lunes, 7 de octubre de 2019

¡Menudo caso!


-¡Que te voy a comer! -soltó en un arranque pasional. Ahora le venía a la cabeza con un punto de melancolía rememorando los momentos de encendida relación en los que se hacen promesas que, aterrizadas en la monotonía de la convivencia sin epidermis comprometidas de por medio, pueden conducir al remordimiento. Pero ella es una mujer de palabra y se ha mantenido firme porque ya no es una adolescente fácil de embaucar. Se trata de una mujer resulta a cumplir las promesas. Rebasados los sesenta la vida arrincona la ramplonería melindrosa, la vergüenza y va más de cara a barraca con una audacia que, manifestada y explicada así -sin tapujos- nos puede sobrecoger. 

Las crónicas entre novela rosa y terror -coincidiendo con el festival de Sitges- están desbordadas por el asunto. También en las tertulias del hogar del jubilado entre partida y partida de dominó o en las salas de espera por hacer tiempo -y chismorreo- mientras el fisioterapeuta no te pone en su sitio la rodilla de plástico que te acaban de sustituir. Ha sido el centro de interés mediático preferido y redundante en las programaciones matinales truculentas para ociosos. ¡Menudo caso! 

Un compañero de partida lo tiene muy claro. Mientras reparte las cartas insiste que él, por principios, no quiere la llave de los vecinos ni acepta custodiar nada a nadie. No asume compromisos que te puedan involucrar en historias oscuras ni tampoco convertirse en el culpable de que los geranios de la vecina la hayan palmado sofocados a causa de un exceso de celo -murmulla con convicción-. Ya hace días que los habituales, después de comer, mientras juegan al mus, se las tienen por esta noticia que les persigue en todas las televisiones y en todos los periódicos.

Cuando la pasión se arruga, algunos lo padecen, existe la tentación de cambiar el pájaro de jaula por si vuelve a cantar, y lo verbalizan sin cautela. En esta conjetura fundamentan el motivo del pecado original los que viven pendientes y asombrados por el suceso. Uno de los jugadores lo tiene muy claro, la quería dejar o ya tenía a otra. Cosas que pasan más a menudo que no llueve, sentencia el abuelo de antes del cambio climático. 

 En la cronología de los hechos -por ser narrativamente metódicos-, a una vecina le desapareció el marido o la abandonó, a saber. Según explica el primo hermano del que se largó, un pollo ya hecho y un poco duro de roer para los guisos con exceso de efervescencia carnal, se habría ido de vacaciones con un pico de la libreta común donde administran la economía casera, la luz, el gas y otros gastos compartidos. Según la misma fuente -el primo hermano- la comunicación con el fugitivo tenía un punto de sospecha dado que les había facilitado otro número de teléfono, ya que le habría caído el móvil a la bañera, y que recibían unos mensajes que no concordaban del todo con el talante del pariente ausente. El fugitivo lo era desde mediados de abril. Tampoco la repudiada se mostraba demasiado afectada. Llevaba una vida normal, de ir tirando sin mostrar como de dolida estaba por dentro manteniendo la compostura; al contrario, los domingos frecuentaba las salas de baile de alguna casa regional con sus amistades sin evidenciar ningún tipo de nerviosismo o de inquietud siguiendo el compás del pasodoble sin aspavientos. 

Avanzamos. Como la guardia civil andaba enredando por la desaparición del hombre, esta entregó a una vecina de confianza no las llaves de regar sino una caja bajo el pretexto que contenía juguetes eróticos. Objetos del pecado que le podían comprometer en el supuesto de que los civiles la encontraran y la abrieran revolviendo la lúdica intimidad. No contó con el cotilleo. La vecina que guardaba la caja tanto tiempo, quizás con curiosidad por las impúdicas maravillas que contenía, ya habría estado tentada de abrirla en más de una ocasión. El día que la destapó en un arrebato de chismorreo o por el fétido olor -hay dos vías de investigación-, sin embargo, el sobresalto fue de película de terror. ¡Contenía una cabeza humana! Una calavera casi descarnada y envuelta en papel de plata –como un bocata- que previamente, como quien prepara un cocido, habría hervido en una olla grande.

En este punto, el hervor informativo ha provocado la polvareda que se ha levantado. La presunta asesina de la olla, presionada por el macabro hallazgo se ha defendido alegando que el asesino o asesina de verdad habría dejado la caja de los presuntos juguetes en la puerta de la casa. Con los ojos presuntamente húmedos y un aire muy triste de viuda desconsolada habría declarado que guardó el cráneo porque era el único recuerdo de él.

Me pregunto cuánto tardarán las productoras cinematográficas en recrear esta historia tan inverosímil si no fuera por el descubrimiento de la calavera con implantes. Y la narrativa truculenta continúa hirviendo a fuego lento aún porque varias vecinas del municipio han insinuado que la protagonista desde hacía meses que repartía croquetas y comida casera entre la gente del pueblo. Una solidaridad escalofriante cumpliendo aquella amenaza envuelta -no en papel de plata- en sábanas, abrazos y vehemencia sofocada – ¡Te voy a comer! 

Uno de los jugadores de cartas, en un receso de la partida, reflexiona con la mirada perdida y con absoluta inquietud manifiesta -Mi mujer haría canelones, le salen mucho mejor que las croquetas...

Aprovechando la actualidad desconozco si en el festival de cine de terror, en Sitges, proyectan alguna versión del barbero británico Sweeney Todd en el Londres del siglo XIX cuando asesinaba a sus clientes rebanándoles el pescuezo con la navaja de afeitar. En algunas adaptaciones del relato, la amiga -y cómplice- Mrs. Lovett, prepara excelentes pasteles de carne con los cuerpos de las víctimas, que sirve en su taberna.

Desafortunadamente, a menudo, la realidad supera la ficción.

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