Pienso en los años rurales entre
las montañas del Ripollès, de lo exclusivo que era disponer de un teléfono ya no uno
de particular sino en la aldea con entrañables centralitas donde la telefonista
podía desenredar los hilos de una conversación sin el pretexto de una orden
judicial, sólo por mero comadreo. Todavía tengo presente al abuelo profeta
vaticinando como algún día los interlocutores nos podríamos mirar a la cara
mientras nos hablábamos desde el pueblo contiguo. Unas décadas atrás esta
pretensión de ligar el teléfono con el televisor en blanco y negro era algo que
los avispados ya medio barruntaban. Sólo ha sido cosa de tiempo y de
cables.
Leer la novela 1.984 de Orwell, publicada a mediados
del siglo XX, nos situaba en un contexto que, entonces, juzgábamos de inverosímil.
Las maneras del Gran Hermano, que hoy
los desechos mediáticos explotan sin rodeos, nos parecían un ejercicio
exageradamente excesivo. El estado omnipresente controlando de manera absoluta
al individuo. Cuestionando la libertad para los ciudadanos, la referida a lo
privado porque esta vigilancia se ejerce en la intimidad y en todo momento
durante su existencia. El Estado conoce cualquier detalle. Espeluznante, pero
real con los aparatos inteligentes de las tecnologías de la información y la
comunicación en color que ya no necesitan cables.
El mundo orwelliano se ha
verificado y ha superado las pretensiones de aquel -entonces- lejano 1984. Hace
ostentación de ello el Instituto Nacional de Estadística -INE o CNI? - divulgando
que pagará a las tres principales compañías de telefonía móvil de España a
cambio de que le cedan los datos de ubicación de los teléfonos móviles de
"todos" sus abonados durante -¿únicamente?- ocho días. Conocerán
dónde nos hallamos con absoluta precisión geolocalizada. Este inofensivo
ejercicio presuntamente estadístico ha alborotado el gallinero digital al
delatar donde hacemos el nido y donde ponemos los huevos.
De la primitiva boina o de la
barretina forradas con papel de aluminio para esquivar las radiaciones y las
ondas hertzianas que pululan por el reino de los cielos y se depositan en los
pliegues del cerebro a las fundas para móviles que se imponen, las Faraday, con la virtud de hacer
invisibles los aparatos obstruyendo el paso a las ondas electromagnéticas.
Vivimos inconscientemente rodeados de una formidable telaraña de ondas
invisibles ignorantes de los efectos reales para nuestra salud y de las
interferencias en los circuitos mentales que nos puedan ocasionar. Tendremos
que protegernos, pues. ¿Cómo? Desde la casera protección con la boina forrada
con papel de aluminio mencionada envolviendo también el móvil con sumo cuidado para
que las criaturas no lo confundan con el bocadillo del recreo y no se lo zampen.
¿La inocente iniciativa del
gobierno requiriendo -o mercadeando- los datos de localización de
"todos" los usuarios es una iniciativa sólo estadística? La
explotación de los resultados de estos datos –llamadme suspicaz- puede tener un
punto de perversidad que vuelve irrisorio el panorama descrito por George
Orwell. Me atrevo a decir que ya lo saben todo de nosotros desde que les hemos
abierto las ventanas de par en par y
hemos asomado la cabeza y la patita virtuales para que desde la nube escudriñen
entre nuestros secretos más personales y entre nuestros datos. ¿Hay alguien que
lo dude todavía? Conocen el pie que calzamos, nuestras huellas y, por supuesto,
por donde nos meneamos.
Ya ha llegado el día en que podemos
pagar un café desde el teléfono móvil y que también podamos fichar en el
trabajo con el mismo. La innovación perfeccionada, pero, nos ha de dejar sin
pretextos ya que podrán comprobar si de verdad estamos atascados en el cruce matinal
o nos hallamos retenidos en el chaflán esquina con el catre varados entre
sábanas en un concierto no de bocinas sino de despertadores.
Acabo con una reflexión que
procede en la fiesta de Todos los Santos. Qué harán con nuestro rastro digital,
del patrimonio virtual con las ventanas
abiertas cuando ya no se pueden cerrar. Tampoco puede
tardar demasiado una ley que regule la herencia digital post mortem normalizando
que todos los primeros de noviembre se cuelgue -quien nos quiso en vida- un
ramo de flores parpadeante haciendo compañía al breve y sentido tuit que nos
recuerda y al mismo tiempo nos actualiza el cementerio virtual de las
redes.
¡Buena castañada!
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