martes, 15 de septiembre de 2020

A paso de convidado.

Inclusive el cura paseaba de buena mañana oteando al rebaño desde los cerros cercanos al pueblo ataviado como un montañero con dos bastones y bien calzado. Detengo la máquina de pedalear y conversamos un rato desde la distancia preventiva. Le reconozco el impacto de estrella mediática alcanzado durante el confinamiento cuando oficiaba desde las redes. En un funeral, confiesa, se llenó el monasterio a tope -aunque virtualmente y desde rincones intrépidamente lejanos-. El dato deberá contrastarse con la confluencia en la liturgia de este domingo de fiesta mayor tan excepcional.

La fiesta mayor de Sant Joan de les Abadesses cae el segundo domingo de septiembre, próximo de la Diada. Son muchos los lugares que lo celebran por estas fechas que no necesariamente coinciden con algún santo patrón con especial predicamento en el pueblo. Otros, como Barcelona, ​​festejan la Mercè. El calendario agrario asociado a las cosechas, al granero lleno y a los cobertizos henchidos de heno para el invierno decidía celebrarlo cuando el trigo ya está en el silo. Fiestas de otoño con una despensa que causa deleite. Al abrigo de una mesa se glorificaba gastronómicamente la abundancia, el homenaje a los días de sol y serena, al sudor y a la incertidumbre por si el pedrisco, en un momento, lo arruinaba justo antes de recogerlo.

Este año una granizada vírica nos lo ha demolido todo. Sólo el repique de campanas anunciando el inicio de la fiesta sin músicos ni serenatas desde el campanario en el monasterio, y el partido de fútbol amistoso a puerta cerrada del Abadessenc contra el Banyoles (2-1) habrán sido los actos singulares de esta triste y deslucida edición. En las redes corría el chiste de Sant Wuhan de les Abadesses ilustrado con la imagen del magnífico puente viejo. Bien atinado, pero con un punto excesivamente sarcástico cuando se detectaron cinco brotes diferentes con una treintena de personas afectadas. El nubarrón negro y amenazador se ha despejado con el cribado efectuado a más de un tercio de la población en el que sólo se han detectado cinco casos positivos. Digamos que no ha granizado, pero ha perturbado lo previsto en la fiesta mayor de este año, los básicos gigantes y la danza tradicional.

Estos días las autoridades y las entidades de la baronial vila abadessenca han decidido sensatamente anularlo todo. Una determinación casi sin precedentes que se suma a la labor altruista de los centinelas de balcón y de los rastreadores de la imprudencia. Los árboles genealógicos de los pueblos los tienen estos caprichos ya que, entre otras virtudes, nos tenemos muy vistos y a todos nos han colgado un apodo.

Viviremos la fiesta sin la alegría compartida por el reencuentro. Celebraremos sin ir a paso de convidado, aunque vestidos para degustar el pato con peras al vino, este segundo domingo de septiembre desde la excepcionalidad y el consuelo, si es el caso, que estamos bien y con un pensamiento dedicado a aquellos que lo sufren desde el confinamiento contagiados de esperanza para que sanen prontamente.

Tampoco nos obsesionaremos por si llueve o hace un día desapacible, que estropeaba las audiciones matinales de sardanas en el Paseo y el ball de pabordes, a media tarde, en la Plaza Mayor. Nos ahorraremos el vértigo de los tiovivos y la magra exhibición con una escopeta de feria, el empacho de churros o tener que adoptar al peluche huérfano de la tómbola. Quien no se conforma es porque no quiere. Sin embargo, ¡buena fiesta mayor!

He continuado pedaleando mientras el repecho hacia la cumbre se vuelve pesado, casi heroico. Ha sido una mañana radiante en un ascenso para olvidar incertidumbres y excepcionalidades -como si este lunes tampoco comenzara el nuevo curso- y que, como en un final de cuento malo, la pandemia que nos ha acometido se hubiera tratado únicamente de un sueño.

¡Buen inicio de curso!

 

 

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