viernes, 6 de septiembre de 2019

Huevos de payés.


Almas veganas es una asociación creada "para el rescate de animales", un grupo autodenominado santuario vegano donde se proponen salvar vidas fundamentalmente "de granja, para darles una existencia digna y liberarlas de la esclavitud". Afirman que "los huevos son de las gallinas" -¡los huevos para quien los ponga!- y merecen una "vida tranquila y digna". Por esta razón, separan las gallinas de los gallos "porque no queremos que las violen". Sobre la polémica de la "violación" de las gallinas, certifican que se puede deducir por la actitud de las hembras que no quieren ser montadas porque "siempre se intentan escapar, y, además, los gallos las hieren, a veces de gravedad". Dejaremos de lado los huevos de payés que tomando prestado el razonamiento deben ser de los payeses. 

El papanatismo en las colmadas sociedades bienaventuradas puede llegar a catequizar respecto de las cópulas gallináceas. Alabada la hora en la cual, con la solvencia anímico-vegana de esta asociación, se quiere romper una lanza contra la falsa moral de ser "más puta que una gallina". Ante semejante desenfreno carnal debemos humanizar la castidad con cresta como propia de un santuario.

En un verano literalmente de fábula otra criatura también ha sido protagonista, un novillo ha situado Vidreres en el mapa de las fiestas mayores de agosto y ha herido diecinueve personas, dos de las cuales en estado grave. El animal, que ha saltado con nervio atlético la barrera donde se celebraba el encierro, ha embestido al público. Posteriormente ha sido acorralado en un bosque cercano y los municipales lo han abatido, un hecho que ha provocado las críticas de grupos ecologistas y defensores de los derechos de los animales, que han reclamado otros métodos para controlarlo. 

Los concejales en la oposición del municipio exigen al equipo de gobierno que elimine los encierros, una actividad que tachan de anacrónica, porque "no todas las tradiciones están bien por definición". Lamentan que el Ayuntamiento no dedicara ni una sola palabra al toro difunto, lo que les parece un desprecio más al maltrato animal. 

Me abstendré de censurar la falta de sensibilidad hacia el fallecimiento de la criatura que los municipales estozaron de manera tan expeditiva -muy similar a la que sufre el vacuno en los mataderos antes de ser despiezado-. Me decantaré por el silencio que denuncian antes que por caníbales alabanzas gastronómicas en el hervor del buen estofado que propició este bravo en las ollas locales. 

Dejaremos las animaladas en este punto. 

¡Buen curso!

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