miércoles, 5 de agosto de 2020

Un agosto con asterisco.


Vivimos un agosto de vacaciones en una sociedad que tradicionalmente solía paralizar la vida durante este periodo. Bajaba la presión arterial de los latidos laborales porque habíamos colgado el cartel de "cerrado". Este año agosto es un mes raro, con asterisco. Venimos apenas de descolgar el rótulo de "confinados" cuando el parón en seco de la actividad por la repugnancia social ha sido demoledor.
El miedo al contagio lo hemos integrado en la cotidianidad porque ya no podíamos vivir más en la reclusión escrupulosa de cuando desinfectábamos incluso las sospechas. Hemos fumigado a los fantasmas y a sus huellas, a los envoltorios epidérmicos y, algunos, las ideas profundas. Nos ha costado deshacernos del miedo extremo de los primeros meses para rehacernos, empujados por la necesidad, y por no asfixiar aún más la economía de los sectores que solían hacer su típico agosto. Entre la salud y el trabajo existe también la necesidad imperiosa de desahogar el peso de los meses de encierro creídos que la nueva normalidad era gemela de la anterior, pero no se parecen y ya nadie las confunde. Las podemos identificar claramente en Instagram porque una sale con mascarilla.
Vamos tirando con cierta desilusión que nos hace ver que somos perfectamente contagiables. Eso sí, con menos temor y con un punto más de osadía. Como si los contagios fueran inducidos. Unos atacados temerarios que pagamos una penitencia por los pecados cometidos. La ira de la divina pandemia azotando a aquellos que llevan una vida nocturna sospechosa y tumultuaria ajenos a toda protección y profilaxis empantanados en orgías cargadas de promiscuos intercambios que conducen al pecado de la carne por la concupiscencia desenfrenada después de tanta constricción. Algo que los profetas de la contención ya nos prevenían. ¿Qué cuerpo de bomberos es capaz de apagar las excitadas brasas nocturnas de esta tierna barbacoa estival con cubos de agua fogosa de mar?
Este agosto -el del asterisco- hereda de los de antes, cuando la nueva normalidad no era un artículo recién ideado, el paro generalizado que lo paralizaba casi todo. Este año más. El vacío, las persianas bajadas de los comercios con la incertidumbre del cierre, la imposibilidad de hacer lo que solíamos de vacaciones nos abre los ojos a la nueva realidad que por el momento se comporta amortiguando un poco la dentellada feroz porque -como decíamos- estamos de vacaciones. Como si en agosto se desvanecieran las miserias y necesidades porque también disfrutan del presunto recreo en la costa. Veremos qué vino nuevo brota en septiembre después de la cosecha y con qué grado de aspereza.
El asterisco agostea con un localismo renovado. De las colas en los controles de los aeropuertos internacionales con destino exótico justo hace un año a las concentraciones pueblerinas. Hemos redescubierto aquellos espacios de la niñez que dejábamos de lado por demasiado cercanos o porque no había que encaramarse a un avión para acercarse a ellos. Los rincones idílicos a las orillas de los ríos y las charcas naturales con renacuajos. Los atajos empinados hacia la cumbre en bicicleta que siempre ha sido un artificio de verano con pedales. Hemos disfrutado de audiciones literales de sardanas en las ramblas sin bailarlas. Hemos escuchado una vez más El meu avi y hemos sacudido el pañuelo despidiendo a La Bella Lola con rigurosa disciplina sin ron quemado y con la plaza sembrada de sillas que ostenta -por las circunstancias- cierto aire de cementerio memorial con las infinitas cruces blancas bien simétricamente alineadas.
Un verano de nostalgia equitativa entre lo que acostumbrábamos y lo que habíamos olvidado. Las tertulias con los vecinos. El placer de ir a por agua a una fuente redescubierta. El comercio de proximidad con el pan crujiente de tahona recién amasado. Complicidades cordiales de pueblo mientras la luna crece como en un pesebre de verano reconvirtiéndonos en pastorcillos con bermudas sin ofrenda para calmar a los dioses de la peste que no sea el excedente de lechuga del huerto.
Este agosto será, efectivamente, el del asterisco y de la letra pequeña que se esconde a pie de página con tipografía diminuta. Hoy el rey emérito Juan Carlos I marcha de España abandonando la corte. Una "meditada decisión" de trasladarse a vivir fuera de España ante la repercusión pública de "ciertos acontecimientos pasados" de su vida privada. ¡Un día histórico, este sí! Cómo se puede interpretar que quien ha sido el jefe del estado durante casi cuarenta años tenga que tomar las de Villadiego a causa de los acontecimientos particulares. Demasiados eufemismos para intentar salvar a la monarquía. Una exquisitez en el tratamiento de la noticia que raya el tabú, ahora sí, coronado con mierda de ganso en un país devastado.
Será interesante establecer paralelismos legales entre los diferentes tratamientos judiciales en activo respecto de este monarca que huye de su querido país hacia un exilio dorado, como aquellos dictadores internacionales de hace décadas a quien la revuelta hacía caer de la peana y que el régimen acogía y protegía. Esta evasión bascula entre el "marcho" y el "no, que te echan". Veremos qué se acaba imponiendo en un país que, a estas alturas, parece más impactado por si la Sofía se eclipsará con él o pedirá definitivamente también la independencia conyugal. ¡El rey marcha, pues, viva el rey!
En la tormenta perfecta del momento me producen cierta grima los especialistas -corifeos- de todo pelaje que los diversos medios convocan para iluminar este callejón sin salida. Qué trance por no expresar sin rodeos lo que muchos tenemos en mente. Qué retorcimiento del discurso y cuánta vaselina real requieren estas comparecencias para no aportar nada o para minimizar este desastre tan monumental. ¡Cuánta vergüenza!
Mientras no llega septiembre para brindar con vino amargo, disfrutemos y seamos conscientes de que cada día suele salir el sol.

¡Buenas vacaciones!

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