-¡Que te
voy a comer! -soltó en un arranque pasional. Ahora le venía a la cabeza con un
punto de melancolía rememorando los momentos de encendida relación en los que
se hacen promesas que, aterrizadas en la monotonía de la convivencia sin
epidermis comprometidas de por medio, pueden conducir al remordimiento. Pero
ella es una mujer de palabra y se ha mantenido firme porque ya no es una
adolescente fácil de embaucar. Se trata de una mujer resulta a cumplir las
promesas. Rebasados los sesenta la vida arrincona la ramplonería melindrosa, la
vergüenza y va más de cara a barraca con una audacia que, manifestada y explicada
así -sin tapujos- nos puede sobrecoger.
Las
crónicas entre novela rosa y terror -coincidiendo con el festival de Sitges- están
desbordadas por el asunto. También en las tertulias del hogar del jubilado
entre partida y partida de dominó o en las salas de espera por hacer tiempo -y chismorreo-
mientras el fisioterapeuta no te pone en su sitio la rodilla de plástico que te
acaban de sustituir. Ha sido el centro de interés mediático preferido y
redundante en las programaciones matinales truculentas para ociosos. ¡Menudo
caso!
Un compañero
de partida lo tiene muy claro. Mientras reparte las cartas insiste que él, por
principios, no quiere la llave de los vecinos ni acepta custodiar nada a nadie.
No asume compromisos que te puedan involucrar en historias oscuras ni tampoco
convertirse en el culpable de que los geranios de la vecina la hayan palmado sofocados
a causa de un exceso de celo -murmulla con convicción-. Ya hace días que los
habituales, después de comer, mientras juegan al mus, se las tienen por esta
noticia que les persigue en todas las televisiones y en todos los periódicos.
Cuando
la pasión se arruga, algunos lo padecen, existe la tentación de cambiar el
pájaro de jaula por si vuelve a cantar, y lo verbalizan sin cautela. En esta
conjetura fundamentan el motivo del pecado original los que viven pendientes y
asombrados por el suceso. Uno de los jugadores lo tiene muy claro, la quería
dejar o ya tenía a otra. Cosas que pasan más a menudo que no llueve, sentencia
el abuelo de antes del cambio climático.
En
la cronología de los hechos -por ser narrativamente metódicos-, a una vecina le
desapareció el marido o la abandonó, a saber. Según explica el primo hermano
del que se largó, un pollo ya hecho y un poco duro de roer para los guisos con
exceso de efervescencia carnal, se habría ido de vacaciones con un pico de la
libreta común donde administran la economía casera, la luz, el gas y otros
gastos compartidos. Según la misma fuente -el primo hermano- la comunicación
con el fugitivo tenía un punto de sospecha dado que les había facilitado otro
número de teléfono, ya que le habría caído el móvil a la bañera, y que recibían
unos mensajes que no concordaban del todo con el talante del pariente ausente.
El fugitivo lo era desde mediados de abril. Tampoco la repudiada se mostraba
demasiado afectada. Llevaba una vida normal, de ir tirando sin mostrar como de
dolida estaba por dentro manteniendo la compostura; al contrario, los domingos
frecuentaba las salas de baile de alguna casa regional con sus amistades sin
evidenciar ningún tipo de nerviosismo o de inquietud siguiendo el compás del
pasodoble sin aspavientos.
Avanzamos.
Como la guardia civil andaba enredando por la desaparición del hombre, esta
entregó a una vecina de confianza no las llaves de regar sino una caja bajo el
pretexto que contenía juguetes eróticos. Objetos del pecado que le podían
comprometer en el supuesto de que los civiles la encontraran y la abrieran
revolviendo la lúdica intimidad. No contó con el cotilleo. La vecina que
guardaba la caja tanto tiempo, quizás con curiosidad por las impúdicas
maravillas que contenía, ya habría estado tentada de abrirla en más de una
ocasión. El día que la destapó en un arrebato de chismorreo o por el fétido olor
-hay dos vías de investigación-, sin embargo, el sobresalto fue de película de terror.
¡Contenía una cabeza humana! Una calavera casi descarnada y envuelta en papel
de plata –como un bocata- que previamente, como quien prepara un cocido, habría
hervido en una olla grande.
En este
punto, el hervor informativo ha provocado la polvareda que se ha levantado. La
presunta asesina de la olla, presionada por el macabro hallazgo se ha defendido
alegando que el asesino o asesina de verdad habría dejado la caja de los
presuntos juguetes en la puerta de la casa. Con los ojos presuntamente húmedos
y un aire muy triste de viuda desconsolada habría declarado que guardó el
cráneo porque era el único recuerdo de él.
Me
pregunto cuánto tardarán las productoras cinematográficas en recrear esta
historia tan inverosímil si no fuera por el descubrimiento de la calavera con
implantes. Y la narrativa truculenta continúa hirviendo a fuego lento aún
porque varias vecinas del municipio han insinuado que la protagonista desde hacía
meses que repartía croquetas y comida casera entre la gente del pueblo. Una
solidaridad escalofriante cumpliendo aquella amenaza envuelta -no en papel de
plata- en sábanas, abrazos y vehemencia sofocada – ¡Te voy a comer!
Uno de
los jugadores de cartas, en un receso de la partida, reflexiona con la mirada
perdida y con absoluta inquietud manifiesta -Mi mujer haría canelones, le salen
mucho mejor que las croquetas...
Aprovechando
la actualidad desconozco si en el festival de cine de terror, en Sitges,
proyectan alguna versión del barbero británico Sweeney Todd en el Londres del
siglo XIX cuando asesinaba a sus clientes rebanándoles el pescuezo con la navaja
de afeitar. En algunas adaptaciones del relato, la amiga -y cómplice- Mrs.
Lovett, prepara excelentes pasteles de carne con los cuerpos de las víctimas,
que sirve en su taberna.
Desafortunadamente,
a menudo, la realidad supera la ficción.
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