Almas veganas es una asociación creada "para el rescate de
animales", un grupo autodenominado santuario vegano donde se proponen
salvar vidas fundamentalmente "de granja, para darles una existencia digna
y liberarlas de la esclavitud". Afirman que "los huevos son de las
gallinas" -¡los huevos para quien los ponga!- y merecen una "vida
tranquila y digna". Por esta razón, separan las gallinas de los gallos
"porque no queremos que las violen". Sobre la polémica de la
"violación" de las gallinas, certifican que se puede deducir por la
actitud de las hembras que no quieren ser montadas porque "siempre se
intentan escapar, y, además, los gallos las hieren, a veces de gravedad".
Dejaremos de lado los huevos de payés que tomando prestado el razonamiento
deben ser de los payeses.
El papanatismo en las colmadas sociedades bienaventuradas puede llegar a
catequizar respecto de las cópulas gallináceas. Alabada la hora en la cual, con
la solvencia anímico-vegana de esta asociación, se quiere romper una lanza
contra la falsa moral de ser "más puta que una gallina". Ante
semejante desenfreno carnal debemos humanizar la castidad con cresta como
propia de un santuario.
En un verano literalmente de
fábula otra criatura también ha sido protagonista, un novillo ha situado
Vidreres en el mapa de las fiestas mayores de agosto y ha herido diecinueve
personas, dos de las cuales en estado grave. El animal, que ha saltado con
nervio atlético la barrera donde se celebraba el encierro, ha embestido al
público. Posteriormente ha sido acorralado en un bosque cercano y los
municipales lo han abatido, un hecho que ha provocado las críticas de grupos
ecologistas y defensores de los derechos de los animales, que han reclamado
otros métodos para controlarlo.
Los concejales en la oposición
del municipio exigen al equipo de gobierno que elimine los encierros, una
actividad que tachan de anacrónica, porque "no todas las tradiciones están
bien por definición". Lamentan que el Ayuntamiento no dedicara ni una sola
palabra al toro difunto, lo que les parece un desprecio más al maltrato
animal.
Me abstendré de censurar la falta
de sensibilidad hacia el fallecimiento de la criatura que los municipales estozaron
de manera tan expeditiva -muy similar a la que sufre el vacuno en los mataderos
antes de ser despiezado-. Me decantaré por el silencio que denuncian antes que
por caníbales alabanzas gastronómicas en el hervor del buen estofado que
propició este bravo en las ollas locales.
Dejaremos las animaladas en este
punto.
¡Buen curso!
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