Todo el mundo está de acuerdo, en
decir que si hace unos meses nos hubieran anunciado como nos hemos de ver, no
nos lo habríamos creído. Ciencia ficción de película mala. Una historia de la
que formamos parte, en el mejor de los casos, como extras. Hay que evitar el
protagonismo, compañeras. Los que tenemos una edad argumentamos que ya subsistimos,
entonces, al confinamiento obligatorio del servicio militar. Una etapa que nos
ponía a prueba en un ritual uniformado y que nos convertía en hombres -a las chicas
no las licenciaban como mujeres con una hipoteca de tiempo tan formidable como
aquella-. A algunos, que probamos la rabiosa contundencia de las armas en
propia piel, aún lo recordamos más. No os contaré la experiencia ni os
responderé a la pregunta morbosa de -¿Duele un tiro?
Subsistí en el sentido más
literal de la expresión. Con el tiempo casi me he olvidado de no ser por la
cicatriz bélica en el brazo -como un pirata del XX- testimoniando que no se
trata de una pesadilla que me he inventado para hacerme el interesante. Las
cicatrices confieren cierto prestigio, como un sello epidérmico en el pasaporte
de la vida que certifica como de peligrosa y arriesgadamente la biografía
redacta el diario personal de cada uno. Me aventuraría a decir que los tatuajes
son la versión cobarde, como de cromo coleccionable en color, de las costuras
de verdad en la piel -Disculpad el puntito milhombres-. Algunas favorecen -que
no es el caso-, como a Indiana Jones, el héroe invicto en múltiples e
inverosímiles desafíos.
Ahora que se acercan San Juan y
los estallidos pirotécnicos me vuelve a pasar por la cabeza como de
insoportables eran aquellos perdigonazos festivos en el cielo veraniego durante
la noche de las brujas. Han tenido que transcurrir muchas verbenas para volver
a tolerar sin demasiados aspavientos ni excesiva inquietud el olor a la pólvora
y el fulgor de los petardos. Este año, sin embargo, creo que los añoraré si la
nueva normalidad aún nos machaca.
El miedo nos hace tiritar el
ánimo por la presencia de un peligro real o, lo que es peor, imaginario. El
miedo cerval que nos paraliza por la aprensión a que cristalice algún mal o
algo contrario a lo que esperamos. Los manuales de autoayuda para los de
natural asustadizo afirman que el miedo es libre y que cada uno tomamos la
ración que los autoservicios de consumo rápido nos ponen al alcance. Deberíamos
dedicar esfuerzos y mucho sentido crítico a entender con qué intenciones
gastronómicas nos quieren planificar algunas comidas y poner mucha distancia. ¡Cuidado
con el colesterol malo y los azúcares refinados!
Sobrepasado el ecuador de la
pandemia -¡que así sea! -, nos situamos en la latitud, según la carta de
navegar mareas, donde tenemos que empezar a tirar por la borda el lastre del
temor sobrepuesto que no tiene fundamento. Este es un reto cargado de cierta
temeridad, recobrar sin dimitir de la responsabilidad personal, aquello con lo
que disfrutábamos, esos pequeños detalles de la quincalla cotidiana que hoy
apreciamos como grandes tesoros perdidos. Tendremos que aprender a cribar la
emoción por los cohetes brillantes de la pirotecnia vírica.
Esta ha sido una semana de muchos
fuegos de artificio y de gran alboroto más allá de la plaga que nos ocupa.
Nada, no nos angustiemos. Yo estoy tranquilo, reconfortado por como todos los
padres y alguna madrastra de la patria, casi sin excepción, gestionan este
momento histórico. Qué ejercicio tan
exquisito de maneras políticas -a destacar-, de generosidad y de acompañamiento
más ejemplares. Todos a una sin reproches, apoyándose los unos en los otros
ajenos a los intereses partidistas para que podamos sentirnos orgullosos y
seguros de una acción de gobierno tan compleja -que lo es-.
Nissan arruga las velas en el
litoral catalán mientras la crisis afila con más contundencia las garras aunque
se ha aprobado la renta mínima vital. Suben considerablemente los sueldos de
las fuerzas de seguridad del Estado, de la Policía Nacional y de la Guardia
Civil, con los militares agravados ya que se sienten mal pagados, olvidados y desairados,
a la cola del reconocimiento porque ahora tocaría -por clamor popular-
agradecerles la tarea a los del gremio de la sanidad, que ya advirtieron que
los aplausos sin cesta se la traen fresca. Veremos cómo resuelven las
prioridades.
Personalmente agradezco más el formato sin
uniformes en las comparecencias informativas sobre el momento de la pandemia
que el gobierno de la Moncloa ha recuperado. Lo asocio al psicoanálisis de andar
por casa en alpargatas -como los petardos y el olor a pólvora- a cuando,
entonces, me convocaron a un consejo de guerra.
Todo pasa y, afortunadamente, se
supera. Que las cicatrices sean las mínimas evolucionando hacia el tatuaje para
convertirse, finalmente, en pura calcomanía coloreada que se acabe borrando del
todo con el tiempo.
Excelente. Cómo siempre. Qué decir?
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