domingo, 30 de junio de 2019

Fuego en la Ribera d'Ebre.


La impotencia ante la furia de los elementos nos resitúa, nos hace ver lo minúsculos y lo desamparados que nos sentimos cuando la cólera de la naturaleza nos azota. La tierra temblando, el viento bramando, el agua fuera de los cauces o el fuego devastador son los elementos terrenales y corruptibles ante lo que en la antigüedad llamaban la quintaesencia que configuraría, según aquellos sabios, la cosa celestial integrada por una sustancia presuntamente más elevada e inmutable que no se quemaba ni era vulnerable a los diluvios universales. 

Ahora mismo la Ribera d’Ebre se está quemando. Un fuego terrible arrasa el bosque, los cultivos, los olivos y las masías en un contexto climatológico muy adverso. Las altas temperaturas y la sequía propician el desastre literalmente infernal que abrasa estos lugares. Imágenes escalofriantes que nos ponen la piel de gallina a pesar de contemplarlas desde una distancia prudente y confortable detrás de una pantalla. Nos aproximan la avalancha de datos, de efectivos, las previsiones de todo tipo y la impotente imagen sobrecogedora de aquellas personas que viven pendientes de los estragos, de ver como sus casas, el ganado y sus campos se convierten en brasas después de las llamas.

Hacia el mediodía con la hierba seca, reseca por el sol que cae impecable, basta con una chispa -¡sólo una!– para que la columnita inicial de humo evolucione rápida y furiosamente hacia el desastre. Un instante en el que la mancha de fuego toma dimensiones y se extiende favorecida por el viento que la hoguera incontrolada propicia. Volubles corrientes de aire luchando y alentando el infierno en que se convierten el sotobosque y los matorrales. Como una mancha incandescente de aceite ardiente se va propagando y engrandeciendo. Los pinos son teas cargadas de resina que se van calentando hasta que estallan en aullidos repentinos por la combustión. Árboles extraordinariamente inflamables coronados por las llamas abrasándose de los que se pueden desprender letales proyectiles que, impulsados ​​por la furia del incendio o por el viento, pueden superar cortafuegos y caminos. 

En el horizonte el humo espeso, el olor a quemado y los copos de ceniza constatan la magnitud del cataclismo. El esfuerzo de las personas que quieren cerrarle el paso para acorralar a la fiera y extinguirla es heroico. Las imágenes planas en alta definición son incapaces de contagiarnos la angustia del sofoco, el calor insoportable debajo de los vestidos que nos deben proteger de esta peste estival. Apagar la frontera de la inmensa llamarada de San Juan es algo épico. Cuántos aldeanos mal equipados con los días no cambiarán la piel de las extremidades como las serpientes porque en medio de la rabia valiente se arriesgan sin demasiados miramientos.

Y cuando, después de la batalla, se ha vencido al fuego, porque lo ha devorado todo o se ha conseguido apagarlo, el escenario inmediato es algo terriblemente triste, desolador. Lúgubre. Ni una brizna verde en parte alguna. Ningún pájaro que cante. Los caparazones también descoloridos de los caracoles achicharrados y vacíos. Es una inmersión real en blanco y negro apocalíptica. Los esqueletos de los árboles con los brazos y las ramas alzados, como si antes del desastre se hubieran rendido suplicando clemencia. Cortezas y cepas que aún humen. Se percibe el calor último de la tierra con un aliento moribundo cubierta por una capa de cenizas. Caminando por los espacios bélicos de los elementos incontrolados todavía nos sentimos más expuestos. 

Del dantesco episodio -que no puedo borrarlo- recuerdo la imagen de aquel abuelo convertido en una figura más gris todavía que el paisaje. La única nota de color se la dibujaban los dos regueros de lágrimas y pena que se precipitaban por las mejillas.


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