Las puestas en escena de una obra requieren de un trabajo impresionante que a menudo los espectadores no llegamos a ser conscientes del todo. Una noche de estas, en una gala de gente del mundo del teatro y del malvivir farandulero -ahora más que nunca-, una pareja de hermanos entrañable encargados de hacer efectivos los sueños y las ilusiones que provoca también el escenario ideado para cada espectáculo, reclamaba que en los programas de mano figuren todas las personas anónimas que cosen, iluminan, hacen de altavoz de la palabra y apuntan -si todavía existe el apuntador- los textos a los protagonistas, las caras reconocidas, que pisan el decorado una vez montado.
Llegar al estreno o a la presentación de una producción artística o cultural suele ser un camino de esfuerzos, una especie de odisea a menudo muy empinada que pasa a un segundo plano el día que se levanta el telón y se apagan las luces para que comience finalmente la magia. La prensa, los críticos y cierto público selecto están presentes y son mayoría. Se trata de la tropa que colecciona primeras ediciones de la disciplina que sea. Mayoritariamente, al menos por gratitud y porque suelen ser invitados de gorra, entonan las excelencias aunque piensen que la cosa podía haber funcionado mejor. Los nervios del estreno, alegan si alguien les cuestiona la opinión de autoridad que ejercen.
Imaginemos por un momento -también se trata de una ficción- que un crítico se empeñara en asistir cada día al mismo espectáculo, a una obra de teatro de la que se acaba aprendiendo el texto y es capaz, si la gracia escénica le asistiera, de hacer todos los papeles del auca. Supongamos que este insólito crítico teatral adicto a un cierto perfeccionismo enfermizo publicara día a día su y particular crónica de cada una de las sesiones que presencia abonado a la misma butaca. El error puntual de la protagonista que se confunde en una réplica. La salida a escena inoportuna. La calavera que cae al suelo justo cuando elige "ser" y levanta el vuelo. El secundario que pierde la memoria o el ultracorrecto que exclama con sobreactuación "apaga la vela y vale" cuando a la acotación del texto se lee claramente "y sale". Cosas del día a día acumuladas que nos podrían hacer decidir que no hay que presenciar el surtido de desgracias desafortunadas reunidas por el quisquilloso crítico de lo cotidiano.
Si el teatro ha decidido levantar el telón, el curso escolar lo ha hecho con más público que en los espacios diversos donde tiene afincado el escaparate la cultura. Con un aforo al completo, con todas las entradas vendidas, ya hace una semana y algunos días que el gran espectáculo de la vuelta a la escuela funciona con bastante precisión. Niños, preadolescentes y jóvenes tras una ausencia larga como un día sin pan recuperan lo que solían. Un deseo manifestado ampliamente por los protagonistas principales, de volver a los centros, de recuperar a los compañeros, la actividad y a los profesionales -todos, también al apuntador - que les apoyan y lo han hecho posible.
Llegar al estreno del curso actual ha sido más empinado, adecuar los escenarios pedagógicos, marcar los espacios de referencia, disponer de una organización meticulosa para garantizar la seguridad y al mismo tiempo enseñar y educar en un marco totalmente nuevo, que no de nueva normalidad -como dicen-, ha supuesto un esfuerzo titánico. Una exhibición ciertamente innovadora. La tarea de gestionar y de organizarlo no es suficientemente conocida ni la sociedad es consciente de la incertidumbre a causa de la situación condicionada por la evolución de la pandemia, extraordinaria y muy delicada. Sobre todo porque los profesionales -todos- han dejado más que horas y paciencia conscientes de que han de vérselas con material muy sensible.
Rituales y rutinas con una disciplina también insólita mientras los apuntan con una pistola de ciencia ficción como averiguando la cantidad de neuronas que tienen aún por estrenar o en rodaje. Y aquellos bulliciosos sospechosos lavándose las manos como unos Poncio Pilato bajo la mirada severa de la maestra. Tocará -esperemos que así sea- aprender y ensayar el poema de navidad encaramados en una silla tras una insoportable mascarilla con lentejuelas, la barricada perfecta a la vergüenza y un buen parapeto al sentido del ridículo mientras recitamos a Joan Salvat-Papasseit con el rumor d’un carro carregat d’apis que l’empedrat recolza.
Este año asistir al estreno del curso ha supuesto una carga bastante pesada, un sobrepeso, que los medios no han explicitado, creo, suficientemente. Valorar la faena, reconocer este esfuerzo. No propondré que salgamos cada día a la hora de cerrar la barraca escolar a aplaudir desde los balcones -como solíamos- para agradecer la agotadora temeridad que supone, según los pesimistas, abrir los centros docentes. Yo sólo pediría una ovación sentida para las familias corresponsables con el cuidado y las medidas que también se exigen en casa -y se verifican en la escuela-.
Creo que, en las crónicas del momento que vivimos, nos ha faltado la puesta en valor de lo que ha supuesto, primero ejercer de alumnos y de maestros desde la distancia -cuando el bolero digital- y luego cuando se han tenido que abrir las macizas puertas físicas según lo previsto en el calendario escolar de esta edición -una milonga- histórica. Pienso que aquel crítico de teatro, el de la butaca abonado a cada sesión, se ha pasado al mundo de la pizarra con una tiza a menudo demasiado gruesa y con poca indulgencia.
Yo sí quiero agradecer -a todos- el esfuerzo y la dedicación. Cosas de una palabra descatalogada, la vocación, que también ha salido a escena en un momento como el que os ha tocado ejercer la docencia.
-¡Gracias!
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