La televisión era en blanco y
negro cuando se emitió por primera vez el 1,
2, 3 de Chicho Ibáñez Serrador en 1972, justo cuando se inició la emisión
en color en la España -tan gris- de aquellos años. No fue hasta el mundial de
fútbol del 1982 cuando mayoritariamente en muchas casas particulares se
introdujeron los aparatos en color para ver el naranja exultante de Naranjito, la mascota rolliza más propia
para perseguir a patadas que para exprimir su zumo. La transición de una
pantalla a la otra tuvo un punto ingenioso con unos adhesivos de plástico
transparentes con franjas de color, verde amarillento y azul, que según qué
emitían se acomodaban de muy buena pinta aunque no conseguían de colorear las
líneas rojas que tenía muy nítidamente dibujadas el régimen.
Panzudas televisiones de un solo
canal, cornudas, y con un enjambre permanente que chispeaba, también cuando
perdían la señal de emisión. Los videntes entendidos en electrónica hertziana
sentenciaban -¡Viene de ellos! -mientras examinaban aquella maravilla de
tecnología punta auscultando las arterias, los cuernos y el corazón del aparato
para certificar el diagnóstico con autoridad -¡Es de Madrid! -señalando el
culpable a menudo castigando al aparato con unos golpecitos amables. Los niños
respirábamos aliviados porque el problema no era de aquella televisión en particular
sino que se trataba de una epidemia que tenía el epicentro en Madrid y se
extendía hasta el Cap de Creus. En alguna interrupción de estas el entendido
recomendaba aliviar los flecos decorativos, como la Marilyn hecha a ganchillo
que revestía una botella de anís vacía o un toro bravo de plástico con banderillas
que la tapizaban, porque podían provocar interferencias.
A finales de los sesenta y durante
los primeros setenta disfrutar de un aparato de televisión era un lujo que
cohesionaba al vecindario. Los grandes eventos reunían un público diverso y
agradecido. Los partidos de fútbol, los festivales de Eurovisión. La mítica
llegada del hombre a la luna. Entonces teníamos la capacidad para sorprendernos
sin estrenar o en rodaje y no hablo únicamente de la primera vez que vimos
funcionar un televisor. ¡Qué maravilla! Algo que las criaturas actuales no
podrán recordar porque han nacido mecidas entre pantallas. Algo similar a
cuando nos auparon a un vehículo siendo plenamente conscientes del avance con
ruedas que se comportaría la vida desde ese preciso instante inicial.
La capacidad para aturdir
-alienar decían los críticos- era poderosa. El fútbol y los toros salían de los
estadios y de las plazas para llegar a los comedores. Se podía tomar café con
el Cordobés ejecutando un temerario salto de la rana a un palmo de la nariz.
Recuerdo a una abuela que mantenía acaloradas disputas con los presentadores.
Vivía bien turbada por si tenía que cebarlos. Mantener a aquellas multitudes la
inquietaba de verdad.
Reina por un día. Un millón para el mejor... sumaban audiencias de récord absoluto.
Entonces TVE era la mejor -y única- televisión sin ningún tipo de competencia.
Tendrían que pasar décadas, hasta 1990, para que la lucha por el predicamento
audiovisual se convirtiera en algo vital para los programas que competían a la
vez. Mientras no llegaron las Mama Chicho,
una avalancha epidérmica de neumáticas con mucho meneo y plano corto, no se
podía elegir y el mando a distancia no tenía demasiada utilidad.
En ese monopolio estatal, sin
embargo, había programas que destacaron y se han convertido en un referente. El
programa 1, 2, 3... responda otra vez es un ejemplo. Se emitió durante
diez temporadas intermitentes. Don Cicuta,
la calabaza Ruperta, Los tacañones,
los bailarines, las azafatas contables, los apartamentos en la Manga del Mar
Menor o los coches que se podían ganar en aquel concurso espectáculo creado por
Ibáñez Serrador, el mago que nos acaba de dejar, nos cautivaron.
En estos días la actualidad y el
espectáculo político cargado de calabazas parpadea en la alta definición de las
pantallas ultra planas -anoréxicas- que nos permiten asistir al desconcertante
milagro de cómo unas líneas rojas van evolucionando hacia el rosa tirando a
fucsia desde una renovada grisura ambiental.
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