Agosto
tiene un punto dulce de ensayo que nos acerca a la búsqueda de la felicidad.
Parecería que se detiene el mundo, que se amortigua la actividad frenética y
que las obligaciones reposan en una especie de jubilación con fecha de
caducidad. Este es el gran reto, sobrevivirlo sabiendo que acabará y que los
días vuelan escurridizos. Un año más comprobaremos como todo aquello que
habíamos previsto, excesivamente optimistas y poco realistas en cuanto a la
agenda, el implacable transcurrir de los días apresurados nos situará y
tendremos que volver a aplazar algunos proyectos un año más, para otro curso.
No olvido a aquellos compañeros de trabajo que, mientras nos despedíamos deseándonos
un buen verano, aventuraron que no sabían si lo podrán soportar, tantos días
sin vernos. Algo que tendrá que ver con la incertidumbre del retorno.
Las
vacaciones saladas tienen su indicador epidérmico en el grado de morenez con
que regresamos una vez terminadas. Como si el soleado que lucimos fuera
proporcional al regocijo marinero mientras las olas nos relamen los pies
soñando con pescar al palangre una sirena poco temeraria. No desplazarse a una población
costanera es no vivir el agosto, no eres nadie si no participas del desenfreno
que se comportan la playa, la paella con mejillones y el sombrero cuanto menos
discreto mejor con que cubrimos la exuberancia de los cuerpos castigados por el
sol canicular de todos los veranos, también los imposibles de la infancia. En
la atmósfera el perfume veraniego de los protectores solares es cómplice del arrebozado
con arena y de los castillos de planta baja que la mar sabia desbarata.
Este
país en verano, fundamentalmente en agosto, cuelga el letrero de cerrado por
vacaciones. Quién puede cuestionar semejante derecho que todos tenemos. Ya que
estamos de vacaciones justificamos la inoperancia de la temporada estival. Como
si las esperanzas, las angustias, las enfermedades, las condenas pendientes y
el latido de la vida en general pudieran ralentizar los latidos. Parecería que
toda actividad puede chapar las puertas por vacaciones si no fuera por aquellos
esforzados héroes que literalmente hacen su agosto.
En los
pueblos de montaña sin mar donde confundimos un remo con una pala de hornear
pan, este es un mes también susceptible del aburrimiento al fresco. Los
concejales de cultura deben derrochar mucha iniciativa y aguzar el ingenio para
inventarse un agosto salpicado de actividades que animen a los aldeanos que no se
han pirado a la mar y a los fieles veraneantes que pretenden hacer salud y respirar
aire presuntamente puro. El turismo de balneario ha decaído, reconvertido a un
perfil tísico mientras las aguas medicinales ya no sacian el afán sanador de
otras épocas. El turismo de prudente altitud entre pinos y arroyos suele buscar
la tranquilidad, el paisaje y un buen plato de proximidad -sin moluscos, pero-.
Somos de buen contentar entre la audición dominical de sardanas en la plaza
mayor y la melancolía marinera de un excepcional recital de habaneras.
Desde
hace unas décadas el turismo por excelencia tiene el hito más excitante colgando
en los paneles que nos hacen un guiño a "bajo coste" en las
terminales de los aeropuertos con dirección al incógnito, a lo exótico y al
lejano paraíso de catálogo cargados con la incertidumbre de una maleta. El
inicio de esta audaz aventura, en Barcelona, reside en si podremos levantar
el vuelo a la hora prevista, una tradición ya típica y bien arraigada e
imprevisible. No desfallezcamos.
Elijamos
la opción que más nos convenga, también hay quien transforma la terraza de toda
la vida en un parque acuático.
¡Tengamos
un buen verano! ¡Buenas vacaciones!
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