lunes, 10 de junio de 2019

1, 2, 3...


La televisión era en blanco y negro cuando se emitió por primera vez el 1, 2, 3 de Chicho Ibáñez Serrador en 1972, justo cuando se inició la emisión en color en la España -tan gris- de aquellos años. No fue hasta el mundial de fútbol del 1982 cuando mayoritariamente en muchas casas particulares se introdujeron los aparatos en color para ver el naranja exultante de Naranjito, la mascota rolliza más propia para perseguir a patadas que para exprimir su zumo. La transición de una pantalla a la otra tuvo un punto ingenioso con unos adhesivos de plástico transparentes con franjas de color, verde amarillento y azul, que según qué emitían se acomodaban de muy buena pinta aunque no conseguían de colorear las líneas rojas que tenía muy nítidamente dibujadas el régimen.

Panzudas televisiones de un solo canal, cornudas, y con un enjambre permanente que chispeaba, también cuando perdían la señal de emisión. Los videntes entendidos en electrónica hertziana sentenciaban -¡Viene de ellos! -mientras examinaban aquella maravilla de tecnología punta auscultando las arterias, los cuernos y el corazón del aparato para certificar el diagnóstico con autoridad -¡Es de Madrid! -señalando el culpable a menudo castigando al aparato con unos golpecitos amables. Los niños respirábamos aliviados porque el problema no era de aquella televisión en particular sino que se trataba de una epidemia que tenía el epicentro en Madrid y se extendía hasta el Cap de Creus. En alguna interrupción de estas el entendido recomendaba aliviar los flecos decorativos, como la Marilyn hecha a ganchillo que revestía una botella de anís vacía o un toro bravo de plástico con banderillas que la tapizaban, porque podían provocar interferencias. 

A finales de los sesenta y durante los primeros setenta disfrutar de un aparato de televisión era un lujo que cohesionaba al vecindario. Los grandes eventos reunían un público diverso y agradecido. Los partidos de fútbol, ​​los festivales de Eurovisión. La mítica llegada del hombre a la luna. Entonces teníamos la capacidad para sorprendernos sin estrenar o en rodaje y no hablo únicamente de la primera vez que vimos funcionar un televisor. ¡Qué maravilla! Algo que las criaturas actuales no podrán recordar porque han nacido mecidas entre pantallas. Algo similar a cuando nos auparon a un vehículo siendo plenamente conscientes del avance con ruedas que se comportaría la vida desde ese preciso instante inicial. 

La capacidad para aturdir -alienar decían los críticos- era poderosa. El fútbol y los toros salían de los estadios y de las plazas para llegar a los comedores. Se podía tomar café con el Cordobés ejecutando un temerario salto de la rana a un palmo de la nariz. Recuerdo a una abuela que mantenía acaloradas disputas con los presentadores. Vivía bien turbada por si tenía que cebarlos. Mantener a aquellas multitudes la inquietaba de verdad.

Reina por un día. Un millón para el mejor... sumaban audiencias de récord absoluto. Entonces TVE era la mejor -y única- televisión sin ningún tipo de competencia. Tendrían que pasar décadas, hasta 1990, para que la lucha por el predicamento audiovisual se convirtiera en algo vital para los programas que competían a la vez. Mientras no llegaron las Mama Chicho, una avalancha epidérmica de neumáticas con mucho meneo y plano corto, no se podía elegir y el mando a distancia no tenía demasiada utilidad. 

En ese monopolio estatal, sin embargo, había programas que destacaron y se han convertido en un referente. El programa 1, 2, 3... responda otra vez es un ejemplo. Se emitió durante diez temporadas intermitentes. Don Cicuta, la calabaza Ruperta, Los tacañones, los bailarines, las azafatas contables, los apartamentos en la Manga del Mar Menor o los coches que se podían ganar en aquel concurso espectáculo creado por Ibáñez Serrador, el mago que nos acaba de dejar, nos cautivaron. 

En estos días la actualidad y el espectáculo político cargado de calabazas parpadea en la alta definición de las pantallas ultra planas -anoréxicas- que nos permiten asistir al desconcertante milagro de cómo unas líneas rojas van evolucionando hacia el rosa tirando a fucsia desde una renovada grisura ambiental.

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