lunes, 17 de agosto de 2020

Recuperando los quesos de cabra artesanos.


Visitar Barcelona estos días es regresar a la ciudad preolímpica, un viaje al pasado cuando en agosto el vacío era casi generalizado y un regocijo para los que la paseaban a lo ancho, casi en soledad repudiando a los quisquillosos semáforos de esquina. Sólo cuatro damnificados, algunos ataviados de agosto canicular con la bolsa de trabajo a juego con la cara de circunstancias, sin poder huir del bochorno y del asfalto recalentado. Una Barcelona, ​​podemos decir, nunca vista. Una ciudad decorado acicalada de pobre para una película de catástrofes en general y postpandémica en particular. ¡Qué pena!

Acostumbrados a las vistosas riadas humanas que desaguaban en ella, a la actividad frenética también en agosto desde que es destino elegido del turismo ecuménico, asistir a la ralentización que sufre este verano es sobrecogedor. Ver la prolongación del paseo de Lluís Companys por el parque de la Ciutadella literalmente sin ninguna persona, o las calles de renombre -aquellas que nos suenan a los de pueblo- sin casi peatones sorprende. La postal atípica de este verano es catastrófica. ¿La reanudación dela vida comercial en septiembre será con tantas puertas de establecimientos y comercios cerradas? Esperemos que no.

Sobreviven los estancos -en precario si prohíben fumar en la calle y en las terrazas debido a los contagios por vaharada pestilente-, los bares sin la ristra variada de tapas expuestas en la barra, los comercios de comestibles familiares, alguna tienda de souvenirs estratégicamente bien ubicada sin clientes. Quien compra un caganer navideño fuera de temporada si no es un extranjero despistado. Los hoteles que permanecen abiertos lo hacen también ociosamente con algún turista solitario que se merecería una Cruz de Sant Jordi a la audacia. Las panaderías que no han cerrado por vacaciones -estas también-. La casa de los tatuajes continúa proponiendo los servicios habituales con un "Covid me mata" como la oferta de verano a todo color en caligrafía gótica que causa furor en las epidermis apergaminadas con mensaje.

 La ciudad descabeza una siesta abatida en las aceras de la Rambla a la sombra de un sombrero mexicano. El cocinero contempla el panorama en la terraza del restaurante del barrio mientras lía uno de papel. Sólo un par de mesas con comensales observados por el artista de los fogones. Ensalada rusa o gazpacho y pechuga de pollo rebozado con patatas fritas a dados, un formato polivalente por si alguien las pide en versión bravas. No hay fruta fresca, un artículo de duración breve que no se puede permitir la indecisión a la hora de los postres. Helados, pasteles industriales y golosinas de cámara frigorífica que no caducan con la predisposición natural con que lo hacen los melocotones de temporada.

Este año ha sido una diáspora estacional sin recambio. Pocas caras conocidas, algún vecino que te planifica las vacaciones cantando las excelencias del turismo de kilómetro cero o de proximidad. No tardaremos en volver a ver aquellos adhesivos en las lunas de los vehículos que proclamaban los méritos de Sant Miquel del Fai, "Mil años de historia, una maravilla de Cataluña" mientras se alinean simétricos en una especie de vecindad solidaria con los del Ripollès, tierra de condes y de corderos ecológicos en buena forma ya que cultivan el pastoreo atlético por las laderas empinadas de la comarca.

Vaticino un septiembre de álbumes también de proximidad y de bajo exotismo que no sean las selfies con una vaca rumiando o una cabra indiscreta. Instantáneas que ya habremos enviado a las amistades o publicado en las redes sociales con las salpicaduras lejanas de los arroyos prohibidos al baño, panorámicas con restricciones por los aludes de transeúntes también de proximidad que recuperan las raíces y los caminos sin asfaltar de la niñez. Reportajes aburridos que contrastan con la alegría del reencuentro y las comilonas con la familia anticipando la celebración de las fiestas navideñas por un si acaso y porque ahora todavía estamos todos. Entre los estruendos de la tormenta, los estallidos festivos del cava fresco remojando la empastelada torta casera con moras agridulces que habremos recogido en los márgenes de camino a casa.

Barcelona, ​​la damnificada, que también asiste a la deserción de aquellos que ya han decidido, si la fibra óptica se lo conlleva, de marcharse para recuperar el sosiego rural y los quesos de cabra artesanos. Pedalear por las rutas verdes del carbón y del hierro en Sant Joan de les Abadesses es un privilegio, un espejismo de verdura en medio de un concierto armónico de pájaros, de cencerros y de naturaleza entre el rumor mortecino del agua.


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