Los
procedimientos en la justicia vienen cargados de formulismos, de puntillosos
rituales que la engordan tanto que la convierten en un monstruo orondo de
caminar flemático y con el cascarón negro como una toga de charol. Los hechos,
las leyes que los regulan, las consideraciones y, finalmente, la resolución,
que en este caso ha tardado un año y medio. El juez de instrucción número 7 de
Martorell ha archivado todas y cada una de las querellas contra los nueve
profesores del Instituto El Palau de Sant Andreu de la Barca acusados de
"humillar" -según la fiscalía- a los alumnos que son hijos de
guardias civiles al día siguiente del 1-O.
Llegados
a este punto la cosa habría terminado si no fuera porque los juicios y las
sentencias, con los legítimos recursos, se convierten en un pez que se muerde la
cola. ¡Y vuelta a empezar! Y la máquina, más agotada aún, torna a resoplar a
paso de tortuga y a ritmo de plazo. No se ha terminado el vía crucis judicial dado
que la Asociación Española de la Guardia Civil -sin toga, pero con capa y
tricornio acharolado- insiste en presentar un recurso contra la decisión, algo
que también podría retomar la fiscalía en los próximos días. Como reza la
sentencia yo me decanto por "ten pleitos y los ganes".
Aturdido
el pez de tanto morderse la cola, si acontece que los profesores de El Palau
salen de esta sin causa, quién se disculpará mirándoles a la cara. ¿Qué eco
mediático tendrá la resolución suprema exculpándoles, de producirse, después de
todos los recursos posibles? ¿Aquellos que airearon las identidades con sus
fotografías pedirán perdón? ¿Los defensores de la justicia, los que acatan las
sentencias de oficio, saldrán en tromba a desdecirse de las graves acusaciones?
¿Borrarán y rectificarán la sentencia que daban por consumada? Habrá que estar
atentos a las reacciones en este sentido, pero me temo que serán muy escasas o
nulas.
Qué
respondes a un alumno al día siguiente que el centro escolar ha sido
"legítimamente" vulnerado. ¿Cómo explicas a una criatura que las
puertas deben abrirse y cerrarse con cuidado para no romper los cristales, sin
golpes, con delicadeza? ¿Qué les dices cuando el material escolar ha sufrido
los estragos propios de una batalla campal o cuando los archivos académicos,
embadurnados por el jabón de fregar platos, se escurren dañados por el suelo de
la secretaría, por ejemplo? ¿Con qué autoridad les exiges que no se empujen
mientras hacen cola en las escaleras de la escuela después de las
impresionantes imágenes difundidas ampliamente?
En el
proceso del caso El Palau se "aprovechó la clase para expresar su opinión
sobre unos hechos concretos, exclusivamente bajo su punto de vista" y
"no habló a los alumnos ni de los valores de la Constitución ni de la
obligación de los ciudadanos de acatar la ley". Me pregunto cómo se asocia
la Constitución con romper cristales a golpes de maza o desatascar accesos y
escaleras con un celo y un exceso expeditivamente espeluznantes. ¿Cómo razonas
pedagógica y razonablemente a un adolescente con un mínimo de sentido crítico
al día siguiente cuando los desperfectos aún laten mientras garabatean
integrales trigonométricas en una pizarra negra de charol?
Difícil.
Este centro de Sant Andreu de la Barca se convirtió en un aviso para navegantes
fluviales de aritméticas elementales y cartillas de caligrafía. Una lección
aplicada respecto de cómo tratar constitucionalmente a los "muros humanos
violentos" y de cómo tapar la boca a los profesionales de la educación/enseñanza
demasiado bocazas. Todos mudos con la libertad de cátedra en la jaula. Ha resollado
en la atmósfera reciente de las aulas una inquietud de raíces nostálgicas acharolada
que algunos todavía recordamos.
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