Vivimos un agosto
de vacaciones en una sociedad que tradicionalmente solía paralizar la vida
durante este periodo. Bajaba la presión arterial de los latidos laborales
porque habíamos colgado el cartel de "cerrado". Este año agosto
es un mes raro, con asterisco. Venimos apenas de descolgar el rótulo de
"confinados" cuando el parón en seco de la actividad por la repugnancia
social ha sido demoledor.
El miedo al
contagio lo hemos integrado en la cotidianidad porque ya no podíamos vivir más
en la reclusión escrupulosa de cuando desinfectábamos incluso las
sospechas. Hemos fumigado a los fantasmas y a sus huellas, a los
envoltorios epidérmicos y, algunos, las ideas profundas. Nos ha costado
deshacernos del miedo extremo de los primeros meses para rehacernos, empujados
por la necesidad, y por no asfixiar aún más la economía de los sectores que
solían hacer su típico agosto. Entre la salud y el trabajo existe también
la necesidad imperiosa de desahogar el peso de los meses de encierro creídos
que la nueva normalidad era gemela de la anterior, pero no se parecen y ya
nadie las confunde. Las podemos identificar claramente en Instagram porque
una sale con mascarilla.
Vamos tirando con
cierta desilusión que nos hace ver que somos perfectamente
contagiables. Eso sí, con menos temor y con un punto más de
osadía. Como si los contagios fueran inducidos. Unos atacados
temerarios que pagamos una penitencia por los pecados cometidos. La ira de
la divina pandemia azotando a aquellos que llevan una vida nocturna sospechosa
y tumultuaria ajenos a toda protección y profilaxis empantanados en orgías
cargadas de promiscuos intercambios que conducen al pecado de la carne por la
concupiscencia desenfrenada después de tanta constricción. Algo que los
profetas de la contención ya nos prevenían. ¿Qué cuerpo de bomberos es
capaz de apagar las excitadas brasas nocturnas de esta tierna barbacoa estival
con cubos de agua fogosa de mar?
Este agosto -el del
asterisco- hereda de los de antes, cuando la nueva normalidad
no era un artículo recién ideado, el paro generalizado que lo paralizaba casi
todo. Este año más. El vacío, las persianas bajadas de los comercios
con la incertidumbre del cierre, la imposibilidad de hacer lo que solíamos de
vacaciones nos abre los ojos a la nueva realidad que por el
momento se comporta amortiguando un poco la dentellada feroz porque -como decíamos-
estamos de vacaciones. Como si en agosto se desvanecieran las miserias y
necesidades porque también disfrutan del presunto recreo en la
costa. Veremos qué vino nuevo brota en septiembre después de la cosecha y
con qué grado de aspereza.
El asterisco
agostea con un localismo renovado. De las colas en los controles de los
aeropuertos internacionales con destino exótico justo hace un año a las
concentraciones pueblerinas. Hemos redescubierto aquellos espacios de la niñez
que dejábamos de lado por demasiado cercanos o porque no había que encaramarse
a un avión para acercarse a ellos. Los rincones idílicos a las orillas de
los ríos y las charcas naturales con renacuajos. Los atajos empinados
hacia la cumbre en bicicleta que siempre ha sido un artificio de verano con
pedales. Hemos disfrutado de audiciones literales de sardanas en las
ramblas sin bailarlas. Hemos escuchado una vez más El meu avi y
hemos sacudido el pañuelo despidiendo a La Bella Lola con
rigurosa disciplina sin ron quemado y con la plaza sembrada de sillas que
ostenta -por las circunstancias- cierto aire de cementerio memorial con las
infinitas cruces blancas bien simétricamente alineadas.
Un verano de
nostalgia equitativa entre lo que acostumbrábamos y lo que habíamos
olvidado. Las tertulias con los vecinos. El placer de ir a por agua a
una fuente redescubierta. El comercio de proximidad con el pan crujiente
de tahona recién amasado. Complicidades cordiales de pueblo mientras la
luna crece como en un pesebre de verano reconvirtiéndonos en pastorcillos con
bermudas sin ofrenda para calmar a los dioses de la peste que no sea el
excedente de lechuga del huerto.
Este agosto será,
efectivamente, el del asterisco y de la letra pequeña que se esconde a pie de
página con tipografía diminuta. Hoy el rey emérito Juan Carlos I marcha de
España abandonando la corte. Una "meditada decisión" de
trasladarse a vivir fuera de España ante la repercusión pública de
"ciertos acontecimientos pasados" de su vida privada. ¡Un día
histórico, este sí! Cómo se puede interpretar que quien ha sido el jefe
del estado durante casi cuarenta años tenga que tomar las de Villadiego a causa
de los acontecimientos particulares. Demasiados
eufemismos para intentar salvar a la monarquía. Una exquisitez en el
tratamiento de la noticia que raya el tabú, ahora sí, coronado con mierda de
ganso en un país devastado.
Será interesante
establecer paralelismos legales entre los diferentes tratamientos judiciales en
activo respecto de este monarca que huye de su querido país hacia un exilio
dorado, como aquellos dictadores internacionales de hace décadas a quien la
revuelta hacía caer de la peana y que el régimen acogía y protegía. Esta
evasión bascula entre el "marcho" y el "no, que te
echan". Veremos qué se acaba imponiendo en un país que, a estas
alturas, parece más impactado por si la Sofía se eclipsará con él o pedirá
definitivamente también la independencia conyugal. ¡El rey marcha, pues,
viva el rey!
En la tormenta
perfecta del momento me producen cierta grima los especialistas -corifeos- de
todo pelaje que los diversos medios convocan para iluminar este callejón sin
salida. Qué trance por no expresar sin rodeos lo que muchos tenemos en mente. Qué
retorcimiento del discurso y cuánta vaselina real requieren estas
comparecencias para no aportar nada o para minimizar este desastre tan
monumental. ¡Cuánta vergüenza!
Mientras
no llega septiembre para brindar con vino amargo, disfrutemos y seamos
conscientes de que cada día suele salir el sol.
¡Buenas
vacaciones!
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