano a todo color en caligrafía gótica
que causa furor en las epidermis apergaminadas con mensaje.
La
ciudad descabeza una siesta abatida en las aceras de la Rambla a la sombra de
un sombrero mexicano. El cocinero contempla el panorama en la terraza del
restaurante del barrio mientras lía uno de papel. Sólo un par de mesas con
comensales observados por el artista de los fogones. Ensalada rusa o
gazpacho y pechuga de pollo rebozado con patatas fritas a dados, un formato
polivalente por si alguien las pide en versión bravas. No hay fruta
fresca, un artículo de duración breve que no se puede permitir la indecisión a
la hora de los postres. Helados, pasteles industriales y golosinas de
cámara frigorífica que no caducan con la predisposición natural con que lo
hacen los melocotones de temporada.
Este
año ha sido una diáspora estacional sin recambio. Pocas caras conocidas, algún
vecino que te planifica las vacaciones cantando las excelencias del turismo de
kilómetro cero o de proximidad. No tardaremos en volver a ver aquellos
adhesivos en las lunas de los vehículos que proclamaban los méritos de Sant
Miquel del Fai, "Mil años de historia, una maravilla de Cataluña"
mientras se alinean simétricos en una especie de vecindad solidaria con los del
Ripollès, tierra de condes y de corderos ecológicos en buena forma ya que
cultivan el pastoreo atlético por las laderas empinadas de la comarca.
Vaticino
un septiembre de álbumes también de proximidad y de bajo exotismo que no sean
las selfies con una vaca rumiando o una cabra indiscreta. Instantáneas que
ya habremos enviado a las amistades o publicado en las redes sociales con las
salpicaduras lejanas de los arroyos prohibidos al baño, panorámicas con
restricciones por los aludes de transeúntes también de proximidad que recuperan
las raíces y los caminos sin asfaltar de la niñez. Reportajes aburridos
que contrastan con la alegría del reencuentro y las comilonas con la familia
anticipando la celebración de las fiestas navideñas por un si acaso y porque
ahora todavía estamos todos. Entre los estruendos de la tormenta, los
estallidos festivos del cava fresco remojando la empastelada torta casera con moras
agridulces que habremos recogido en los márgenes de camino a casa.
Barcelona,
la damnificada, que también asiste a la deserción de aquellos que ya han
decidido, si la fibra óptica se lo conlleva, de marcharse para recuperar el sosiego
rural y los quesos de cabra artesanos. Pedalear por las rutas verdes del
carbón y del hierro en Sant Joan de les Abadesses es un privilegio, un
espejismo de verdura en medio de un concierto armónico de pájaros, de cencerros
y de naturaleza entre el rumor mortecino del agua.
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