El día después del día
"D" en asuntos electorales, entendido el día "D" como el
día siguiente de haberse abierto las urnas, tiene un punto similar a la
gestación previa al nacimiento de un pacto si no se ha logrado una mayoría suficiente.
Algunos ginecólogos, parteras y comadronas expertas ya ven venir que la cosa se
puede torcer. La voluntad en campaña de vencer con autosuficiencia para
gobernar sin muletas y en solitario se interrumpe por una falta de asepsia no
siempre posible. Una leve falta de oxígeno, ciertos problemas de movilidad
debido a unos juanetes, dolor espeso de cervicales o la presencia de
microorganismos patógenos comportan que el autismo político, sin pactos, sea
raro y muy difícil de alcanzar.
Decidir a quién votar es todo un
ejercicio de meditación. Precisamente por ello, en el calendario electoral, se
fijó con mucha intención el día de "reflexión" previa al día
"D" estableciendo así un periodo de deliberación en caso de duda.
Reflexionando lo hago, a este día de cavilación, si ya lo tienes muy claro y
decidido, una jornada no laboral electoralmente hablando que los convencidos,
los afiliados y los simpatizantes firmes dedican al ocio. Quien aprovecha para
buscar setas, para una barbacoa en pequeño comité sin los irresolutos a elegir
la papeleta o para visionar los capítulos pendientes de Juego de Tronos. O para sufrir, como en este caso, la derrota del
Barça en la final de la copa de su majestad el rey en tierras andaluzas. ¿A
quién pitaba el personal?
Aquellos no incondicionales a una
formación política, los no categóricos sin un voto de piedra picada, dedican el
día de reflexión a ello. A darle vueltas, a repasar y a contrastar los
programas electorales con un lápiz rojo muy atentos al detalle. Son lo que,
volviendo al símil del parto electoral, están alerta a los posibles pactos. Los
que tienen presente qué criatura pueden llevar al mundo los padres que se
odiaban con tanta vehemencia abocados ahora, por necesidad y por una ciática
porcentual, a decir "sí" ya sea por lo civil, por la iglesia o por
cohabitar en pecado.
El alcalde de un pueblo pequeño
me explicaba con cierta resignación irritada como perdió por un puñado de votos
-no llegaban a la docena- la reelección. ¡Engatusando a una familia numerosa
habría derrotado al adversario! Siendo fácil el recuento del censo de aquella
aldea no entendía como todo el pueblo, con contadas excepciones sabidas, le
paraban por la calle o en el café de la plaza mayor los días de mercado semanal
para confesarle el pesar, la injusticia y, sobre todo, para sostener que ellos
lo habían votado. Decía este alcalde descabalgado que, si todos los que
aseguraron que le habían apoyado hubieran depositado la papeleta a su favor,
habría obtenido una mayoría absoluta muy holgada. Abatido, los iba recontando y
rumiando, pero los números no salían.
El ritual de los recuentos tiene
algo de dispensario donde aliviar las angustias acumuladas durante la campaña.
La apertura de las urnas es el momento con más intriga y más emocionante por
cómo pueden tambalearse los resultados. Un mercado de Calaf electoral donde en
lugar de helarse las palabras se congelan los resultados hasta que el sol de
los acuerdos y de los focos mediáticos los descongelan poniéndolos a lugar.
Mientras, entre los discursos que se deshielan a la vez y los gritos de los que
tienen que hablar y no pueden hacerse oír, resulta un alboroto con tanta
confusión que no hay manera de entenderlo.
Así que la atmósfera se va
templando, casi terminada la aritmética de los porcentajes, estalla una maraña
de mensajes que cuestan de discernir y de saber quién los emite. "Lamento
que sólo hable en clave independentista". "Un gobierno en minoría no
ha sido el mejor para la ciudad". "Tenemos que hacer autocrítica tras
los resultados”... Una coincidencia ya no de promesas sino de intenciones.
"Me desvincularé si pactan con la ultraderecha". "El único
partido que ha mejorado sus resultados respecto al mes pasado".
"Utilizaré el ejemplo andaluz en positivo allí donde pueda". "No
pienso dimitir pero mi cargo está a disposición de las bases".
"Verdes y jóvenes somos los que mejor hemos entendido que no se combate el
discurso del miedo con más miedo. Es la política del optimismo”.
Pasada la medianoche algunos aún
reflexionan intentando averiguar la paternidad y el sexo del pacto porque
también es el momento desgarrador de los arrepentidos. Y otros, como el alcalde
de mi pueblo, recuentan adhesiones que no mueven el resultado final. Entre el
regusto áspero de la victoria hay quien exhibe la dulce derrota, como la llamó
un presidente del gobierno allá por el siglo pasado.
Un repique de campanas deberá
anunciar la buena nueva y la fecha del bautizo al que estaremos invitados entre
la parentela lejana -también la de los afligidos-.
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