Las bolas de cristal para
adivinar el futuro -o el presente- en los arrabales de la Moncloa no deben
funcionar a causa de enigmáticos fenómenos que tienen que ver con una
conspiración astral que las inhibe. Ya hace más de una década un presidente
informó que "jugábamos en la Champions", la liga máxima de la
economía mundial, mientras una severa fractura de la corteza en el mundo de las
finanzas abrió una falla entre sus pies que dejaba entrever las llamas y se percibía
el olor a azufre de la crisis que nos chamuscó.
Este lunes otro presidente en
funciones de la Moncloa ha anunciado que comienza una nueva etapa. Habrá
algunos días -declara- en los que asistiremos a los últimos coletazos y a los cargantes
estertores de una etapa superada. El momento y la predicción responden a la
publicación de la sentencia de Marchena y sus zagales. Se cerraba, según el
presidente en funciones, un proceso judicial ejemplar que confirma el naufragio
de un proceso político que ha fracasado en el intento de obtener el apoyo
interno y el reconocimiento internacional. Estoy por recomendar que cambien las
pilas a la bola de cristal en la Moncloa y, del mismo modo, espero que las
previsiones electorales avistadas en la decisión de convocar nuevas elecciones
las haya verificado antes con otros sistemas de augurio más fiables como el
vuelo o el graznar de las gaviotas, por ejemplo. ¿Existen las gaviotas de
meseta?
El rechazo y la respuesta interna
a la sentencia ha sido abrumadora, señor presidente. Las marchas por la libertad han sido un ejercicio -así de literal- que
ha llevado a los azarosos atletas a una caminata de resistencia por etapas que
se podría homologar. Sólo al desplazarme de casa al Paseo de Gracia pude
valorar el esfuerzo de esta marea peripatética que a la manera de un tsunami
con alpargatas desbordó Barcelona. ¡Qué gentío! Permanecí atascado y cercano a
la meta ya que era imposible de llegar al epicentro de la convocatoria. Se
detectaba sin errar en ello como de cojos, escocidos y cansados se aproximaban
los expedicionarios de comarcas. Satisfechos, orgullosos y sudorosos deseaban
explicar las horas de camino que cargaban en las piernas. Mayoritariamente
se les detectaba por cómo iban tomando posiciones jadeantes en mitad de un paso
cebra o en las aceras mientras los semáforos guiñaban el ojo marcando el compás
a la banda sonora habitual del himno que va a cargo, una edición más, del
helicóptero policial con letra de Lluís Llach.
Barcelona y Catalunya
prácticamente colapsadas y cansadas. Agotadas, de caminar y de no ir a parte
alguna, de la sordera. Sólo la tozudez de los tercos catalanes regració las
sonrisas con otro reto alcanzado y, como siempre, multitudinario y pacífico. Un
tsunami que arrastra a los tractores que también rechazan la sentencia. De
lunes a viernes -por ahora- y aún no ha llegado la noche cuando los disturbios
de este viernes estallan con anticipada contundencia. Una columna de fuego y
humo sitúa la Via Laietana en el mapa urbano de los desórdenes, la violencia y
la fuerza policial amasando tortas de a real como unas hostias formidables sin
gluten.
Por los laberintos de la catedral
cercanos a la comisaría de la policía nacional hay pelotones de jóvenes que se
tapan la cara y se calzan la capucha. Antes han tirado al cubo azul del papel
una pancarta, "somos gente de paz, pero no gilipollas". Después han
quemado ambos, la pancarta y el contenedor azul. Me doy cuenta que pertenecen a
otra generación que, por llevar la contraria, aparca la pancarta, el pacifismo
de los padres y la sonrisa beatífica de los abuelos, a quien tachan de
gilipollas. Deberíamos preguntarnos qué y quién los ha llevado a esta violencia
con esta determinación y esta edad. Seguro que han aprendido de los
infiltrados, sean de donde sean y vengan de donde vengan, que han impartido un
máster acelerado en materia de barricadas y de arqueología aplicada a las losetas
de acera -puro trencadís gaudiniano-
en una guerrilla urbana del XXI. Veremos, cuando los sabios nos lo relaten, quiénes
son, qué pretenden i la causa por la cual se juegan el físico perfumados con
emociones hormonales tan intensas.
Absolutamente apocalípticos, los
relatos y las imágenes emitidas por las cadenas de televisión de ámbito estatal
confirmando y evidenciando con planos cortos la violencia del nacionalismo
catalán al que han arrebatado finalmente la piel de oveja y la sonrisa pérfida
a pelotazos de goma -¡Lo veis! –se desgañitan algunos presentadores/as estrella
en todas las franjas horarias. Cataluña quema por los cuatro costados en una
nueva versión de la semana trágica.
Afortunadamente sólo han impedido a los turistas visitar la Sagrada Familia, de
momento no la han incendiado. Sí que estos cachorros incendiarios de esquina
evolucionan nocturnamente uniformados con una camiseta negra y una braga de gaznate
también oscura, una especie de tapabocas moderno para preservar el anonimato.
Mientras los contemplo me reafirmo, visten de negro o de gris oscuro para
llevar también la contraria al pacifismo "gilipollas" que gasta
camisetas ofensivamente llamativas con una obsolescencia programada de Díada a
Díada -como las de Messi-.
¿Y los políticos? ¿Dónde están,
qué hacen y a qué dedican el tiempo? La pérdida de liderazgo residiría -prisión
y diáspora también- en el revuelto ambiental sacudido por las aspas de los
helicópteros en la atmósfera política global de aquí y de allí. No parece
demasiado donoso el papel de todos ellos. No se hablan, no se escuchan y hacen
campana cuando se convocan. No se entienden ni tienen demasiada voluntad de
poner cinco gramos de cordura –seny- o
una pizca de sentido común al arrebato –rauxa-.
Apelando a la agenda, hoy la alcaldesa de la ciudad quemada ha excusado su
asistencia -así consta en el acta-. ¿Habrá algo más urgente, a día de hoy, que
sentarse y hablar? En Moncloa los teléfonos, como las bolas de cristal, tampoco
responden.
Entre las inmediatas propuestas
de solución garantizada -¿hay alguna?- predomina la exigencia a que ruede la
cabeza política del presidente de la Generalitat de Catalunya y la testa ejecutiva
del conseller del interior. Nadie comprende, -dice el bolero- cómo se pueden
consagrar a la vez la devoción y la responsabilidad de gobierno sin volverse
loco.
Como con las setas de temporada,
este año testimoniales y urbanas dado que nacen y crecen en el asfalto, escudriño
en el catálogo vigente de propuestas buscando el menú de una carta electoral
corta de sugerencias con tendencia por el plato único. Básicamente un primero
servido bien caliente sin entretenerse en zarandajas ni esferificaciones que
ponga a dieta y adelgace la kale borroca
catalana. "No es el momento del diálogo ni de acuerdos" de kilómetro
cero "sino de la ley de seguridad nacional". Aún estamos mojando pan
en los charcos de la salsa empantanada del primero que ya está emplatado el
segundo -un 155 de catálogo- humeando con un punto de exotismo llamado
"Barcelona es Bagdad", que ya habíamos probado. Platos hondos y con
fundamento, manduca otoñal, de castañada, rematada con un surtido de quesos de
mil leches, también de cabra -¡Sean servidos, buen provecho!
Entre el momento judicial y el
policial vigente deberíamos abrir otro espacio mientras rechazamos todas las
violencias. ¿Y si encontráramos la hora de dialogar? También de los
sentenciados. Y si un día cualquiera pudiéramos verificar un recuento vinculante
con rigor.
¿Lo hablamos?
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